lunes, 31 de diciembre de 2007

El poder individual y el letargo colectivo

Por Héctor Farina (*)

El mito del hueso oculto o perdido, el que le falta a la anatomía del paraguayo para levantar la mirada y hablar con fuerza -según lo que decía el Dr. Francia-, parece tener todavía una carga psicológica emotiva y fuerte sobre un país que no termina de salir del letargo del atraso. Como eternos peregrinos, caminantes del mismo camino que siempre nos hace retornar, paseamos nuestra vida por la misma penitencia que debimos haber dejado atrás hace generaciones, por los mismos problemas y las peticiones pusilánimes que no tienen poder para cambiar la realidad.

“Levántese señora, que no puedo permitir que ningún paraguayo, hombre o mujer, se arrodille ante nadie, ni siquiera ante mí”. Estas palabras, atribuidas al dictador Francia por Roa Bastos en Yo, el Supremo (1974), constituyen una lección que no debemos olvidar: no se debe agachar la cabeza ni postrarse ante nadie, ni siquiera ante el poder que nos oprime. No se puede vivir supeditado a las migajas que llueven desde la corrupción, a las limosnas del “ogro filantrópico”- el Estado-, ni a las promesas vacías propias de políticos inescrupulosos y de personas sin dignidad.

El letargo colectivo, la falta de reacción, el sopor de creer que “así nomás luego es”, la autoestima baja y la mirada gacha y resignada, hacen mucho más daño que los malos gobiernos, que la pobreza y las carencias que tenemos. Es más nocivo no querer aprender y superarse que no tener los medios para lograrlo, más pernicioso el resignado que el rebelde, y más triste una sociedad que comprende y repite la necesidad de cambiar pero no toma la actitud de hacerlo, que una sociedad que se equivoca en el intento.

Es muy fácil reclamar con voz tibia que el Gobierno facilite la educación mientras no se toma la iniciativa de leer un libro. Y es más fácil echarle la culpa a los otros, a los gobernantes y corruptos, mientras uno mismo no asume su cuota de responsabilidad. Y dentro de este juego perverso de culpas y responsabilidades, el peor de los males es tener la mirada puesta en el suelo, esperar en forma resignada que nos lluevan las soluciones desde el cielo, desde el Gobierno o desde las promesas del exterior. Esto es como esperar la carta de pensión que el viejo coronel jamás recibió en la novela de García Márquez.

La sociedad paraguaya está muy aletargada, cansada y saturada de los malos gobernantes, de la pobreza y el eterno retorno de las promesas que nunca se cumplen. Ya no hay asombro, las reacciones son tibias o inexistentes, y las propuestas –si las hay- son pusilánimes o sin poder de cambio. Pero todo esto no es excusa para no construir, para no aprender por uno mismo y convertirse en excepción, para no romper con la apatía y la resignación, y trabajar con voluntad de poder.

“¡Levántense, trabajen y estudien, aprendan a construir sin depender de las dádivas ajenas!”. Esa debería ser una máxima de los paraguayos, una lección que nos lleve a mirar al frente y superar el mito del hueso faltante, a tener mayor presencia y poder de cambio, a construir por nosotros mismos la sociedad que queremos. Si el letargo es colectivo y el sistema es decadente, la opción es romper con la pereza y la decadencia por medio de esfuerzos individuales, y convertirnos así en las excepciones que terminen por sobrepasar al sistema. Si la conciencia colectiva está dormida y perdida en medio de delirios, es hora de sacudirla y despertarla con un espíritu renovado y fuerte, con una verdadera voluntad de trabajo y superación personal.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

jueves, 27 de diciembre de 2007

La psicología anticipadora en Rojo y Negro

“Stendhal representa para mí una de las más hermosas casualidades que llegaron a mi vida. Porque todo lo bueno que llegó a mí fue por casualidad”. Estas palabras de Nietzsche grafican su admiración por uno de los escritores más originales y de mayor profundidad psicológica: Henri Beyle (1783-1842), más conocido por el seudónimo de Stendhal.

Este escritor francés fue un verdadero precursor del psicoanálisis. En su novela Rojo y Negro (1830) nos presenta una descripción profunda del pensamiento humano encarnado en un personaje como Julián Sorel, un joven que odia la pobreza y trata de salir de ella usando toda su hipocresía para llegar a ser rico, pasando por encima de cualquier tipo de sentimiento o pudor.

Sorel odiaba a los pobres y quería dejar la pobreza, pero también odiaba a los ricos, aunque aspiraba a ser uno de ellos. Su ambición, su egoísmo, su análisis psicológico y manipulador, y su falta de remordimiento lo llevaron a enredarse en amores y odios que le hicieron perder la cabeza.

Rojo y Negro es una novela con tinte romántico y realista que presenta los abismos del pensamiento y de las pasiones humanas, con un estilo directo, espontáneo y a veces irónico. Además de esta novela, Stendhal nos regaló grandes obras como La cartuja de Parma (1839) y Lucien Leuwen (incompleta y póstuma). Quien intente comprender la psicología de una época, no puede dejar de leer a Stendhal.

Héctor Farina

miércoles, 26 de diciembre de 2007

El amor en los tiempos del cólera, una película que enfrenta a la literatura

El amor en los tiempos del cólera, la película adaptada de la novela del mismo nombre escrita por el premio Nobel colombiano Gabo García Márquez, presenta la historia de un amor más allá del tiempo, un amor que lleva a Florentino Ariza a esperar por más de 50 años a Fermina Daza, con quien no pudo casarse en su juventud.

Se trata de un amor sincero, un amor que mata más que el cólera pero que no termina de sacar a Florentino de la agonía de no estar con su amada. El verdadero mal no es el cólera que mata a la gente, sino el amor que no termina de matar y que no puede curarse.

Acabo de ver la película en México y creo que más allá de las críticas que pueden hacerse a la cinta como producto –como el aspecto desagradable de que los protagonistas hablen en inglés y se subtitule mientras de fondo se escuchan las conversaciones en español de los colombianos, pues la acción es en Colombia- hay un aspecto altamente positivo que ya hemos visto con otras películas: la posibilidad de vincular al cine con la literatura.

La película es una invitación a leer la novela de García Márquez, a descubrir todo el realismo mágico que el cine no puede darnos, con todos los detalles y las fantasías que se pintan con palabras y se desdibujan en la pantalla. Por encima de la cinta, por encima incluso de la propia novela, nos queda la pregunta: ¿cuánto tiempo podrías esperar por amor?

Héctor Farina

sábado, 22 de diciembre de 2007

El turismo ausente y la riqueza que falta

Por Héctor Farina (*)

Los beneficios del turismo para la economía son bastante conocidos, pero, por encima de todas las bondades conocidas y reconocidas, resulta curioso que todavía no hayamos podido ponernos de acuerdo en desarrollar una política de incentivo del turismo en el Paraguay. Hay campañas esporádicas, iniciativas privadas y públicas, reuniones, eventos, giras y hasta “mesas” de negociaciones, pero el turismo sigue sin funcionar y las iniciativas buenas terminan por perderse por falta de una política que articule y oriente los esfuerzos en busca de objetivos concretos.

Se habla mucho de promover el turismo, se conocen las potencialidades del país y se sabe cuáles son los aspectos que hay que mejorar, pero todo queda en proyectos, en diagnósticos y consultorías que nos dicen lo que ya sabemos, en planes que lo único que logran es gastar dinero. Recién ahora se aprobó la compra de un radar que implicará un paso importante en la modernización del aeropuerto Silvio Pettirossi, aunque ello debe venir acompañado de una renovación íntegra que permita a la terminal aérea convertirse en una puerta de entrada segura, cómoda y económica al país.

Cuando se habló de convertir a este aeropuerto en el centro de tráfico de Sudamérica, la idea era buena, sobre todo por la ubicación estratégica del Paraguay, por el creciente tránsito aéreo y por muchas otras razones. Pero el caos propio de la falta de una política clara hizo que, en vez de aumentar, los vuelos disminuyan, que las tasas sean más caras, que menos aerolíneas aterricen en nuestro aeropuerto y que cada vez sea más complicado que los turistas vengan al país. No se ha mejorado el aeropuerto, no se bajaron los costos de operación de las aerolíneas y por ende de los pasajes, no mejoró la promoción paraguaya en el exterior y se mantienen las mismas asignaturas pendientes.

El turismo es una fuente de ingresos tan importante que no puede seguir supeditada a acciones aisladas propias de los “compartimientos estancos” ni a promesas que no se cumplen. Miren el caso de México, en donde el turismo es una de las principales fuentes de ingreso de riqueza, junto con la venta de petróleo, las remesas de los emigrados y la maquila. En ciudades como Guadalajara se tiene toda una infraestructura dispuesta para la atención de los turistas, se los trata bien y se les da facilidades porque saben que un turista es una fuente de ingresos para todos. Y saben que un turista bien atendido es la mejor promoción, porque de nada sirve hacer campañas publicitarias si al final al visitante lo llenan de problemas y no de facilidades.

Es indudable que en el país se requiere un esfuerzo articulado para promover el turismo, una iniciativa que haga que sea más fácil llegar al Paraguay, con vuelos económicos y directos, sin escalas interminables. Hace falta que se pavimenten las rutas y que se pueda recorrer el país por carreteras seguras y bien señalizadas. Esto es lo mínimo que debe hacerse de manera urgente, porque cuanto más complicado sea llegar y recorrer el territorio paraguayo, menos probabilidades tendremos de atraer a los turistas.

Un país lleno de bondades naturales y con miles de carencias económicas no puede seguir gastando dinero a la deriva sin una planificación clara y articulada que promueva el turismo. Si logramos convertir al país en un atractivo para los turistas no sólo lograremos importantes ingresos para nuestra economía, sino que tendremos la ventaja de beneficiar a mucha gente, pues a diferencia de otros rubros, el turismo tiene una enorme capacidad distributiva que no beneficia sólo a algunos sectores, sino que las ganancias alcanzan a comerciantes minoristas y pequeños productores. Es decir, con esto podríamos apuntar a dinamizar la pequeña economía, más allá de los grandes números que no alcanzan a todos.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

viernes, 21 de diciembre de 2007

Josefina Pla, una paraguaya universal


No importó que los azares del destino la hubieran hecho nacer en las Islas Canarias (España). Josefina Pla (1909-1999) es una paraguaya de pura cepa, uno de los espíritus universales de la cultura del Paraguay. Llegó al país en 1927 y desde entonces dedicó toda su vida a la construcción de un mundo artístico tan rico como inmenso.

Poeta, dramaturga, narradora, ensayista, ceramista, crítica de arte y periodista, Doña Josefina paseó su talento por numerosas manifestaciones artísticas, sobresaliendo en cada una de ellas. A ella le tocó construir el arte en el país mientras figuras notables como Roa Bastos, Casaccia y Elvio Romero construían desde el exilio. Quizá por quedarse en una tierra oprimida por la dictadura su obra no trascendió todo lo que merecía.

Es hora de redescubrir a una escritora universal que con inteligencia y sabiduría supo pintar el universo paraguayo en obras como La mano en la tierra (1963), El espejo y el canasto (1981) y La muralla robada (1989), Voces femeninas en la poesía paraguaya (1982), La cultura paraguaya y el libro (1983), En la piel de la mujer (1987) y Españoles en la cultura del Paraguay (1985), entre otras

jueves, 20 de diciembre de 2007

La llaga: un paradigma de la narrativa paraguaya

La novela La llaga (1963) constituye uno de los mejores acercamientos narrativos a la realidad paraguaya y a la realidad humana. Escrita por Gabriel Casaccia (Asunción 1907-Buenos Aires 1980), presenta una visión profunda de la psicología de los personajes y del ambiente de la ciudad de Areguá, con sus miserias, sus chismes y sus rutinas improductivas.

El personaje enfermizo de Atilio, un joven inseguro y con complejo de Edipo, es como la representación de todos nuestros temores y frustraciones, del miedo a superarnos. En tanto el pintor Gilberto Torres es la pintura del típico arribista, el que no trabaja ni se esfuerza pero espera mejorar a costa de algún golpe de suerte….

Sin lugar a dudas, La llaga es una novela imperdible para todos aquellos que buscan comprender los complejos de la gente y el ambiente vacío en el que muchas veces se desenvuelven las personas y las sociedades.

Gabriel Casaccia fue cuentista, novelista, dramaturgo y periodista. Es considerado como el fundador de la narrativa paraguaya contemporánea. Exiliado del Paraguay, vivió la mayor parte de su vida en Argentina, en donde escribió casi todas sus obras, entre las que se destacan La babosa (1952), La llaga (1963), Los exiliados (1966), Los herederos (1975), Los Huertas (1981), entre otros.
Héctor Farina

martes, 18 de diciembre de 2007

El reto de pensar al Paraguay desde lejos

El reto de pensar al Paraguay desde la lejanía, con el techaga'u (nostalgia) presente, es hoy una necesidad para miles de paraguayos. Son muchos los que tuvieron que dejar el terruño, la familia y el ambiente cálido de nuestro país en busca de un "futuro", que no siempre es mejor en otros países.

La hermosa y nostálgica ciudad de Asunción, bordeada por el Río Paraguay, parece una postal eterna que vive en los recuerdos de los paraguayos que tuvieron que irse.

Pensar en el Paraguay desde lejos, tratar de mejorarlo y generar condiciones para volver, son desafíos válidos que deben sumarse a los esfuerzos de los que pelean desde adentro. El tema de los "exiliados" lo he tratado en varios artículos este año, como en Un país en fuga, Los de afuera, El desempleo voraz y El problema del reconocimiento (ver archivo), entre otros.

Vale la pena leer las obras de Augusto Roa Bastos y de Gabriel Casaccia, dos escritores que supieron pintar la realidad paraguaya desde la crueldad del exilio. Además de las tres novelas sobre el monoteísmo del poder de Roa, Hijo de hombre (1959), Yo, el Supremo (1974) y El fiscal (1993), recomiendo La Babosa (1952) , La llaga (1963) y Los exiliados (1966), de Casaccia.

Los paraguayos tenemos mucho que hacer por nuestra patria chica -el Paraguay- desde cualquier lugar de la patria grande en el que nos encontremos. Vale la pena luchar y superarse. La pregunta es: ¿Qué estamos haciendo para mejorar?

Héctor Farina

lunes, 17 de diciembre de 2007

Augusto Roa Bastos y el monoteísmo del poder


El monoteísmo del poder es uno de los ejes de la narrativa de Augusto Roa Bastos (1917-2005), el escritor paraguayo más universal. Con una pluma prodigiosa, Roa Bastos describe de manera incomparable el ejercicio del poder, desde las injusticias de los sistemas opresivos hasta el absolutismo de los gobernantes.

Una lectura minuciosa de su obra es necesaria para comprender el pensamiento de los dictadores, las injusticias sociales y muchos de los grandes flagelos que hasta ahora azotan a los países latinoamericanos.

La trilogía narrativa sobre el monoteísmo del poder se inicia con Hijo de hombre (1959), la novela en la que se presentan la crueldad de la explotación de los campesinos en los yerbales, en un sistema en el que los terratenientes mantenían esclavizados a sus trabajadores, así como el olvido y el desamparo en el que quedaron muchos de los ex combatientes de la Guerra del Chaco.

La obra cumbre de la narrativa paraguaya y latinoamericana llegó con la novela Yo, el Supremo (1974), en la que con un estilo excelso se presenta el pensamiento intransigente e incorruptible del Dr. Francia, el dictador perpetuo que consolidó la independencia del Paraguay y que manejó los hilos del poder con mano férrea, sin contemplaciones con sus enemigos.

Yo, el Supremo es consideraba como una de las obras narrativas más grandes del Siglo XX y forma parte de la galería de novelas célebres sobre el poder, junto con El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El otoño del patriarca, de García Márquez, y el Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán, entre otras.

La obra que completa la trilogía roabastiana es El Fiscal (1993), en la que se presentan las vivencias de un exiliado que ansía volver al Paraguay para acabar con el tiranosaurio Stroessner, que mantenía oprimido a todo un país.

La propuesta es hacer un acercamiento a la realidad de muchos países latinoamericanos por medio de la literatura de Roa Bastos, quien, además de una escritura prodigiosa que no tiene nada que envidiarle a ningún escritor del mundo, realiza un análisis certero y crítico de una realidad que en muchos casos todavía no hemos podido superar.

Héctor Farina

domingo, 16 de diciembre de 2007

Los seguidores del discurso

Por Héctor Farina (*)

El discurso de los políticos paraguayos y latinoamericanos mantiene un efecto llamativo más allá de las acciones concretas, más allá de los mensajes vacíos y de las promesas repetidas e incumplidas. Parece no importar que los discursos en realidad no digan nada, que las declaraciones no pasen de una retórica populista e insulsa y que los hechos prometidos no aparezcan sino en frases deshilachadas que se saben falsas, añejadas y de aparición recurrente en las campañas proselitistas.

Y ese efecto llamativo se percibe en que las palabras convencen a mucha gente, a los seguidores de discursos, que no ven más allá de las palabras y no sienten la necesidad de la corroboración ni aceptan otras palabras que riñan con lo que desean creer. Basta con hacer ruido y esgrimir argumentos que la gente quiere escuchar para que los seguidores de discursos tomen partido, para que repitan los mismos argumentos ante otra gente y tomen las declaraciones como ciertas, sin pensar siquiera en una posible dislexia o ruptura entre lo que se dice y la realidad. Para ellos el discurso es lo real, su fuente de información a partir de la cual construyen su propia realidad.

¿Cómo puede ser que haya gente que todavía escucha y hasta cree en las promesas del presidente Duarte Frutos, cuando los resultados de más de cuatro años de gestión lo desmienten? ¿Cómo es posible creer que Blanca Ovelar o Luis Castiglioni pueden cambiar algo en el país, si ambos fueron parte del mismo Gobierno que no hizo más que prometer y dejar de cumplir? Ni la una, ex ministra de Educación ahora apuntalada por el presidente, ni el otro, ahora divorciado de su papel de “segundo” del mismo presidente, tienen sustento para que creamos en una eventual mejoría, pero sus discursos siguen rimbombantes en busca de prosélitos.

Bastó que Oviedo salga de la cárcel y repita su ya conocido discurso populista para que la gente olvide sus años de prisión, los procesos en su contra, su huida tras la caída de Cubas y su llamativo enriquecimiento. Ahora lo siguen como si en sus palabras encontraran la luz, sin recordar el oscuro pasado que vivió el país cuando el ex general operaba como el “poder detrás del poder”. Y también bastó que Lugo gestara su discurso a partir del descontento contra el Gobierno para lograr adeptos en su causa, aunque a diferencia de los otros no tuvo todavía un espacio en el poder que lo pudiera desmentir. Pero esto no es garantía de que sus palabras algún día se conviertan en hechos beneficiosos para el país.

Los seguidores de discursos todavía se dejan engatusar por la verborragia de Chávez, que se desgañita en contra de Estados Unidos pero sigue dependiendo del petróleo que le vende a ese país, al tiempo de usar los petrodólares para intervenir en otros países usando la misma estrategia imperialista que dice combatir. Todavía creen en su retórica contra la pobreza, sin analizar por qué pese a que los ingresos por la venta del petróleo han aumentado de manera exponencial, la mencionada pobreza no ha mermado y existe un fuerte descontento social. Y véanlo al presidente boliviano, apadrinado por el mismo discurso populista, que ahora se enfrenta a protestas masivas en su contra e iniciativas separatistas de varias regiones de su país.

Es preciso que se aprenda a pensar y actuar más allá de los discursos, más allá de las promesas que concuerden con los deseos y las ideologías que se tienen. Hay que analizar los actos y los resultados de los actos, los antecedentes y las probabilidades de que se concreten las promesas. Si queremos mejorar, no bastará con seguir creyendo en los discursos, con esperar el cumplimiento de promesas o con pensar que el cambio viene de la mano del uno o del otro. Es hora de cambiar discursos por trabajo, y aprender a construir con acciones individuales y colectivas.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

domingo, 9 de diciembre de 2007

Las trampas del mercado abierto

Héctor Farina (*)

La apertura de un mercado amplio, con millones de potenciales consumidores y con la posibilidad del libre tránsito para exportar, con ventajas arancelarias y con facilidades para el comercio, fue uno de los espejos más seductores para el ingreso del Paraguay al Mercosur, pues se veía en el bloque comercial una posibilidad fuerte de crecimiento económico, de aumento de la producción nacional y por consiguiente de generación de empleos para los paraguayos. Pero más allá de los acuerdos y las negociaciones, el mercado amplio no pasó de ser una tentación, una posibilidad que se concreta en muy pocos casos, cuando se superan todas las trampas de los países grandes del bloque.

Los mercados de Brasil y Argentina realmente nunca fueron abiertos a la producción paraguaya, pues al tiempo de invocar el libre mercado y los acuerdos de fraternidad fueron imponiendo sistemáticas trabas bajo cualquier disfraz. Ya se trate de medidas “sanitarias”, de etiquetado, de clasificación, de nomenclatura, color, raza o religión, siempre hay algún requerimiento que no se puede cumplir para el ingreso de productos paraguayos. Y estas trabas aparecen para frenar el ingreso de productos con valor agregado, de productos competitivos que pueden hacer frente a la producción brasileña y argentina.

Cuando se trata de materia prima que necesitan para sus industrias no existen las trabas y se puede disfrutar del mercado amplio, pero cuando los productos paraguayos se vuelven competitivos cambian de estrategia e invocan cualquier pretexto para bloquear el ingreso a sus mercados. Los ejemplos sobran, como la industria plástica que pese a ser competitiva sufre en exceso para enviar sus productos; la industria metalúrgica que no puede venderle ni clavos al Brasil, mientras los brasileños invaden el mercado paraguayo; la industria farmacéutica, que a pesar de tener productos con calidad y precio es frenada por medio de la burocracia, por citar sólo algunos casos.

Se habla del mercado amplio y de que somos “socios” comerciales, pero los países grandes frenan el desarrollo de los pequeños, le imponen trabas y le asignan cupos, mientras se aprovechan de la apertura de los mercados de esas economías pequeñas a las que no permiten crecer. Siempre se valieron de excusas para violar los acuerdos, como cuando mantuvieron trabas a la exportación de cubiertas remanufacturadas violando una decisión del Tribunal Arbitral del Mercosur, y como ahora que invocando una decisión de la OMC, el Brasil no permitirá el ingreso de las cubiertas. Es decir, no valen los acuerdos y basta invocar cualquier excusa, interna o externa, para bloquear el comercio y hacer que las industrias paraguayas cierren. E increíblemente en un mercado “abierto”, basta que un agente externo les diga algo para que perjudiquen gratuitamente al “socio”, el mismo al que supuestamente le deberían abrir el mercado…

Creo que ante estas trampas y deslealtades, la salida es volver competitiva a la producción paraguaya, pues un producto con calidad y buen precio siempre se abre camino hacia el consumidor, a pesar de las trabas, mientras que si el producto no vale la pena no se le venderá a nadie. Y creo que si los socios del bloque siguen trabando las exportaciones paraguayas, el Paraguay debe plantarse y no volver a negociar nuevos acuerdos hasta que se respeten los vigentes, así como no se puede mantener la inequidad de abrir nuestro mercado mientras ellos nos cierran los suyos. No estaría mal seguir el ejemplo de Uruguay, que ante las permanentes injusticias del Mercosur está analizando la posibilidad de establecer acuerdos comerciales fuera del bloque y buscar nuevos mercados para su producción.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 2 de diciembre de 2007

En busca de una política industrial

Por Héctor Farina (*)

Los problemas derivados de la falta de desarrollo de las empresas e industrias en el país, sobre todo en lo referente a la generación de empleos, hasta ahora no han sido atendidos correctamente, en tanto se repiten los reclamos y los intentos de cubrir con parches las fallas estructurales que requieren soluciones de fondo. Se suceden los ministros y viceministros de Industria, se lanzan y relanzan proyectos, se crean nuevos organismos, se reparten fondos en mesas, comisiones e iniciativas, pero no se ataca un problema central: la falta de una política industrial.

No hay una planificación clara de qué es lo que se quiere para el sector industrial, de cómo hacer que las industrias prosperen y generen empleos y riqueza. Hay quizás tantas iniciativas y proyectos como reclamos, pero esto se parece a un cambalache en el que se intercambian protestas por parches, promesas por reclamos y limosnas por trabajo, cuando lo que se requiere es una política de desarrollo que marque claramente la línea hacia el crecimiento.

Dentro de este caos, hay casos emblemáticos como los de la industria confeccionista y la industria calzadista. Ambos sectores vienen haciendo los mismos reclamos desde principios de los años 90’ , mientras el Gobierno no atina a reaccionar con tino y deja que el contrabando, la informalidad y la falta de competitividad se lleven miles de puestos de trabajo que los paraguayos necesitan. Tanto confeccionistas como calzadistas fueron literalmente arrasados por la competencia asiática: las prendas de vestir y los calzados ingresan de contrabando y se venden a precios irrisorios con los que la industria nacional no puede competir.

Como respuesta, el Gobierno, que no tiene una política industrial, ensayó sus recetas de manual que nunca funcionaron, como aplicar aranceles a la importación sin lograr que se cumplan, hacer “comisiones” y “operativos” anticontrabando, y alguna que otra redada contra comerciantes minoristas -a fin de captar la atención de los medios-, mientras las industrias seguían cerrando por no poder competir. A pesar de los años, de los gobiernos y los proyectos, la situación no ha cambiado mucho, aunque hay algunos signos alentadores como las crecientes exportaciones de los confeccionistas.

Estos ejemplos deberían ser más que claros para que el Gobierno y los industriales trabajen en la planificación de una política industrial que permita mejorar la competitividad de los productos nacionales y se puedan superar males endémicos como el contrabando y la pérdida de mercados. Lo fundamental es tener una planificación que permita a las industrias crecer y generar empleos, competir y exportar, de manera tal a que se generen empleos y oportunidades para el desarrollo.

Una política industrial debe incentivar el desarrollo y generar las condiciones para ello. Se requieren sistemas de financiamiento concretos, incentivar la inversión en tecnología y la capacitación de los trabajadores, un sistema tributario que favorezca la producción y fomente las exportaciones, rutas en buen estado y facilidades para el transporte, todo esto dentro de una campaña agresiva que fomente la competitividad de la producción paraguaya. Igualmente, se tiene que resolver el problema de las injusticias del Mercosur, pues mientras brasileños y argentinos traban las exportaciones paraguayas, el mercado paraguayo sufre por la invasión de productos extranjeros ilegales.

El gran desafío es articular en forma planificada todas las necesidades y potencialidades del sector industrial, para poder solucionar los problemas de fondo que frenan el desarrollo y no seguir dependiendo de reclamos, llantos, parches y promesas que no sirven más que para prolongar la agonía.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 25 de noviembre de 2007

Los desafíos económicos

Por Héctor Farina (*)

Los problemas que afectan al desarrollo del Paraguay ya han sido harto debatidos, desde la falta de educación hasta la falta de crecimiento económico, pero todavía no se ha logrado traducir las discusiones y los discursos en hechos. Todavía se apunta a la mejoría pero se siguen manteniendo los mismos vicios y la misma estructura nefasta. Y todavía se cree que con un cambio de personas o de nombres se podrá mejorar, cuando la actitud sigue siendo la misma y no se desarrollan ni se cumplen políticas en busca de la tan mentada mejoría.

En el caso de la economía, ¿qué es aquello que falta hacer y que debemos exigir para que los resultados se reflejen en la sociedad? ¿Por dónde pasa el camino que nos llevará a disminuir la pobreza y crear más oportunidades de crecimiento y desarrollo? El primer paso, sin lugar a dudas, es el del saneamiento: no habrá probabilidades de mejorar nuestra economía si el país sigue dependiendo de una estructura corrompida y putrefacta, de un Gobierno saqueador que no busca el desarrollo sino el provecho personal de unos pocos sinvergüenzas.

La competitividad de las empresas y de la producción paraguaya es fundamental para aspirar a un crecimiento económico. En un mundo globalizado ya no se puede depender de una producción que no puede competir en precio y calidad con productos extranjeros, ya no se puede esperar que una medida estatal solucione la ineficacia y el atraso de las industrias, sino más bien el desafío está en lograr que lo que el Paraguay produzca sea de calidad y que pueda competir en el mercado internacional. Para ello se debe fomentar la competitividad y el Gobierno debe crear las condiciones para ello: promover la educación especializada, disminuir las cargas tributarias para los productores, construir rutas para facilitar la distribución, fomentar la inversión en tecnología y dar garantías jurídicas a los que quieren trabajar y generar empleos.

Y dentro de la necesidad de crecer y producir mejor, hay varios temas macro que nunca han sido atacados como se debe y que son fundamentales para tener condiciones de crecimiento. Uno de ellos es el tema energético: Paraguay es uno de los mayores productores de electricidad del mundo, pero esto no es aprovechado, al mismo tiempo que se sufre por la importación de combustibles derivados del petróleo. Un Gobierno serio debe tratar de renegociar el tema eléctrico con el Brasil, para lograr que el precio que se paga por la energía paraguaya que se “vende” sea justo y no una burla, así como se debe usar el potencial eléctrico del país para que las industrias paraguayas puedan tener energía a menor costo.

Y, desde luego, otro tema fundamental es el de negociar con firmeza la posición paraguaya dentro del Mercosur, ya que mientras sigamos siendo los convidados de piedra en un bloque regional donde Brasil traba las exportaciones paraguayas y asfixia nuestro comercio, donde la Argentina impide el paso e inventa impuestos para sacar del mercado a productos paraguayos, y donde sólo somos una parte nominal de un acuerdo que no nos beneficia, no podremos aspirar a atraer inversiones ni sacar provecho de un “mercado ampliado”. El Paraguay debe dejar en claro que si no respetan los acuerdos y los países grandes siguen ganando a costa de los pequeños, no se puede seguir negociando con el bloque y se debe buscar otro camino.

Si como país queremos mejorar, no podemos tolerar a ningún Gobierno que no se proponga atender en serio estos temas económicos, con políticas claras y planificaciones específicas. Se requiere de mucho trabajo, de capacitación y superación, de competitividad y de creación de oportunidades, pero ello debe ir acompañado de una exigencia firme a los gobernantes, para que generen las condiciones para el desarrollo.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 18 de noviembre de 2007

La tiranía de la ignorancia

Por Héctor Farina (*)

Como decíamos ayer, los lazos de la tiranía todavía perviven en el espíritu del Paraguay, más allá de la caída del tiranosaurio hace ya 18 años. Estas ataduras mantienen la opresión de un pueblo que no termina de sacudirse de los males que lo limitan y lo sumen en la pobreza y el atraso. Y dentro de estos lazos perversos, la ignorancia es la que condena con más fuerza, sin pudor ni piedad, a una sociedad que no consigue o no termina de comprender que la educación es el camino para romper el cerco de la miseria y el sometimiento.

“Únicamente se liberan los libres”, sentenciaba Félix en El Fiscal (1993), la novela de Roa Bastos, en alusión a la necesidad de liberar al pueblo paraguayo sometido por el tiranosaurio. Queda claro que los libres no son los que no tienen educación, los que viven colgados del clientelismo, los que esperan que opriman a otros para sacar algún rédito, los que siguen avalando corruptos y esperando cambios mientras no hacen nada, los que prefieren una cerveza a un libro con el cual educar o educarse. Estos son quienes mantienen en el atraso a todo un país creyendo que mejoran.

La tiranía de la ignorancia se manifiesta en ese desinterés por la educación, desde la misma actitud individual del que no quiere leer hasta la actitud pasiva de la sociedad que no reacciona mientras los gobiernos de turno despilfarran recursos en proselitismo y corrupción antes de invertir en programas educativos. Esta tiranía se nota en el conformismo de la gente, que se resigna a esperar el cumplimiento de promesas de una mejor educación y no toma la iniciativa de protestar y exigir, de intentar superarse a pesar de las adversidades. Ya sea desde el sistema o desde el individuo, el no enseñar y el no querer aprender nos condenan con la misma crueldad.

Si la educación es el camino, y si tenemos que educar y educarnos para ser libres, no podemos tolerar ya a ningún gobierno que destine menos del 6% del PIB a la educación. Es intolerable que haya más de 10.000 maestros que trabajan sin percibir honorarios, así como que haya escuelas sin bancos ni libros mientras los recursos del Estado son saqueados por inescrupulosos. Y es más nefasto todavía el hecho de que además de no facilitar la educación, no se creen oportunidades dignas para los que se educan.

El Paraguay urge que, de una vez por todas, se tome una actitud radical y se inicie una campaña sin precedentes a favor de la educación: hay que exigir que se duplique la inversión actual en educación, que se paguen salarios dignos a los maestros y que se los capacite, que se promuevan becas para estudiantes e investigadores, que se renueven y actualicen las bibliotecas públicas, que haya computadoras con Internet disponibles en las escuelas, colegios y universidades, y que se promueva el acceso de la ciudadanía a materiales educativos de bajo costo.

Para romper con la tiranía de la ignorancia primero tenemos que romper con la actitud conformista y la pasividad del resignado: hay que capacitarse y capacitar a los demás con voluntad de poder, al tiempo que se exige que se generen las condiciones propicias para el desarrollo de una educación integral para toda la sociedad.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 11 de noviembre de 2007

Los lazos de la tiranía

Por Héctor Farina (*)

“Yo digo ‘voy a matar al tirano para liberar a mi pueblo’. Pero es una frase vacía, desprovista de historia, de sentido común. Porque ¿quién puede liberar a un pueblo que no quiere ser libre, que ama ser esclavizado? Únicamente se liberan los libres…”. Así reflexionaba Félix, el personaje de El Fiscal (1993), la novela de Roa Bastos con la que completa la trilogía sobre el monoteísmo del poder, junto a Hijo de Hombre (1959) y Yo, el Supremo (1974).

En El Fiscal se mezclan las experiencias de Roa Bastos como exiliado, sus reflexiones contra la tiranía y el realismo ficticio que envuelve con perversión la opresión de los pueblos. La historia va más allá de Casiano y Natí huyendo de la esclavitud de los yerbales, y más allá del poder absoluto de El Supremo: ahora se trata de la ilusión de liberar a un pueblo sometido por el tiranosaurio.

Cuando Félix volvía clandestinamente al Paraguay, oculto tras una identidad falsa, tras años de exilio forzado, y con la misión de acabar con el tiranosaurio, se sumergía en profundas reflexiones sobre el absolutismo opresivo del poder: “Sólo se liberan los libres…”. Aquí vemos que la libertad está en contradicción con la resignación, con la complicidad y la aceptación de la tiranía, de sus lazos, mecanismos y esquemas de sometimiento. Y, en mi óptica, no se trata sólo de la tiranía representada por un dictador en el poder, sino de la que asfixia por medio de otros factores, como la ignorancia y la falta de oportunidades de desarrollo.

El Paraguay hace ya 18 años que ha salido de la opresión del tiranosaurio Stroessner, ya vive la mayoría de edad de la democracia, aunque disimulada bajo el ropaje de “transición” para tratar de justificar sus vicios de antaño y su novel torpeza. Los paraguayos ya no se preocupan por acabar con algún tirano empotrado en el poder, pero tampoco se dan cuenta o fingen no enterarse de que los lazos de la tiranía siguen vivos y tensos, amarrando y azotando a un pueblo que se confió al ganar la libertad de la palabra y tener la posibilidad de elegir. Ya no es un dictador el que fustiga, sino que nos seguimos golpeando con los rescoldos de los latigazos que persisten, como la falta de educación, la corrupción y la falta de oportunidades.

Ahora ya podemos protestar, gritar y armar escándalos, pero no hemos podido traducir esta mayor libertad en mayores exigencias a los gobernantes, en menor corrupción, en más educación y mayor compromiso con el desarrollo. Los paraguayos se aferran a los lazos de la tiranía y siguen votando a los corruptos, a los mentirosos de siempre, siguen permitiendo que se malverse la riqueza del país y se postergue la educación. Y no sólo se tolera que los sinvergüenzas sean candidatos a cargos públicos, sino que se los ensalza y se les regalan votos a cambio de un soborno, una remera, una cerveza o un puesto cómplice en alguna dependencia pública.

Parece no importar que los resultados hundan aun más a un ya empobrecido pueblo, como si los paraguayos no pudieran comprender que entregan un país a cambio de las migajas de los corruptos, como si no se tuviera memoria de la miseria que trajeron los avivados, oportunistas y populistas a los que se les dio apoyo. Stroessner también prometió el cambio cuando llegó el poder, y hasta ahora hay gente que cree en aquello de “paz y progreso”, cuando la realidad muestra que dejó un país huérfano de ideas y de educación, pobre y atrasado.

Creo que el mayor lazo de la tiranía que aun persiste es la ignorancia, la falta de educación que hace que la gente siga viviendo con escasas oportunidades, que siga confiando en ladrones y siga manteniendo los sistemas de corrupción que debimos haber tumbado cuando cayó el tiranosaurio. El camino para romper con esta tiranía es la educación. Lo demás vendrá por añadidura.

(*) Periodista
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domingo, 4 de noviembre de 2007

El problema del reconocimiento

Por Héctor Farina (*)

Como ya habíamos señalado, el marcado pesimismo de un país empobrecido, limitado por la falta de oportunidades y la desesperanza, hace que la percepción sobre nuestras verdaderas capacidades sea más negativa y por ello se piensa en el exterior como la forma más rápida de cambio. Pero dentro de nuestras virtudes y defectos, los paraguayos tenemos un problema interno que no hemos sabido resolver hasta ahora: la falta de reconocimiento.

Nos falta reconocer, valorar, promocionar y premiar el esfuerzo de la gente que quiere superarse, de los que luchan por una educación de calidad, por un país honesto y por una sociedad mejor. Falta reconocer con oportunidades, con apoyo, con confianza y convicción a los que trabajan honestamente, a los que estudian y obtienen capacitación, a los que prefieren esforzarse y tomar la iniciativa de cambiar, antes de esperar que algún cambio milagroso caiga del cielo.

En el Paraguay no se ha podido desterrar tradiciones perversas como el arribismo, el clientelismo, el amiguismo y el nepotismo. Se mantiene el culto al facilismo, a obtenerlo todo por debajo de la mesa, a ir por el camino torcido, a esperar una oportunidad de “golpe” para mejorar rápidamente a costa de otros, sin que la vergüenza ni el raciocinio sean estorbos para ello. Todavía vive en el aire el espíritu de Perurima, el avivado, el ladino, el que se hace de recursos a costa de los otros, a costa del esfuerzo ajeno. También persisten los émulos de Gilberto Torres, aquel personaje de La Llaga (1963), con el que Gabriel Cassaccia representó al eterno arribista, al que aspira tener una mejoría por medio de un golpe, una conspiración o de una coyuntura política favorable. Torres era un pintor que aspiraba a la gloria, pero no hacía nada para merecerla, al igual que muchos aspiran a mejorar sin empezar a trabajar para ello.

El problema del reconocimiento pasa por estas tradiciones perversas: se reconoce y se premia a los corruptos, los torcidos, los arribistas, correligionarios, cómplices, compadres, parientes y amigos, en tanto se posterga a los que luchan honestamente, a los que estudian, trabajan y se superan sin la necesidad de depender de una estructura corrompida. Como en un cambalache eterno, da lo mismo “un burro un que un gran profesor”, un correligionario corrupto y analfabeto que un técnico especializado, un arribista de pañuelo colorado que un trabajador honesto sin pañuelo…

Los paraguayos honestos debemos hacer un esfuerzo por promocionar a los nuestros, por exigir y crear oportunidades de superación, por comprender de una vez que no hay mejorías gratuitas, sino que estas son el resultado de un proceso de trabajo y sacrificio, de superación permanente, de una lucha constante por tener mayor capacitación y mayor conciencia social. Es intolerable seguir creyendo ingenuamente que tendremos un futuro mejor con tal o cual Gobierno, mientras los paraguayos se fugan al exterior en busca de oportunidades, de trabajo y de un reconocimiento que no encuentran en su país.

El primer paso debe ser asumir una actitud individual de superación y luchar por el reconocimiento de ese esfuerzo, en tanto todos debemos presionar para que se premie a nuestros talentos, a los estudiantes y trabajadores honestos, con una mejor educación, con oportunidades de trabajo y de vida digna. En la lucha por la superación personal y colectiva podemos generar miles de oportunidades, premiar a los verdaderos esfuerzos y aprender a valorar a los que realmente luchan por un país mejor. O de lo contrario, nos espera más de lo mismo, más pobreza y corrupción de la mano de los eternos arribistas.

(*) Periodista
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domingo, 28 de octubre de 2007

Percepciones paraguayas

Por Héctor Farina (*)

La percepción que tienen los paraguayos de sí mismos es un ejemplo claro del relativismo y de las contradicciones en las que se cae todos los días. Desde la vivencia cotidiana en el Paraguay nos vemos de cierta manera, creyendo que somos exclusivos en el mundo en ciertos comportamientos, pero desde el exterior nuestra visión cambia. Y no solo se puede ver de otra manera, sino que la percepción que se tiene de los paraguayos en el exterior es muy diferente a la que se piensa desde dentro: no nos ven como corruptos, avivados y oportunistas como los paraguayos nos calificamos a menudo.

Nos miramos como holgazanes y como aventureros, como oportunistas y aprovechados, y aparecemos en los puestos encumbrados del ranking de percepción de la corrupción de países. Creemos que “sólo en Paraguay” ocurren ciertos hechos, como que haya presidentes ladrones, políticos corrompidos, borrachos en las esquinas, servicios deficientes y profesores holgazanes…Se cree que “sólo en Paraguay” hay vicios y pobreza, basura en las calles, baches y funcionarios públicos que no cumplen con sus obligaciones.

Los paraguayos invocan países extraños para nombrar lo que no tienen o para tratar de explicar lo que necesita el país: se habla del trabajo en España o en Estados Unidos, del crecimiento sostenido de Chile y de la educación en países más desarrollados. Pero, curiosamente, la percepción de sí mismos y de la cultura paraguaya cambia cuando se imaginan en otro lugar, como si el hecho de cambiar de sitio significara mucho más que un simple desplazamiento de un espacio a otro e implicara un inmediato cambio de conducta.

La realidad es que el pesimismo y la desesperanza, consecuencias del empobrecimiento y de la falta de oportunidades, hacen que nos veamos más malos de lo que en realidad somos, con menos esperanzas de cambio de las que realmente tenemos. La visión del Paraguay y de los paraguayos desde el exterior es muy diferente, pues no se ve un país deprimido y acabado, sino uno que curiosamente se hunde en su depresión cuando tiene miles de bondades y oportunidades que se deberían aprovechar para salir adelante.

En el Paraguay no hay desgracias naturales, como terremotos, volcanes, huracanes, tifones, nevadas, sequías prolongadas, inundaciones a gran escala u otros fenómenos. Se tiene una población que no llega a los siete millones de habitantes, hay todavía mucha vegetación y recursos naturales, no hay problemas de segregación racial o religiosa, y se cuenta con una enorme riqueza como las hidroeléctricas, además de las incalculables reservas de agua dulce del acuífero Guaraní. Pero antes que pensar en las bondades, se apunta a lo malo, a lo vicioso y corrompido, creyendo que eso es algo exclusivo.

En el Paraguay nos quejamos mucho de la falta de educación y de las pocas ganas de estudiar, pero en el exterior los paraguayos sobresalen como estudiantes. Son ejemplos de dedicación y talento en países como México, España y Estados Unidos. Lo mismo pasa con el trabajo, pues los paraguayos se quejan de que no hay oportunidades en el país y se tildan de haraganes, pero en el exterior son reconocidos como trabajadores incansables.

La realidad es que los paraguayos somos mucho más de lo que creemos, mucho más que un marcado pesimismo que nos abruma. Pero el país se siente desesperanzado y por eso cae en el error de considerar que las oportunidades están afuera, cuando en realidad las oportunidades están en nosotros mismos, en nuestra actitud de cambio, de reclamo, de protesta y de sacrificio. Si al salir al exterior los paraguayos demostramos que somos muy buenos como trabajadores, como estudiantes, deportistas, artistas y como ciudadanos… ¿por qué no podemos cambiar nuestra actitud y empezar a demostrar eso mismo dentro de nuestro propio país? Nada se cambiará si se mantiene la percepción de que no podemos, o si esperamos ir al exterior para cambiar de actitud.

(*) Periodista
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domingo, 21 de octubre de 2007

Dramaturgia y personajes

Por Héctor Farina (*)

El Retrato de Dorian Gray, la novela fantástica del escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), presenta una anécdota que deja una enseñanza clara que todavía no se ha terminado de aprender en la sociedad paraguaya. Se trata de un episodio en el que Dorian Gray, el protagonista de la historia, se enamora perdidamente de una actriz, Sibila Vane, que trabaja en un teatro de mala muerte, pero representando a grandes personajes de las obras trágicas. Un día ella es Desdémona y al día siguiente es Julieta, interpretando a emblemáticas mujeres de las tragedias de Shakespeare.

Pues completamente enamorado de ella, Dorian le propone matrimonio y ella acepta encantada. Pero Sibila no puede casarse con él en ese momento debido a que tiene un contrato con la compañía de teatro que no puede romper. Entonces, sin decirle nada a Dorian, decide boicotear las funciones haciendo que sus interpretaciones de los personajes no sean las esperadas: se comportaría como ella misma y no como los personajes, para que el dueño del teatro le cancele el contrato y ella quede libre para casarse con su amado.

En el día de la función, Dorian había invitado a sus mejores amigos para que conozcan a la genial mujer de la que se había enamorado y con la que se casaría en poco tiempo. Pero cuando ella salió a escena, no tenía nada de genial, sino que era una actriz aburrida, anodina, sin gracia y sin talento. Era una mujer que se comportaba en forma vulgar y no aspiraba a nada, más que a mostrarse como ella misma y no como los personajes que interpretaba.

Horrorizado, Dorian no podía creer lo que estaba viendo. Al terminar la función fue a hablar con ella en los vestidores, le recriminó su actuación y le dijo que la odiaba y que jamás se casaría con alguien así. Ella no pudo soportar tanto desprecio y se suicidó. La moraleja (adaptando este término de la fábula) es clara: nunca te enamores de un personaje, no te encantes con lo irreal.

Esta enseñanza deberían aprenderla los paraguayos, que viven encantados con los personajes representados que surgen todos los días. Deberían saber que los políticos son personajes dramatizados que siguen fingiendo ser los salvadores de la patria, cuando la realidad indica que la están hundiendo, saqueando a su antojo y destruyendo a toda una sociedad. Porque si ya se sabe que los gobernantes mienten y falsean su verdadero rostro para seguir robando, ¿por qué se los sigue apoyando en mítines, en manifestaciones y sobre todo en las votaciones?

Todos formamos parte de lo que el sociólogo Erving Goffman denomina “la dramaturgia social”, pero esta figura en el Paraguay ha llegado a los límites del cinismo y la grosería, al punto de no necesitar fingir ni representar nada. Se ha pasado el límite de la representación y la vergüenza, donde ya no hace falta ni siquiera fingirse bueno para tener el apoyo de seguidores cegados por la ignorancia y la corrupción.

El hecho de dramatizar y de convertirse o fingirse un personaje en el mundo social, no es ciertamente algo novedoso pero sigue teniendo efectos que se perciben en las sociedades como la paraguaya. Es hora de comprender que no debemos confiar en personajes que en realidad no son lo que aparentan. Ya basta de confiar en supuestos salvadores de la patria, personajes funestos, que no hacen otra cosa que robar y condenar a todo un país a seguir viviendo en la ignorancia, la pobreza y la angustia.

(*) Periodista
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domingo, 14 de octubre de 2007

El previsible caos energético

Por Héctor Farina (*)

El problema desatado con el desabastecimiento del gasoil en el Paraguay era algo ciertamente previsible, dada la falta de una política energética, el mal manejo de los recursos y la total dependencia que se tiene de los proveedores de combustibles. No existe en el país una política destinada a asegurar el abastecimiento, sino que se depende de un ente carcomido por la corrupción como Petropar, que, mal administrado, sobrevive lleno de deudas y pérdidas.

No hay política de combustibles, se mantiene un monopolio en la importación del gasoil, se subsidia el precio y se tienen pérdidas, pero se beneficia a los autos de lujo y no a los productores; se administra mal la empresa estatal, se depende totalmente de proveedores extranjeros, a los que no se paga en forma por el mal uso de los recursos, por corrupción o negligencia.... Y todavía la gente se sorprende cuando falta el gasoil en las estaciones de servicio.... ¿Qué otra cosa se podría esperar de un caos como este?

Hablamos de un país con recursos energéticos, pero sin rumbo. Un país que se acostumbró a depender de lo que los otros pueden venderle, pero no aprendió a tener administraciones serias y reglas claras que limiten los posibles conflictos y problemas como el desabastecimiento. Pasa lo mismo con el gas, que se importa y se revende alegremente, pero cada tanto surgen imprevistos que amenazan la provisión del país, porque no hay reservas, ni planificación, ni negociaciones seguras.

Los ingenuos creyeron que el problema del gasoil se solucionaría cuando PDVSA, el buque insignia de los petrodólares chavistas, se convirtió en proveedor del 70% de todo lo importado por Petropar. Y hasta querían importar el 100% del diésel sólo de esta empresa, con lo que el país hubiera quedado atado totalmente a una sola empresa extranjera y ni siquiera se hubiera podido respirar con las migajas de combustible que ahora llegan de la otra proveedora, de la que se compra el 30% del diesel... Deberían tener claro que ni el petróleo con olor a izquierda ni el de corte imperialista son amistosos, sino puro negocio.

Mientras el país sigue dando a precio regalado su energía eléctrica al Brasil, los proveedores internacionales tienen en un puño al Paraguay, controlando a su antojo la provisión de diesel y gas, ante la actitud negligente y corrupta de las autoridades paraguayas. Recuerdo que en el 2003 echaron a Zayas de la presidencia de Petropar por supuestamente poner en riesgo el abastecimiento del país, cuando se enfrentó al "cartel" de los proveedores, mientras que ahora, con un país desabastecido y en crisis, el Gobierno mantiene a Takahashi al frente de la petrolera, dejándolo que mienta y confunda a la gente todos los días....

El Paraguay pierde miles de millones de dólares por regalar su energía eléctrica, pero sufre por la corrupción y los malos manejos que hacen que no pueda pagar a sus proveedores de diesel cantidades mucho menores... Si se sigue subsidiando a los autos lujosos, mientras se perjudica a los productores, si se mantiene un monopolio negligente y se vive colgado de la “benevolencia” de proveedores que no son amigos, el caos tenderá a mantenerse y las crisis no tardarán en volver a presentarse. Si no se corrigen estos problemas, empezando por la corrupción interna, no se puede aspirar a mucho. Hay que aprender a negociar mejor, recuperar lo que le corresponde al Paraguay en cuanto a energía eléctrica, invertir en el desarrollo de combustibles alternativos como el etanol y el biodiesel, y establecer estrategias y negociaciones claras para no volver a caer en el caos del desabastecimiento.

(*) Periodista
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domingo, 7 de octubre de 2007

Las verdaderas propuestas

Por Héctor Farina (*)

El cambalache desatado por la fiebre electoralista en el Paraguay ha demostrado una vez más la carencia de propuestas serias que beneficien a la gente y se ha basado en la misma serie de absurdos que desde hace años empobrecen más y más a un país que debería ser rico. Se apunta al insulto sin sentido, a la descalificación del adversario, a la mentira, al arreo de funcionarios, el despilfarro de dinero en el alquiler de seguidores, a las amenazas y las promesas vacías de contenido pero llenas de ruido. Se busca engañar, dividir a los adversarios y sumar seguidores en base a colores, bandos, facciones y porcentajes de repartija del botín.

No existen propuestas verdaderas, sino promesas mediatizadas con las que se busca apoderarse de la ingenuidad o la complicidad de la gente, para finalmente hacerse del poder. Y a partir de ahí ya sabemos lo que nos espera: gobiernos formados por gavillas que se preocupan por saciar sus propias ambiciones antes que desarrollar políticas públicas que mejoren la situación del país.

Está claro que no podemos considerar como serias las promesas de mejorar la educación que vienen de la mano de personas que -justamente- estuvieron al frente del Ministerio de Educación y Cultura (y del país), pero que no lograron nunca convertir a la educación en una prioridad ni en un objetivo alcanzable. Fueron muchas las promesas, como aquella de “analfabetismo cero en el 2008” , que no se concretaron porque no eran serias, verdaderas y planificadas, sino propaganda mediática.

No podemos considerar como serias las promesas de funcionarios colorados que hablan de terminar con la pobreza, mientras ostentan de manera grosera sus fortunas logradas a costa del robo a las arcas del Estado, mientras se alaban o se descalifican entre ellos sólo con el objetivo de volver a empotrarse en el poder para seguir robando. Tampoco se puede considerar como seria la promesa de los opositores de terminar con la corrupción, cuando no se menciona cómo lo harán, cuando no muestran estrategias claras ni mucho menos pueden demostrar que no son parte de la misma podredumbre que ahora dicen que erradicarán.

Las verdaderas propuestas deben venir de la gente honrada, de la ciudadanía, de la gente que está cansada de tantas promesas vacías, de tanto robo y tanta pobreza. Es claro que no habrá cambio si la gente se limita a escoger a partir de las ofertas presentadas por los candidatos, que ya de antemano se saben falsas y sin futuro. No se lograrán avances sólo porque se vote por las alternativas “menos peores” o por la oferta menos grosera.

Las propuestas de cambio deben ser impuestas por la gente, por sus necesidades, para hacer frente a las carencias del país en cuanto a educación, empleo y salud. Son los ciudadanos los que saben en dónde les aprieta el zapato, los que saben qué es lo importante y qué es lo irrelevante para la comunidad, la sociedad y el país. Los temas de la agenda de prioridades del país no pueden ni deben limitarse a las promesas vacías de los políticos oportunistas: deben ser confeccionados por la ciudadanía honesta, por los intelectuales, por los trabajadores, por los estudiantes, por los empresarios…

Los ciudadanos tenemos el poder de limitar el cambalache electoralista, de no caer en el juego de las mentiras de siempre. Hay que tomar parte activa en la construcción y definición de los temas realmente importantes para el país, para marcar los límites y pensar en metas concretas, y para dejar de ser un pueblo pasivo que se resigna a votar por colores o por alternativas impuestas que sabemos que no beneficiarán más que a unos pocos.

(*) Periodista
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domingo, 30 de septiembre de 2007

La competitividad y el olvido

Por Héctor Farina (*)

La falta de competitividad de las empresas nacionales es un problema reconocido y que sigue afectando a una buena parte del sector empresarial paraguayo. Ya no se trata sólo de producir y vender, sino de ganar en calidad, precio, distribución y lograr una mejor rentabilidad como resultado del proceso de producción. La competitividad se ha convertido en una necesidad imperiosa en un mundo globalizado, donde ya se han eliminado las fronteras espaciales y se debe competir contra productos de todo el mundo.

En el Paraguay hay ejemplos importantes de competitividad empresarial, pero no constituyen la regla, sino más bien la excepción. Y generalmente esas excepciones son el resultado del esfuerzo propio, de la capacitación y la innovación propias, y no de políticas establecidas para el desarrollo competitivo. Pese a que hubo y hay muchas iniciativas del Gobierno, no se percibe que haya mejorías como resultado de los múltiples “planes” y “proyectos”.

Uno de los ejemplos claros es el de la iniciativa de los “Foros de competitividad”, impulsada desde hace años por el Ministerio de Industria y Comercio (MIC). Se hicieron estudios, diagnósticos y muchas reuniones para ver cómo mejorar la competitividad de cadenas productivas, como las del sector algodonero y confeccionista, la de los metalúrgicos y la de los productores e industriales lácteos.

Y después de tanto ruido y tantas reuniones, de tanto brindis y “agasajo” con dinero público, ¿qué pasó con los resultados? ¿Dónde está la tan mencionada competitividad? ¿Dónde están los 320 mil empleos que prometieron crear en la cadena algodón-textil-confecciones? Porque si bien la promesa era llegar a esa cantidad en el 2010, ya muy cerca del 2008 se deberían haber creado por lo menos 200 mil empleos… ¿Y qué pasó con las siderales cifras de ingresos en exportación que se prometían?

Desde que asumió el Gobierno de Duarte Frutos en el 2003 se han venido manejando planes, proyectos y promesas, pero sin más resultados que excusas y nuevas promesas. No se ve la competitividad y las empresas paraguayas siguen funcionando desfasadas, acordes al modelo agro-pastoril que se mantiene desde hace años. Y siguen surgiendo proyectos para justificar millonarias consultorías, pero de nada sirve que ahora se llamen “mesas sectoriales” o le pongan cualquier nombre pomposo, ya que los resultados concretos y beneficiosos siguen sin aparecer.

La realidad que viven las empresas y el país es más que elocuente: mientras la industria de la confección sigue sobreviviendo a duras penas frente al contrabando que es dueño del mercado; mientras el sector lácteo se defiende como puede de la informalidad y mientras los metalúrgicos siguen hundidos en la crisis, todo el país sufre por la falta de empleos, por la falta de oportunidades, por la pobreza creciente y la poca esperanza de cambio.

Los mismos empresarios y toda la ciudadanía no pueden seguir tolerando que se gasten millones en planes que no se concretan: hay que exigir resultados concretos de las iniciativas y que los recursos del Estado sean correctamente invertidos y no despilfarrados una y otra vez en proyectos que sólo enriquecen a algunos avivados, mientras el país se sigue hundiendo. Si queremos ser competitivos, empecemos por derrotar al olvido y trabajar con memoria.

(*) Periodista
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domingo, 23 de septiembre de 2007

La maquila y el desarrollo

Por Héctor Farina (*)

El crecimiento de las exportaciones realizadas bajo el régimen de maquila mantiene una tendencia constante desde hace por lo menos tres años, por lo que se ha convertido en uno de los pocos signos alentadores enarbolados por el Gobierno para tratar de defender su gestión desde el punto de vista de la economía. El régimen de maquila empezó a operar a fines del año 2001 y fue recorriendo un camino lleno de obstáculos y sinsabores, hasta que finalmente empezó a consolidarse en el 2004 y tuvo su despegue en el 2005.

Los datos oficiales indican que de enero a agosto de este año, el monto de las exportaciones fue de 47 millones de dólares, con lo que se tiene un incremento del 31% frente al mismo periodo del año 2006. Con estos números se nota que el crecimiento sigue su tendencia y que las cantidades ya comienzan a ser importantes, sobre todo para una economía pequeña con grandes carencias como la del Paraguay.

Pero si bien se tienen cifras alentadoras en este caso concreto, se trata sólo de uno de los tantos elementos que debemos tomar en cuenta si queremos apuntar seriamente al desarrollo. En primer lugar recordemos que la maquila fue proyectada en el país para que se convierta en una poderosa herramienta de creación de empleos, de manera que aunque los datos de las exportaciones de las empresas sean halagadores, la generación de empleos no ha seguido hasta ahora la misma tendencia. Es decir, estamos aumentando el volumen y el monto de las exportaciones, pero ello no se refleja en la misma medida en la creación de empleos.

Desde luego que el proceso de crear empleos es lento y depende de los resultados de los negocios de las empresas, pero ello no significa que debamos quedarnos conformes cuando el Gobierno anuncia con bombos y platillos el monto de las exportaciones, pero omite pintar la otra realidad: la escasa creación de fuentes de trabajo para los paraguayos. Si la maquila fue creada para facilitar el funcionamiento de las empresas y crear puestos de trabajo, lo justo es que se logren resultados en ambos casos y no sólo se presenten a la gente los números que favorecen a las autoridades.

Además, se debe tener en cuenta algo fundamental: la maquila no es la salvación para el país ni la panacea para el problema del desempleo. Es sólo una herramienta que puede ayudar bastante pero que debe ser acompañada por otras políticas y medidas económicas que sirvan para generar un desarrollo verdadero en el país y no sólo una esperanza de mejoría en medio de una economía destrozada. Si el hecho de bajar los impuestos, agilizar los trámites burocráticos y favorecer la exportación de las empresas está funcionando, habría que buscar los mecanismos para que los beneficios sean extensivos a otros sectores empresariales e industriales.

Resulta inaudito y ofensivo que el Gobierno ahora se jacte de los resultados de la maquila, cuando este régimen siempre fue minimizado y poco apoyado, con presupuestos irrisorios y con escasa consideración. Pero ahora que el régimen está obteniendo resultados, las autoridades se suben “al carro de los ganadores” y se olvidan de que despilfarran cantidades muy superiores en proyectos que no funcionan, pagando millonarios salarios a gente inútil y vendiendo falsas ilusiones a un país que se está desangrando. Se olvidan de que en Rediex (Red de Inversiones y Exportaciones) se gastan dos millones de dólares al año, se presupuestan 50 mil dólares para los “bocaditos”, se pagan costosos viajes y estadías de lujo en el exterior, sin que ello se note en resultados concretos.

Mientras se obtengan sólo beneficios parciales por parte de un régimen y se siga despilfarrando dinero en proyectos que no funcionan, se mantendrán las elevadas tasas de desempleo, la falta de oportunidades y la pobreza. Si en verdad el Gobierno busca mejorías, debe invertir mejor los recursos, hacer políticas serias y no sólo vender logros parciales que favorecen a muy pocos.

(*) Periodista
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domingo, 16 de septiembre de 2007

La decadencia de un país

Por Héctor Farina (*)

El Paraguay vive actualmente un momento difícil de pauperización, de degradación económica y ética, y de agudización de los vicios que corrompen a la sociedad, en un momento cumbre del proceso de decadencia en el que se encuentra desde hace muchos años. Ya no sólo se sobrevive soportando la pobreza, la corrupción y la podredumbre, sino que el coraje y la esperanza se han aletargado, en una especie de resignación que resulta peor que los males que enfrentamos.

La crisis económica, política y social está aniquilando las esperanzas de todo un pueblo, que en medio de la desesperación reacciona buscando una tabla de salvación en el exterior, haciendo changas baratas en países hostiles, creyendo –en el plano local- en los farsantes que se dicen salvadores, en las promesas vacías, en los discursos estériles y el insulto sin sentido. Se cree que con sacar un poco de dinero, alguna prebenda, posicionarse como testaferro de algún político o vender la conciencia, se está teniendo una mejoría personal, cuando en realidad se está ahondando la desgracia de todo un país.

La decadencia del país se nota en su gente, que tiene que salir de su tierra para procurarse ingresos con los cuales sobrevivir, pero en el exterior mantiene los mismos vicios y no contribuye en nada a mejorar la condición de los que se quedan. Se cree que con ganar en euros o en dólares se está progresando, pero en la realidad nadie se preocupa por mejorar la educación, ni la propia ni la de los hijos, y con esto lo que se logra es un poco más de dinero para vivir en la misma mediocridad.

La decadencia del país se expresa por medio de la ignorancia de la gente, que festeja la salida de prisión de un populista envuelto en numerosos delitos, enriquecido de manera injustificable y que, no obstante, todavía aparece como un “Mesías” a los ojos de los fanáticos. Los efluvios de la decadencia hoy llenan todos los espacios mediáticos, con frases groseras y discursos insultantes, con absurdos como los “halagos” que se hacen Duarte Frutos y Oviedo, que son verdaderos atentados contra el lenguaje, la dignidad y la inteligencia.

Esa misma decadencia se nota en la inutilidad de las autoridades y la falta de reclamo firme de la sociedad, que aunque ve que literalmente el país se incendia, todavía le presta oído a funcionarios que se echan la culpa pero no apagan el incendio. La decadencia es ya pestilente, con nuevos “millonarios” que aparecen todos los días, con ladrones que ostentan impunemente la riqueza que le roban al Estado. Y lo peor de todo es que los paraguayos ya no se asombran, ya no se escandalizan ni reaccionan, y toman estas aberraciones como si fueran normales.

El filósofo alemán Nietzsche (1844-1900) proponía una transmutación de los valores y una actitud individual y poderosa frente a la decadencia. Los paraguayos deberíamos cambiar muchos de nuestros valores tradicionales y asumir una actitud más firme ante la decadencia: no apoyar a corruptos, no creer en falsas promesas, exigir el cumplimiento de la ley y no dejarnos seducir por las prebendas. Exijamos programas serios de gobierno, que sean manejados por gente honesta y creíble, que se invierta por lo menos el 6% del presupuesto total del país en educación, que se investigue a los candidatos y a los funcionarios sospechosos de corrupción, y, sobre todo, que ya no se caiga en el pozo de creer que “así nomás luego tiene ser” nuestro país. Depende de cada uno y de todos.

(*) Periodista
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domingo, 9 de septiembre de 2007

El desempleo voraz

Por Héctor Farina (*)

Uno de cada tres paraguayos tiene problemas de empleo, es decir que no tiene trabajo o está subempleado, de manera que la tercera parte de la población no tiene ahora forma de ganarse la vida directamente en el mercado laboral o apenas consigue trabajos precarios, mal pagados, con los que difícilmente se puede sobrevivir de manera digna. Estos datos del propio Gobierno muestran con aguda crudeza la situación de falta de oportunidades que aflige al país: no se crean las suficientes fuentes de empleo y como resultado se tiene una fuga masiva de mano de obra, de cerebros, y de esperanzas -por un lado-, y una sociedad más empobrecida, por el otro.

El tema del empleo es uno de los eternos ejes proselitistas de los candidatos y partidos políticos, que prometen siempre darle oportunidades a una ciudadanía cada día más desesperanzada, pero al final toman al Estado como un botín que sirve para pagar los favores de los que aportaron a las campañas políticas y no se preocupan por crear una verdadera política de empleos y crecimiento económico que beneficie a todos.

Recuerdo la promesa de Ernst Bergen cuando en agosto de 2003 asumió el cargo de ministro de Industria y Comercio en el inicio del gobierno de Duarte Frutos. “Empleos”, esa era la palabra mágica en la que se centraba el plan de trabajo de Bergen al frente de la estratégica cartera de Estado. Pero a lo largo de su administración y de las que siguieron luego, lo que fue creciendo es el número de programas, planes, proyectos, comisiones, mesas sectoriales y nuevas dependencias con jugosos salarios, pero con escasos resultados. Se gastó dinero en hacer planes para todo: exportaciones, inversiones, ruedas de negocios, giras, simplificación de trámites, presentaciones de proyectos en el exterior…Pero ni los costosos viajes ni los millonarios salarios a funcionarios y consultores se transformaron en resultados válidos para la creación de empleos.

Mientras las autoridades sigan gastando el dinero en proyectos que apenas sirven para intentar maquillar la realidad, y mientras no se cree un plan serio de empleos y se ataque los problemas estructurales del país, está claro que seguirán cultivando los mismos esfuerzos estériles, y los resultados no serán los necesitados. No habrá más oportunidades de trabajo sólo porque se crean mesas sectoriales y redes de exportación que funcionan de fachada pero que no logran generar oportunidades más que para unos pocos avivados.

Luego de tantos proyectos y promesas, ¿dónde están las oportunidades? ¿Dónde están los empleos? Las respuestas son contundentes: los paraguayos tienen que irse del país en busca de las oportunidades que no encuentran en su tierra, tienen que probar suerte haciendo changas en condiciones hostiles y situaciones precarias, soportando los males de la distancia, la desintegración de familias y todos los pesares que deben sobrellevar para obtener recursos y procurarse una vida digna.

Todos los paraguayos deben poner punto final a las promesas estériles y exigir hechos concretos: que dejen de destinar los fondos de Itaipú y Yacyretá para campañas políticas y que los inviertan en la construcción de caminos, en la pavimentación de rutas. Que dejen de permitir que Brasil robe la energía eléctrica que le corresponde al Paraguay, que dejen de armar circos con el tema del contrabando y empiecen a fomentar la competitividad de las industrias paraguayas, que dejen de jugar con el dinero y la dignidad de la gente y empiecen a usar los recursos correctamente, promoviendo empleos, mejorando la educación y creando oportunidades para que los paraguayos no tengan que abandonar un país amenazado por el desempleo voraz. Vale la pena seguir peleando.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 2 de septiembre de 2007

Educación competitiva

Por Héctor Farina (*)

El desarrollo de una educación competitiva en el Paraguay es uno de los mayores desafíos que se tienen en busca de una sociedad mejor, pero hasta ahora no se lo ha asumido plenamente como tal y se sigue avanzando con un sistema parchado, lleno de precariedades y limitaciones. Se habla mucho de mejorar la educación, pero como país no se dan los pasos correspondientes, de manera que todo queda supeditado a esfuerzos aislados inmersos en un sistema decadente.

En forma sistemática, desde la misma educación primaria estamos acostumbrados a que haya cosas que no podemos hacer porque no se tienen los recursos, porque no hay apoyo verdadero y porque existen otras prioridades que se deben atender y que también son relegadas. Es muy difícil lograr una educación competitiva en las escuelas del interior, en las que los alumnos llegan con el estómago vacío, sin cuadernos y sin muchas opciones para aprender por la carencia de las mismas escuelas.

Es muy complicado que en la secundaria y en las universidades se logre una educación de calidad cuando no se tienen suficientes bibliotecas, cuando los libros están desfasados y los maestros son apenas rumiantes académicos, hijos del mismo sistema decadente que ahora sostienen. Si las posibilidades de acceder al conocimiento están limitadas de antemano, si educarse en el Paraguay tiene un costo demasiado elevado para una población empobrecida, si el acceso a Internet es casi un lujo para unos pocos y si el costo de los libros margina a la mayoría de la población, queda claro que al final serán muy pocos los que logren una formación de calidad con los niveles de competitividad necesarios para enfrentarse a un mundo globalizado.

Mientras los países desarrollados se siguen alejando en base a educación e invierten constantemente en la mejoría de la calidad educativa, en el Paraguay no hemos salido todavía de las discusiones estériles, de las promesas vacías y de las actitudes conformistas. Está claro que hay que darle a la educación la importancia que se merece y exigir mejores condiciones para todos, de manera que no tengamos que seguir teniendo profesores tipo “taxi” que en vez de sumar conocimientos deben sumar horas de clase para poder sobrevivir, en tanto se forman alumnos que sólo buscan títulos y que pueden conseguirlos sin la necesidad de leer un libro completo.

Pero lo más triste y lo más admirable de todo, es que los paraguayos no somos menos que los estudiantes de otros países. Es triste porque hay muchos que buscan superarse en un país que limita las posibilidades, y es admirable porque siempre surgen talentos que logran superar la barrera de las precariedades y ponerse a la altura de los mejores estudiantes y profesionales de los países más desarrollados.

Aquí en México hay muchos paraguayos haciendo estudios de grado y posgrado. Y compiten al mismo nivel que cualquiera, pese a provenir de un sistema educativo lleno de precariedades. Aquí demuestran todos los días que en materia de capacidad humana no tenemos nada que envidiarle a nadie, e inclusive se tiene la ventaja de estar acostumbrados a lograr resultados con escasos recursos, a fabricar lo que no existe y a no depender siempre de las facilidades que concede el sistema.

El reto de tener una educación competitiva debe empezar entonces por una apuesta seria del Gobierno, por invertir más de un mísero 3% en educación, por crear bibliotecas y actualizar las ya existentes, por facilitar el acceso a computadoras e Internet, por renovar los planes de estudio y fomentar la capacitación de los docentes. En síntesis, por crear condiciones mejores para que los paraguayos no sigamos rezagados en un mundo competitivo.

Si a pesar de todos los obstáculos y limitaciones, siempre surgen genios, talentos y héroes cotidianos, imagínense lo mucho que podríamos mejorar como país si empezamos a crear las condiciones para tener una sociedad más y mejor educada.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 26 de agosto de 2007

El ciclo del absurdo

Por Héctor Farina (*)

La realidad paraguaya está llena de absurdos, de hechos y actitudes que forman parte ya de una cultura en la que vemos con normalidad lo que en otros lugares sería motivo de extrañamiento y sorpresa. Pareciera que a los ojos de los paraguayos, desarrollados para ver cosas raras como normales, y acostumbrados ya a lo increíble y lo chusco, no llegan imágenes que puedan impresionar y sacudir. Esa misma visión cotidiana se traduce en un razonamiento nublado y en un comportamiento cíclico que hace que vivamos cosas absurdas una y otra vez, creyendo que “así nomás luego tiene que ser”.

En un país de corte kafkiano, ya no sorprende vivir en medio de la confusión y el caos, ya no llama la atención que estén revueltos los buenos y los malos, piratas, corsarios, libertadores o autoritarios, trabajadores y ladrones. Se sigue andando a los tumbos, piedra tras piedra, esperando que el camino mejore cuando lo normal sería que nosotros mismos preparemos el terreno y dejemos de lado los obstáculos.

En algunos casos los paraguayos están más perdidos que Joseph K. en El Proceso, un personaje que es acusado y juzgado por crímenes que nunca conoce, que nadie sabe, con pruebas que se desconocen, sin jueces claros y sin nada concreto, de manera que aunque nada tenga sentido, el proceso continúa igual su curso en medio del absurdo. Así se podría interpretar el absurdo de un país rico que vive en la pobreza y que se mantiene cometiendo los mismos errores creyendo que la situación mejorará.

Es absurdo que en el país de la energía eléctrica se tenga que depender casi totalmente de cocinas a gas y no haya cocinas eléctricas. Es decir, mientras que al Paraguay le corresponde la mitad de la producción de electricidad de la represa más grande del mundo, se permite que dicha energía sea robada por otro país, en tanto se tiene una dependencia total de un producto como el gas, que curiosamente no se produce en el país y se tiene que importar a precios elevados. No se aprovecha lo que sobra y es nuestro, pero se sufre por la escasez de lo que no tenemos.

En el país de lo absurdo, se cree todavía que se mejorará si se sigue votando a los corruptos de siempre, si se sigue escuchando y dando crédito a las mismas promesas incumplidas de siempre, hechas por los mentirosos de turno o de tiempo completo. Unos a otros buscan convencerse de que tendremos un cambio con fulano o mengano como presidente, pero no comprenden que no habrá cambios si siempre son los mismos políticos, cortados por la misma tijera de la corrupción, los que se presentan como salvadores, en tanto la gente no reacciona y espera que llegue “Godot”.

Es absurdo que los paraguayos tengan que abandonar el país yendo a España para ganar dinero, pero sigan haciendo lo mismo, de manera que se sueña con mejorar el Paraguay con gente que emigra y sigue gastando su dinero en fiestas y en cerveza, manteniendo su misma ignorancia. Es triste que se crea que porque se gana más dinero afuera las cosas mejorarán adentro, cuando no se invierte ni se promueve dicha mejoría.

Debemos comprender que es absurdo pensar que mejoraremos si vivimos escuchando promesas de optimizar la educación, pero nadie asume el desafío de hacerlo... si se habla bien de la lectura pero se prefiere comprar cerveza antes que una novela... Definitivamente nada cambiará si primero no cambiamos nosotros, si no asumimos que no podemos seguir el ciclo de lo absurdo y que debemos reconstruir el país empezando por nuestra actitud, nuestra educación y nuestro pensamiento.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

viernes, 24 de agosto de 2007

PARAGUAYAS EN MÉXICO: EN MEDIO DEL HURACÁN DEAN

Última Hora impreso publica la historia de estudiantes paraguayas que vivieron una experiencia desconocida: refugiadas, sin luz, resistieron el paso del huracán Dean.
QUINTANA ROO, México, miércoles/24AGOSTO/2007

Por Héctor Farina (Especial para Última Hora)

En la pequeña y tranquila ciudad de Chetumal, capital del estado de Quintana Roo, en el caribe mexicano, dos estudiantes paraguayas, María Belén Florentín y Andrea María González, tomaban todas las precauciones necesarias ante la inminencia del impacto del huracán Dean, el más intenso que afectó a México en las últimas dos décadas.

En medio de la alerta roja generalizada, del nerviosismo y de las evacuaciones, las paraguayas tuvieron que dejar su casa, ubicada en la costa, y refugiarse en otra más segura, a varios kilómetros tierra adentro. De los seis paraguayos que estudian en Chetumal, cuatro de ellos vivieron la experiencia de soportar la furia del huracán.

Belén, originaria de Asunción y estudiante de Maestría en Planeación en la Universidad de Quintana Roo, cuenta que se alarmó bastante cuando unos días antes se enteró de que se había formado un huracán y que se dirigía a la península de Yucatán. Y más cuando averiguó que el huracán podría ser de categoría cinco (el de mayor intensidad).

ANSIEDAD. "Pasaban los días, y mi ansiedad crecía. El sábado 18 los medios publicaron lo que más temíamos: el huracán había cambiado su trayectoria, la posible área de impacto de ser el norte de Cancún pasó a ser entre la ciudad de Felipe Carrillo Puerto y el poblado de Mahahual, este último ubicado a 80 km (en línea recta) de Chetumal", menciona.

Por su parte, Andrea González, del barrio San Vicente de Asunción, y también estudiante de Maestría en Planeación en la Universidad de Quintana Roo, estaba de vacaciones en Irapuato (Guanajuato, en el centro de México), y llegó el día domingo a Chetumal, confiada porque las noticias indicaban que el huracán Dean tenía otra dirección, pero poco antes de llegar las cosas cambiaron y se dio la alerta naranja: el huracán se dirigía hacia Carillo Puerto. "Dios mío, dije. ¡Eso está solo como a dos horas de acá!"

Ante la inminencia del impacto del huracán, el fin de semana la gente comenzó a comprar provisiones y cargar combustible, en lo que se conoce como "compras de pánico". Las dos paraguayas prepararon sus cosas y abandonaron su casa, cercana a la costa, para refugiarse en otra más segura, perteneciente a la familia mexicana Ceballos Buenfil, que estaba preparada contra huracanes.

Las paraguayas ayudaron a sellar las ventanas, ponerle cinta adhesiva a los vidrios, tela metálica, cartones, madera y todo lo que sirviera para resguardar la casa.

SIN LUZ. Los vientos huracanados se comenzaron a sentir con mayor intensidad a las tres de la mañana, entonces las autoridades decidieron cortar la luz. El ambiente de la casa era sofocado por el intenso calor, se oía el impresionante silbido del viento y la gente se mantenía alerta oyendo la radio. Las ráfagas se intensificaron más a las cinco de la mañana, con vientos de alrededor de 250 km por hora, que derriban árboles, letreros, antenas... "Escuchábamos el silbido del viento que no paraba, y cosas que chocaban con el suelo. Nos asomamos a la ventana de la casa y vimos que un árbol se había caído en la piscina y después otro frente a la ventana...", dice Andrea.

La madrugada de aquel martes 21 fue interminable, en tanto los vientos se fueron tranquilizando lentamente hasta que llegó la calma alrededor del mediodía.

DESTRUCCIÓN. Cuando salieron de sus casas, las compatriotas encontraron que todo estaba irreconocible en las calles, con árboles caídos por todas partes, letreros destrozados, algunas calles y casas inundadas, y no había servicio de luz y agua. Regresaron a su casa y encontraron daños menores, pero al menos en esa región mexicana no hubo muertos. Las paraguayas estuvieron muy cerca del ojo del temible Huracán Dean.

Si bien en el caribe mexicano el meteoro dejó sólo daños materiales, al día siguiente volvió a impactar en las costas mexicanas de Veracruz, ya convertido en tormenta tropical, y afectó a siete estados dejando unos 40.000 damnificados y unos 10 muertos.

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María Belén Florentín: "Toda mi familia estaba aterrada"
Los familiares de María Belén Florentín, en Asunción, vivieron desde la distancia el miedo y la incertidumbre que generaba la amenaza del huracán Dean en México, en medio del nerviosismo y de las constantes llamadas telefónicas.

"Mi familia se había adelantado a lo que decía el informe, y media hora antes me había dicho que en CNN decían que (el huracán) impactaría en Chetumal con categoría 5. Ellos estaban completamente aterrados: a partir de ese momento y hasta las 6.30 de la mañana me llamaron cada 20 minutos. Me llamaban mi mamá, mis hermanos, mi novio, mi tía...", recuerda Belén. Menciona que como ya no había canales de televisión que transmitan las últimas noticias del huracán, y posteriormente se cortó la luz, todos estaban pendientes de la radio, y ella de lo que le contaba su familia desde Paraguay, que seguía todas las noticias por televisión. Recién a la mañana siguiente volvió la calma en Chetumal y en Asunción. Belén dice que la comunicación telefónica por medio de celulares le permitió estar cerca de sus seres queridos en uno de los momentos más difíciles de su vida.

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Andrea María González: "Fue la madrugada más larga de mi vida"

En medio del azote del viento, de la falta de luz y de la incertidumbre y el miedo, Andrea María González vivió una noche que parecía que nunca iba a terminar. "Fue la madrugada más larga de mi vida. Como a las tres de la mañana se suspendió la luz, los vientos comenzaron a soplar con mayor intensidad, sólo una estación de radio de Chetumal tenía señal", explica.

Andrea recuerda que se mantenía informada en un principio por la televisión y los boletines especiales que daba a conocer el Gobierno de Quintana Roo. Pero el terror comenzó más tarde cuando en Paraguay se recibían noticias de que el huracán golpearía directamente en Chetumal, por lo que los familiares empezaron a llamar de manera constante para informar e informarse sobre el peligro latente. "Nunca olvidaré esa madrugada, así como a la familia Ceballos Buenfil que nos recibió tan generosamente en su casa, a mi familia que estuvo pendiente de todo, mi novio y todos mis amigos que se preocuparon por mí", concluye

Publicado en el Diario Última Hora de Paraguay. 24-08-07. Ver original aquí

domingo, 19 de agosto de 2007

El transporte público, una cuestión de cultura

Por Héctor Farina (*)

El sistema del transporte público de pasajeros en Paraguay es reconocidamente deficiente, con múltiples problemas que hacen que el servicio que reciben los usuarios sea malo, como las unidades en mal estado, la falta de respeto a las señalizaciones del tránsito, las calles llenas de baches, la imprudencia de los conductores y la falta de un efectivo control oficial, que permite a los transportistas seguir lucrando a costa de los usuarios y los trabajadores sin la necesidad de invertir en la modernización de las unidades de transporte.

Pero además de las cuestiones estructurales, existen condiciones culturales que facilitan y permiten que el sistema siga operando con la misma ineficiencia. Me refiero a la actitud que asume el paraguayo frente a las situaciones que se dan en el caso del transporte, en una especie de complicidad con el sistema al admitir los errores como normales y ya no escandalizarse ni reclamar, porque “así nomás luego es”.

Por ejemplo, son los mismos usuarios los que se suben a las unidades en medio de una avenida o se bajan en el medio del tráfico, los que le piden al chofer que le baje “ahí mismo” y todavía se bajan por la puerta delantera… Los pasajeros están acostumbrados a viajar en la estribera o colgados del pasamanos, y aun viendo que los ómnibus están saturados prefieren viajar en condiciones de alto riesgo antes que esperar un poco para tener un viaje más seguro. Ya no se asombran cuando los choferes hacen maniobras indebidas, frenan bruscamente, juegan carreras o se saltan los semáforos en rojo. Ya están acostumbrados a subir y bajar con el camión en movimiento, cuando eso no debería ser así. Y no sólo no se protesta, sino que se tiene una actitud predispuesta contra aquel que lo hace. “Terehona táxipe” es común que le espeten a aquellos que se atreven a protestar ante alguna falta en el manejo.

Tomando el caso del transporte público de Guadalajara, México, se observa que si bien tiene muchos problemas y deficiencias, hay ciertas condiciones que favorecen un mejor servicio. En esta ciudad los colectivos no circulan con las puertas abiertas, no llevan pasajeros en las estriberas, no paran en cualquier lugar porque para ello tienen sitios oficiales, no ponen música a todo volumen y no dejan las puertas abiertas para que suban y bajen cuando quieran los vendedores ambulantes o los que se hacen pasar por ellos para asaltar a la gente. Igualmente, el Gobierno obliga a las empresas a tener unidades en buen estado, y saca de circulación a aquellas que no reúnen las condiciones o que ya han cumplido su periodo de vida útil. El tema es cumplir y punto.

Y en cuanto a Paraguay, y sobre todo en el área metropolitana de la capital, evidentemente hay muchas cosas que cambiar en el sistema de transporte, pero se debería empezar por la actitud que tenemos los paraguayos frente a las irregularidades que encontramos. Deberíamos empezar por no ser cómplices de un sistema obsoleto y deficiente que nos perjudica a todos, por no solapar los malos manejos y por exigir respeto a nuestra condición de usuarios que pagan un alto precio por un servicio. El primer paso que tenemos que dar es el cambio de actitud frente a lo irregular, peligroso y corrupto, de manera que quede claro, tanto para los empresarios como para el Gobierno, que realmente queremos que el sistema cambie en beneficio de todos y que ya no se puede tolerar que la gente siga sufriendo por los malos servicios, mientras unos pocos se enriquecen a costa de las necesidades ajenas.

(*) Periodista

http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 12 de agosto de 2007

Romper un mundo

Por Héctor Farina (*)
puntodefusion@yahoo.com

“El que quiere nacer, tiene que romper un mundo”. El límite del mundo que conocemos y en el que vivimos está marcado en gran medida por nuestra propia visión, por nuestros prejuicios y por las limitaciones que nos impusieron en el proceso de nuestra educación. Se trata de ver un mundo único, donde todo obedece a una lógica orquestada y donde lo distinto se mira con horror, porque simplemente rompe la frontera impuesta y pasa a otra dimensión –la contraria o la mala-. Pero en tanto se trata de imponer un mundo único, se advierte contra los males de otros mundos, que también existen, en una división maniqueísta que rige la vida y que condiciona nuestro desarrollo.

En la novela Demian (1919), del escritor alemán Hermann Hesse, se presenta una curiosa reflexión en torno a la vida desde el punto de vista del mundo ideal y del mundo de lo malo. “El ave lucha para salir del huevo, y nada más. El huevo es el mundo. Quien quiera nacer, deberá primero destruir un mundo…” Así se expresa Max Demian, un personaje filosófico que ayuda a Emil Sinclair -el protagonista- a ampliar su visión del mundo y a entender que existen muchas cosas más allá de los límites impuestos en el mundo ideal trazado en su infancia.

La lección que podemos extraer es clara: tenemos que romper los límites impuestos por nuestro mundo, porque el mundo es algo que debemos descubrir y construir, y no algo que otros nos imponen como un límite a lo que podemos hacer y lo que podemos ser.

Deberíamos pensar en las palabras de Demian desde el punto de vista del mundo en el que vivimos los paraguayos, de las limitaciones culturales que tenemos, del atraso, de la corrupción, de la pobreza y de nuestra peculiar forma de vida. En un mundo en el que estamos condicionados por el “así nomás”, por el “así luego tiene que ser”, por la ley del menor esfuerzo, por el amiguismo, el compadrazgo y el nepotismo, por el camino fácil y por la mala memoria, resulta difícil que podamos llegar lejos porque las ataduras nos lo impiden.

De nada servirá que cambiemos de gobierno, que pasemos de una dictadura a una democracia o a cualquier otro sistema, si al final seguimos condicionando nuestro mundo con nuestra actitud, si al final todo cambia para que sigamos haciendo lo mismo de siempre. Romper un mundo no quiere decir cambiar de lugar y seguir arrastrando los mismos vicios, sino romper con las ataduras que nos limitan, para tener la libertad de elegir a dónde ir y cómo construir el mundo en el que queremos vivir.

Si queremos cambiar nuestro país, tenemos que empezar por cambiar nuestra actitud de una vez por todas y dejar de lado los males que nos oprimen. Hay que romper ese mundo de miseria que hasta hoy soportamos y empezar a construir uno mejor, con nuevos valores, con mucha educación y con sacrificio.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 5 de agosto de 2007

El viejo vicio de lo no previsto

Por Héctor Farina (*)

El tema de la falta de previsión, de anticipación y de planificación parece una cruel ironía en el Paraguay, un país que requiere de una construcción constante y de un crecimiento sostenido, pero que no logra superar todavía los vicios que lo anclan a una vida de repeticiones sin sentido. Mientras una sociedad empobrecida y amenazada por la fiereza de un mundo globalizado urge soluciones para salir de su estado de injusticia social y romper sus limitaciones, se sigue tropezando con las mismas piedras, como si se tratara de un eterno retorno que emprendemos siempre con la inocencia de no saber lo que encontraremos.

Pareciera como si los paraguayos tuviéramos encima la maldición de Sísifo, aquel que fue condenado a subir una roca por la cuesta de una montaña y que cuando llegaba a la cima, la roca se caía cuesta abajo y todo volvía a iniciarse: a subir la roca hasta que nuevamente se caiga…eternamente. Pero en el caso paraguayo, no es una condena impuesta, sino una especie de vicio adoptado como parte del folclore, como uno de esos sellos peculiares en la conducta que convierten en sorpresivo lo previsible y en llamativo solo aquello con lo que chocamos.

Como país seguimos sin prever las consecuencias de nuestros actos, de nuestras decisiones y de las políticas que adoptamos. Pero nos seguimos escandalizando cuando nos tropezamos con los problemas de siempre, cuando finalmente los golpes que pudimos haber evitado nos dan vuelta la cara. Seguimos reaccionando sólo ante los golpes, cuando ya el daño es palpable, cuando la gente llora y se huelen las tragedias después de consumadas. Y lo peor es que esas reacciones vuelven a caer en lo mismo: en poner parches a los problemas y mantener la imprevisión, a la espera de que se presente nuevamente algo “sorpresivo” y le apliquemos un nuevo parche.

Deberíamos aprender a pensar mirando hacia el frente, planificando y previendo lo que pudiera ocurrir. Es urgente romper el viejo vicio de lo imprevisto y ya no quedarnos a esperar los golpes para darnos cuenta de que estamos mal.

Si mantenemos la misma actitud cansina del “así nomás” o del “no pasa nada”, seguiremos soportando calles carcomidas por los baches, hospitales sin medicamentos, niños mendigando, y una sociedad cada vez más pobre. Y en realidad sería tan fácil prever que la pavimentación de las calles debe ser a prueba de fenómenos cíclicos como la lluvia, que los hospitales deben tener presupuesto para medicamentos de reserva, que los niños deben ser capacitados y no mantenidos con limosnas, y que se debe invertir en educación para no seguir limitando las posibilidades de crecimiento del país.

Si seguimos creyendo que las cosas van a cambiar haciendo siempre lo mismo, estamos condenados a la misma miseria de siempre. No esperemos un país mejor si se vota a los corruptos, porque ellos sólo nos darán más corrupción. No esperemos a que nos roben para darnos cuenta de que tenemos que hacer algo contra los ladrones. No dejemos que el país se muera, para luego darnos cuenta de que pudimos hacer algo mejor y de que debimos haber planificado una sociedad mejor si es que en realidad queríamos tenerla.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/