lunes, 21 de noviembre de 2016

La posverdad y su turbulencia

Por Héctor Farina Ojeda 

El Diccionario Oxford eligió recientemente a la “posverdad” como la palabra del año, como una forma de reconocer al neologismo que intenta explicar lo ocurrido en situaciones como el Brexit o el triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. Dice el diccionario que la posverdad se refiere a “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es decir, el posicionamiento de un discurso que apele a lo emotivo, a exacerbar los ánimos y acicatear creencias genera más consistencia que lo concreto, que la verdad misma. 

Ya muchos califican a Trump como el político de la posverdad: con un discurso anclado en la exacerbación, el populismo y los ataques desmedidos, sus palabras generan reacciones aunque se traten de agresiones sin sentido, de promesas imposibles y de mentiras gratuitas posteriormente desmentidas. Aunque lejos de los hechos objetivos, sus alocuciones al muro, a la cancelación de acuerdos comerciales, a represalias y deportaciones masivas de migrantes, así como a la influencia para evitar que una fábrica automotriz se instale en México, no sólo han generado reacciones en el mercado financiero y el ánimo de la gente, sino que son una amenaza permanente para la confianza en la economía mexicana. 

La depreciación del peso frente al dólar y el nerviosismo en el mercado financiero son sólo algunos síntomas del golpe a la confianza. La posverdad impulsada por lo que pudiera hacer el gobierno de Trump en cuanto a relaciones comerciales, empleo para migrantes y radicación de empresas -entre otros temas- genera mucha incertidumbre en los sectores económicos y podría retrasar proyectos, inversiones y hasta el consumo. Y esto se da justo cuando se están recortando las expectativas de crecimiento para el siguiente año y cuando se requiere de un incremento en la inversión productiva para generar más empleos. Toda una turbulencia en medio de la incertidumbre y la posverdad.

La verdadera capacidad de la economía mexicana para hacerle frente a las eventualidades de la era Trump está en entredicho: ¿qué tanta fortaleza tiene para crecer pese a las adversidades externas? Más que nunca, se requiere potenciar los motores económicos internos para ganar la confianza y mantener la proyección en medio del discurso de la posverdad que ya está generando especulación, miedo e incertidumbre, y que puede ahuyentar inversiones, frenar emprendimientos y limitar el consumo. Ante una inminente guerra a la confianza, no basta con salir a desmentir todos los días, sino que la propia fortaleza será la mejor defensa.

Hay que actuar rápido para mejorar la competitividad, romper la dependencia de un sólo mercado y potenciar la capacidad de la gente para emprender y producir. Es tiempo de invertir en forma estratégica en la infraestructura y el conocimiento, en obras que generen empleos y en la innovación. Con sólo especular que nada pasará no le ganaremos a la posverdad. Hay que construir confianza. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Reinsertarse en el mercado laboral

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Como en las peores pesadillas del bolsillo, la victoria de Donald Trump desató una serie de miedos, especulaciones y angustia sobre lo que puede ocurrir en el ámbito económico. Al temor de que reniegue de acuerdos y cumpla con muchas de sus amenazas, sobre todo las que afectan a los migrantes, sus empleos, ingresos y remesas, se sumaron las dudas sobre la real capacidad de reacción que se tiene para enfrentar las contingencias. Y en este sentido, una de las interrogantes es qué se podría hacer para recibir a los paisanos si llegaran a ser repatriados.  

La cuestión apunta a saber si la economía tiene las condiciones para enfrentar un regreso masivo de los que tuvieron que irse a trabajar del otro lado. Precisamente, hace algunos días los representantes del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y la Secretaría de Gobernación anunciaron que apoyarán a los repatriados por el gobierno estadounidense, para que puedan reinsertarse en el mercado laboral. El objetivo es que los repatriados se vinculen al sector empresarial y puedan obtener empleo en sus lugares de origen. 

La propuesta, desde luego, resulta interesante pero suena a contingencia. Si consideramos que uno de los principales problemas de la economía mexicana es la generación de empleos -ya que han sido insuficientes para atender la demanda en los últimos años-, así como que los salarios son los más bajos de Latinoamérica, entonces tenemos un escenario poco propicio para una repatriación laboral exitosa. Y más aún: el pronóstico de crecimiento ya era bastante moderado antes de la victoria de Trump, por lo que ahora se teme un recorte en las expectativas, lo cual implica directamente menos empleos, justo en el momento en el que se incrementaría la demanda si se dan las repatriaciones. 

Desde hace años el mercado laboral formal no ha generado los suficientes empleos para atender la demanda de los 1.2 millones de jóvenes al año que buscan una oportunidad. Y como prueba de ello, la informalidad representa el 60 por ciento de la economía y se ha convertido en el refugio de millones de personas que aceptan trabajar sin seguro, sin prestaciones y sin certezas de futuro. Estamos en un escenario complicado, con oportunidades insuficientes y mal pagadas, en un contexto de pobreza y mucha necesidad. 

No tengo dudas de que se puede apoyar la reinserción laboral. Pero detrás de la contingencia hay problemas de fondo que requieren soluciones urgentes: generar más empleos y mejorar la calidad de las contrataciones y los ingresos. Y para lograr esto, necesitamos hacer crecer la economía y darle a los ciudadanos la oportunidad de emprender, innovar y acceder a puestos bien remunerados. No se trata de considerar a las personas como mano de obra por explotar, sino como una gran oportunidad de reinventar la economía desde dentro, con sus ideas, propuestas e innovaciones. 

Antes que planes de contingencia, tenemos que reinventar el mercado laboral. Y eso sólo será posible si primero invertimos en la capacidad de la gente. 

(*) Periodista y profesor universitario

Doctor en Ciencias Sociales

Publicada en El Sol de Puebla, en la sección de Finanzas. 

martes, 8 de noviembre de 2016

Frente a las eventualidades


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La economía mexicana se encuentra preparada para hacerle frente a cualquier eventualidad internacional. Esto lo dijo el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, basado en la solidez macroeconómica, en las finanzas sanas, en la confianza y en las reformas estructurales, así como en el crecimiento pese a las adversidades. El posicionamiento se da en un momento de incertidumbre por los resultados en las elecciones de Estados Unidos y sus posibles efectos. 

No cabe duda de que México tiene la capacidad de aguantar. Lo ha hecho siempre. Así como resistió la caída de la economía en 1994 y la crisis de 2009, no sería raro que pueda enfrentar cualquier nuevo golpe. El problema no radica en el poder de resistir frente a los factores externos, sino que a nivel interno ya se ha aguantado demasiado sin que lleguen mejorías para un enorme sector de la población. Luego de cada crisis, siempre hay una recuperación, aunque en el caso mexicano ello equivale a decir que se vuelve a la misma situación de precariedad que se tenía antes. Por eso se suceden las eventualidades y los efectos adversos, pero se mantienen los niveles de pobreza, los bajos salarios y la desigualdad. 

Claro que habrá efectos económicos luego de las elecciones, independientemente del ganador. Y es claro que en un mundo globalizado, con economías interrelacionadas y dependientes, seguirán las amenazas, los golpes directos y los efectos colaterales. La cuestión es que ya no basta con políticas macroeconómicas que logren estabilidad frente a eventualidades externas, pues son las internas las que más daño hacen: 60 millones de personas en situación de pobreza, 11 millones en pobreza extrema, 32 millones de mexicanos con rezago educativo, 7 millones de ninis -jóvenes que ni estudian ni trabajan- y una marcada insuficiencia para atender la necesidad de los niños y jóvenes. 

Preparados ante lo eventual pero desprotegidos frente a lo estructural, la educación sigue con una deuda de calidad, la salud sufre porque no llega a todos, la inversión social no alcanza y la ciencia y la tecnología siguen relegadas a planos secundarios o terciarios. Lo macroeconómico y sus bonanzas no han descendido a la pequeña economía, a los millones de pobres que necesitan un buen empleo, un crédito o tan siquiera una oportunidad para mejorar. Como si se tratara de construir muros y parapetos que nos protejan de ataques externos, al mismo tiempo de descuidar nuestros males intestinos, nuestras carencias propias y nuestras debilidades.

En el contexto actual, el gran desafío es que la fortaleza frente a las eventualidades provenga de la capacidad de la gente y no solo de grandes indicadores divorciados de la población. Si tuviéramos menos pobres, menos jóvenes sin educación y menos corrupción, seguramente tendríamos una economía más sólida. Las eventualidades externas siempre existirán y no podemos controlarlas; lo que podemos es fortalecernos desde dentro. Y eso se logra invirtiendo en la gente. 

(*) Periodista y profesor universitario 

Doctor en Ciencias Sociales

Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla, México.

lunes, 7 de noviembre de 2016

La historia interminable

Como en el título de la novela de Michael Ende, la recuperación de la economía mexicana parece interminable. Y no me refiero a la situación dada a partir de la gran crisis de 2009, sino a un periodo mucho más amplio que puede cubrir décadas de espera: en cuanto a crecimiento, empleo, buenos salarios, y oportunidades en general que contribuyan a minimizar la pobreza que divide al país. Más en los discursos que en los indicadores, la recuperación siempre está presente como la gran esperanza, como el golpe de timón que hace falta. Pero cada vez se parece más a una situación fantástica en la que siempre está llegando, sin que llegue para todos y sin que termine de llegar. 

En las últimas tres décadas el crecimiento ha sido muy modesto -del 2 por ciento anual en promedio-, en tanto en los dos años recientes se tuvo una tendencia a la baja en el largo plazo, de acuerdo a los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Todo apunta a que la recuperación se extenderá en el tiempo, con lo que seguimos postergando la atención a las urgentes necesidades sociales. Con repuntes raquíticos, con riquezas que no llegan a todos, con un estancamiento en los salarios de la clase media y con una pérdida del poder adquisitivo, no se vislumbra un giro copernicano hacia una economía que crezca en niveles importantes. 

Ante la incertidumbre de lo que pasará con la economía estadounidense luego de las elecciones y en vistas de la gran dependencia que se tiene del vecino, la gran pregunta es qué medidas y estrategias se implementarán para los siguientes años, ya que la estabilidad y el control de los grandes indicadores no es suficiente. ¿Vamos hacia una economía del conocimiento o nos parapetamos en las manufacturas? ¿Buscamos la diversificación de los mercados o seguimos confiando en las exportaciones a Estados Unidos?¿Nos arriesgamos con alguna estrategia innovadora o esperamos que todo esté bien?

La lentitud de los resultados de las reformas es un sólo un síntoma más de un malestar endémico: los cambios no terminan por traducirse en beneficios para la gente, ni en lo económico ni en lo educativo. Pero lo más preocupante es que no es raro que sea así, pues con una economía poco competitiva, poco productiva y con una fuerza laboral descuidada en su educación y castigada en el mercado laboral, es de esperar que la fragilidad, la lentitud y la precariedad limiten cualquier tipo de maniobra en un mundo acelerado. 


En medio de una crisis tras otra, parece que seguimos viendo el riesgo y no la oportunidad. Con el viejo esquema de la mano de obra barata y los modelos industriales no llegaremos lejos en una economía que depende cada vez más del conocimiento aplicado. Es tiempo de un giro trascendente, de un salto hacia nuevos horizontes económicos. Si de todos modos la recuperación no termina de llegar y los problemas siguen intactos, ¿por qué no acelerar el paso hacia la innovación, el emprendimiento, la ciencia y la tecnología? Lo cierto es que hay que cambiar o nos irá igual o peor. 

lunes, 8 de agosto de 2016

¿Satisfechos y felices?

Por Héctor Farina Ojeda 

Un curioso estudio dio cuenta de que México es el segundo país con los trabajadores más satisfechos del mundo. De acuerdo con el Barómetro Edenred-Ipsos, que mide la satisfacción de los trabajadores, el 81 por ciento, es decir 8 de cada 10 mexicanos, tiene una actitud positiva con respecto a su trabajo, en tanto los más satisfechos son los indios, con 88 por ciento, y los más inconformes son los japoneses, con 44 por ciento. Todo esto, a partir de una encuesta en la que se evaluó el bienestar de los trabajadores, considerando factores relacionados con el empleo. No es la primera vez que aparecen resultados similares, aunque también hay que considerar otros informes que dan cuenta de lo contrario: una enorme insatisfacción con la situación laboral. 

Pero, en un escenario de contradicciones, no debe sorprender que la noticia de que México es el segundo país más feliz del mundo haya aparecido en sentido contrario a informaciones mediáticas que dan cuenta de los problemas sociales, económicos y de toda índole. Y tampoco debería sorprendernos que la felicidad y la satisfacción laboral se den al mismo tiempo que cae la confianza en la economía. Es decir, no creen que la situación económica en el siguiente año mejore pero hay satisfacción con el empleo y, sobre todo, hay felicidad. Como si se tuvieran las condiciones ideales para estar conformes, como si la economía y la calidad de vida fueran las que necesitamos. 

Obviamente, la situación dista mucho de un mundo feliz. Más allá de las contradicciones que presentan los resultados -combinados como una provocación-, nos encontramos frente a problemas recurrentes que no se han podido resolver en beneficio de la gente. Tanto el crecimiento mediocre del PIB como la insuficiente generación de empleos, los salarios bajos, la desigualdad, la exclusión y la endémica pobreza no son motivos para la felicidad ni la satisfacción. Ni mucho menos para caer en una de las peores formas de claudicación: el conformismo. 

No puede haber conformismo cuando se tienen los salarios más bajos de América Latina, con una informalidad del 60 por ciento y con una generación de empleo que sólo alcanza para atender la mitad de la demanda anual. Lograr un trabajador satisfecho no puede ser el resultado del país en el que más horas trabajan, producen menos, ganan menos y encima son los que padecen más estrés. Definitivamente algo estamos haciendo mal o algo estamos dejando de hacer para que no podamos combatir con éxito las precariedades del mercado laboral. 

Un riesgo grande es confundir una felicidad aparente o una satisfacción aparente con el conformismo, con la resignación ante una crisis permanente, como una forma de encontrar “alegría” en lo poco que se logra, en el entendido de que no se puede cambiar mucho y que siempre será mejor lo “menos peor”. 

En tiempos en los que necesitamos emprender, innovar y reinventar la economía, conformarnos con lo que hay, e incluso jactarnos de la felicidad, puede ser una tragedia. Es tiempo de cambios, no de conformismo. 

   




martes, 12 de julio de 2016

Precios, control y pobres

Una de las noticias que recorrieron distintos medios informativos en esta semana fue la de la inflación. Se destaca que en el mes de junio llegó a 2.54 por ciento anual, con lo que desde hace poco más de un año se ha logrado la meta de tener “controlada” la inflación, es decir, la suba generalizada de los precios de los productos de la canasta básica. A pesar de que los recientes aumentos en la gasolina y en la energía eléctrica encienden señales de alerta, hasta ahora los datos señalan que los precios en general no han rebasado los límites establecidos en la política económica del gobierno. 

Sin embargo, que las cifras oficiales de la inflación sean moderadas no quiere decir que no se perciba un encarecimiento del costo de vida, sobre todo porque el poder adquisitivo de las personas no ha mejorado. Mientras más de 60 millones de personas viven en condición de pobreza, en medio de un mercado laboral precario y con salarios bajos, una inflación controlada es una buena noticia relativa, porque en realidad no hay mejores condiciones para atender las necesidades básicas. Y es una buena noticia sólo porque hay conciencia de que podría ser peor. 

Dicen que la inflación es el impuesto a los pobres, porque estos no tienen cómo defenderse de una suba de precios, por mínima que sea. Para quien no tiene recursos, el incremento de un peso en la tortilla, la leche o el aguacate golpea directamente en su calidad de vida. Si ya vivir en la precariedad es un castigo enorme, cualquier suba es un golpe que se suma a la tunda diaria. Y esto lo podemos pensar a la luz de millones de hogares que todos los días padecen por falta de recursos, de alimentos y de lo más elemental que podamos imaginar. 

México tiene problemas de pobreza, de empleos y de salarios. Y si pensamos en familias pobres que no pueden conseguir trabajo o consiguen ocupaciones mal pagadas, tenemos que el poder adquisitivo difícilmente puede mejorar, por lo que todos los ingresos tienen como objetivo principal la sobrevivencia. Con una situación como esta es complicado pensar en invertir en la educación de los hijos, en emprender un proyecto o en ahorrar con miras a la vejez. Estamos ante una sociedad de ingresos limitados y de una pérdida constante del poder adquisitivo, por lo que una inflación moderada no alcanza si no se toman medidas que devuelvan a la gente su capacidad de conseguir lo que necesita. 

Si no se hace algo para acompañar esta coyuntura de precios no desatados, no cambiará en nada la situación de millones de personas que de todas maneras no pueden adquirir lo mínimo. Lo que se requiere es recuperar el poder adquisitivo, lo cual sólo será posible si mejoramos la calidad de los ingresos y la formación de los jóvenes para poder emprender y romper con los paradigmas del mercado. Deberíamos apostar, desde lo público y lo privado, por una inversión estratégica en quienes más lo necesitan: en su educación, su salud y sus posibilidades de construir algo diferente a la pobreza.

Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla y en Reeditor.com 

Explotados, con estrés y malos salarios

Como en una metáfora de un mundo al revés, en un país que necesita generar empleos y construir oportunidades para mejorar la calidad de vida se combinan factores que pintan un cuadro casi inverosímil: los mexicanos son los que más horas trabajan al año, los más estresados y los que tienen los salarios más bajos. Eso sin entrar en detalles sobre la precariedad laboral, la falta de prestaciones y seguro social o los elevados niveles de pobreza que parecen un castigo sumado a una maldición. En un país de talento y creatividad abundantes, con una generación de jóvenes que merecen grandes oportunidades, tenemos un mercado que ofrece empleo insuficiente y de baja calidad. 

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que México es el país en el que se trabaja más horas al año: dos mil 246 horas por trabajador. El estudio abarcó a 38 países, entre los cuales sobresalen los trabajadores mexicanos por laborar más horas, frente a los trabajadores de países como Alemania, en donde las horas laborales son mil 371 al año. Pero el resultado de trabajar más no implica mayor productividad ni mucho menos un reconocimiento merecido, sino que el estrés -con todos los males que conlleva- y los malos salarios son el corolario del esfuerzo. 

Ciertamente, tenemos un claro problema de productividad. Y esto no deviene únicamente de las precariedades y condiciones leoninas del mercado laboral sino de una formación de escasa calidad que nos lleva a no tener los conocimientos, competencias y habilidades suficientes para producir más y mejor sin tanto desgaste. Estamos cosechando nuestra propia siembra, con la idea equivocada de que la ganancia proviene de la explotación de la mano de obra y no de la educación, las ideas y la formación de las personas. Absurdo como esperar grandes frutos de un árbol al que no se cuidó y se lo dejó a merced de su suerte. 

Detrás de la baja productividad y de muchos de los males de la precariedad, deberíamos ver las carencias educativas, la exclusión que sufren millones de niños y jóvenes, y la mala calidad con la que se enseña. Es imposible pensar en generaciones que puedan enfrentar el salvajismo del mercado laboral si no les damos la formación que necesitan. Cuando un joven no estudia, no recibe educación de calidad y no se lo prepara para un mercado inestable, cambiante y exigente, difícilmente podemos evitar que termine siendo explotado en un empleo precario, con ingresos bajos y con escasa posibilidad de cambiar de escenario. 


No debería ser así. No se debe esperar que los jóvenes lleguen al mercado para ser explotados ni para exigirles cosas para las cuales no fueron formados. Lo que necesitamos es reinventar la economía, aprender a innovar y a emprender por encima de las malas condiciones que el mercado nos ofrece ahora. No es casualidad que los países que más invierten en la formación de su gente gocen de mejor calidad de vida. Apostemos por la formación, contra la explotación, el estrés y la miseria.