domingo, 21 de octubre de 2007

Dramaturgia y personajes

Por Héctor Farina (*)

El Retrato de Dorian Gray, la novela fantástica del escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), presenta una anécdota que deja una enseñanza clara que todavía no se ha terminado de aprender en la sociedad paraguaya. Se trata de un episodio en el que Dorian Gray, el protagonista de la historia, se enamora perdidamente de una actriz, Sibila Vane, que trabaja en un teatro de mala muerte, pero representando a grandes personajes de las obras trágicas. Un día ella es Desdémona y al día siguiente es Julieta, interpretando a emblemáticas mujeres de las tragedias de Shakespeare.

Pues completamente enamorado de ella, Dorian le propone matrimonio y ella acepta encantada. Pero Sibila no puede casarse con él en ese momento debido a que tiene un contrato con la compañía de teatro que no puede romper. Entonces, sin decirle nada a Dorian, decide boicotear las funciones haciendo que sus interpretaciones de los personajes no sean las esperadas: se comportaría como ella misma y no como los personajes, para que el dueño del teatro le cancele el contrato y ella quede libre para casarse con su amado.

En el día de la función, Dorian había invitado a sus mejores amigos para que conozcan a la genial mujer de la que se había enamorado y con la que se casaría en poco tiempo. Pero cuando ella salió a escena, no tenía nada de genial, sino que era una actriz aburrida, anodina, sin gracia y sin talento. Era una mujer que se comportaba en forma vulgar y no aspiraba a nada, más que a mostrarse como ella misma y no como los personajes que interpretaba.

Horrorizado, Dorian no podía creer lo que estaba viendo. Al terminar la función fue a hablar con ella en los vestidores, le recriminó su actuación y le dijo que la odiaba y que jamás se casaría con alguien así. Ella no pudo soportar tanto desprecio y se suicidó. La moraleja (adaptando este término de la fábula) es clara: nunca te enamores de un personaje, no te encantes con lo irreal.

Esta enseñanza deberían aprenderla los paraguayos, que viven encantados con los personajes representados que surgen todos los días. Deberían saber que los políticos son personajes dramatizados que siguen fingiendo ser los salvadores de la patria, cuando la realidad indica que la están hundiendo, saqueando a su antojo y destruyendo a toda una sociedad. Porque si ya se sabe que los gobernantes mienten y falsean su verdadero rostro para seguir robando, ¿por qué se los sigue apoyando en mítines, en manifestaciones y sobre todo en las votaciones?

Todos formamos parte de lo que el sociólogo Erving Goffman denomina “la dramaturgia social”, pero esta figura en el Paraguay ha llegado a los límites del cinismo y la grosería, al punto de no necesitar fingir ni representar nada. Se ha pasado el límite de la representación y la vergüenza, donde ya no hace falta ni siquiera fingirse bueno para tener el apoyo de seguidores cegados por la ignorancia y la corrupción.

El hecho de dramatizar y de convertirse o fingirse un personaje en el mundo social, no es ciertamente algo novedoso pero sigue teniendo efectos que se perciben en las sociedades como la paraguaya. Es hora de comprender que no debemos confiar en personajes que en realidad no son lo que aparentan. Ya basta de confiar en supuestos salvadores de la patria, personajes funestos, que no hacen otra cosa que robar y condenar a todo un país a seguir viviendo en la ignorancia, la pobreza y la angustia.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

1 comentario:

VR dijo...

Excelente comentario y perfectamente ajustable también a la realidad mexicana, en la que hay gente aún casada con los inocentes personajes interpretados por Vicente Fox, Martha Sahagún, Roberto Madrazo, Luis Carlos Ugalde, Emilio González y un largo etcétera.