sábado, 11 de mayo de 2013

Auge económico y construcción del país


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las perspectivas de crecimiento económico del Paraguay para los siguientes años nos colocan en un momento estratégico en el que debe definirse qué país se debe construir para aprovechar la bonanza. No sólo hablamos del 13% de repunte previsto para 2013, sino que posiblemente nos encontremos ante la década más favorable en mucho tiempo. Con todo por construir, con el auge de los ingresos que se deben a la agricultura y la ganadería, con una población joven que nos favorece con el bono demográfico y que podría convertirse en la generación de la innovación y la renovación de las formas de orientar a la sociedad, además de tener el mayor per cápita de energía eléctrica a nivel mundial, las condiciones son demasiado buenas como para desaprovecharlas.

Los datos del Banco Central del Paraguay (BCP) indican que el sector primario tendrá un repunte del 33,5% -fundamentalmente por la buena producción y los altos precios en agricultura y ganadería-; el sector secundario tendrá un incremento de 5,6%; en tanto el sector terciario crecerá 9%. En otras palabras, habrá un buen flujo de ingresos que no sólo oxigenará al campo sino que permitirá contar con recursos frescos para invertir, emprender y proyectar. El desafío de los ingresos a corto plazo es un compromiso para mejorar la producción, la competitividad y el alcance de los sectores económicos para los siguientes años. Y para eso se necesita planificación, estrategia y mucha capacidad de gestión.

Con la coyuntura favorable se debería impulsar con fuerza el sector de la construcción, pues el país necesita con urgencia pavimentar todas sus rutas para facilitar las comunicaciones y hacer que se minimice el costo de la mediterraneidad, al tiempo que se mejora la competitividad y se generan miles de empleos que inyecten ingresos a las familias. Carreteras, puentes, escuelas, hospitales…todo está por construir, en medio del auge económico y el crecimiento de la población que demanda mejores condiciones de vida.

El transporte público debería ser uno de los grandes objetivos para los próximos años. Con la inversión en un sistema de trenes eléctricos se podría no sólo aprovechar los recursos energéticos que nos sobran, sino bajar los costos del transporte y brindar un servicio de calidad. La ubicación privilegiada de Paraguay, en el corazón del tránsito del Atlántico al Pacífico –por donde pasa la producción con destino a Asia-, permitiría recuperar la inversión en poco tiempo, así como generar una distribución de la riqueza hacia muchos sectores que hoy aparecen como olvidados. La consolidación de un sistema de transporte eficiente y de infraestructura vial de primer mundo debe ser una de las exigencias máximas para las siguientes administraciones.

Sin embargo, quizá la necesidad más imperiosa para Paraguay en el contexto de la bonanza económica sea invertir en la formación de la siguiente generación. Sin una capacitación fuerte en materia de recursos humanos, en poco tiempo se perderán los ingresos y nos encontraremos ante un bono demográfico desaprovechado y costoso. Por ello es necesario destinar una parte importante de los ingresos que se tendrán en los siguientes años para formar a los nuevos cuadros de profesionales que se pondrán al frente de la economía, la política, la salud, la educación y las iniciativas en general. Países como Noruega, Finlandia y Singapur demuestran que una buena utilización de recursos en cuanto a educación, ciencia y tecnología es sinónimo de desarrollo, crecimiento y calidad de vida. Por eso debemos asegurar que los ingresos vayan hacia donde se necesita: la educación de la gente.

Lograr un crecimiento superior al 10% anual es una gran noticia. Ahora lo que se requiere es que eso se traduzca en visión y estrategia, en inversiones correctas y en consolidar una economía que pueda mejorar año a año, en forma sostenida, para beneficio de la gente. Ese es el desafío.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

sábado, 4 de mayo de 2013

Ciudad del Este, contradicciones y potenciales


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Escribo a partir de impresiones. Con apreciaciones personales y una visión particular de los hechos, encontré a Ciudad del Este como un gran detonador de interrogantes que escapan a mi lógica. Esta ciudad que fue en algún momento la tercera a nivel mundial en movimiento comercial, no ha podido sin embargo superar algunos rasgos de un contexto cultural folclórico: sin orden en las calles ni en el tránsito, sin siquiera semáforos en las esquinas que minimicen el creciente caos vehicular, el contraste entre la pujanza comercial y la desidia urbanística sorprende a los ojos de cualquier visitante.

Basura en las calles, afiches de todos los colores y partidos que ofrecen, además de contaminación visual de mal gusto, las promesas de cambio que ya nadie cree. Esto se ve al tiempo que se escuchan versiones de "cuotas" que los operadores políticos exigen a los comerciantes para financiar campañas de los mismos que los recuerdan sólo a la hora de pedir recursos.

En las calles se nota claramente que han pasado administradores de dinero pero no visionarios de una ciudad que tiene todo el potencial para convertirse en una metrópoli del primer mundo. Como sí solo importara ubicarse en donde está el flujo de dinero y no construir una ciudad ni aprovechar más las enormes ventajas competitivas que se tiene en materia comercial.

Parece una ironía que un ex intendente haya querido ser presidente de la República y que ni siquiera haya puesto semáforos o iluminado parques pese a tener al lado la represa hidroeléctrica más grande del mundo. Ciudad del Este vive sus contrastes todos los días: mientras el flujo comercial es millonario, no hay dinero para un semáforo o tan siquiera para ordenar el sistema de estacionamiento. Los policías deben hacer funciones de improvisados semáforos humanos para dirigir el tránsito en las principales avenidas, mientras que en el microcentro hay parquímetros humanos, gente que reparte boletos y cobra a los que estacionan sin preocuparse de nada más que el cobro. Así se ven las precariedades en una ciudad rica.

A pocos kilómetros, en uno de los lugares más hermosos del Paraguay, el Salto del Monday, de nuevo salta el contraste: no hay turistas ni infraestructura turística para aprovechar un recurso natural que debería ser fuente de ingresos para la zona. Al contrario, a pocos metros del ingreso al parque no hay calles pavimentadas ni siquiera alumbrado público, en tanto se ven algunas carpas en terrenos baldíos. En un lugar natural maravilloso no hay condiciones para recibir turistas: ni comedores ni hoteles ni información para llegar. Como si el dinero del turismo no fuera de importancia para la zona, como si no sirviera para beneficiar a familias, trabajadores, comerciantes, taxistas...Lo cierto es que más allá de los culpables o responsables, hay una riqueza no explotada y por ende ingresos y beneficios que se pierden.

Los gobiernos deberían prestarle más atención a la triple frontera para hacer que la riqueza se traduzca en ciudades más ordenadas, desarrolladas y en un nivel más elevado de calidad de vida. No es suficiente con tener ingresos, sobre todo en un contexto en el que el país vecino hace lo posible por boicotear el comercio, sino que se debe planificar y potenciar el desarrollo con miras al mediano y largo plazo. Paraguay debe sacarle más provecho a sus ventajas comparativas y lograr que el comercio y el turismo sean más que un recurso temporal, una plataforma de crecimiento constante.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Ciudad del Este, Paraguay.

Entrevista en el periódico mexicano El Informador: “Conservadores con aires de rebeldía”



Cuando Héctor Claudio Farina, periodista y profesor universitario de origen paraguayo llegó a México, gran parte de su imaginario mexicano se desmitificó. En Asunción —en donde trabajaba como reportero de la sección de Economía del diario La Nación—, escuchaba la voz de los mexicanos e imaginaba un tono golpeado, autoritario, machista, proveniente del típico personaje que tiene un sombrero grande y un bigote espeso; pero en realidad no era así.

De Guadalajara le llamó la atención el Centro Histórico. Pensó que se estaba mudando de casa, pues en Paraguay caminaba todos los días por el primer cuadro de Asunción, ciudad tranquila y nostálgica, por cuyas calles viaja el sonido de las arpas y las guitarras y pueden observarse construcciones con más de 300 años de antigüedad a un costado de un edificio ultramoderno: Guadalajara se parecía a Asunción en esa dicotomía.

Maestro y doctorante en Ciencias Sociales, Farina considera que por momentos la ciudad se muestra colonial pero sin dejar de lado su lado moderno, un jaloneo que no termina de definirse.

“Los tapatíos tienen como esa costumbre de conservar sus museos y decir ‘estos somos nosotros’, pero también ‘queremos decir que somos modernos’, entonces no importa que haya un museo de hace 300 años y que al lado pongan un estacionamiento o edificios ultramodernos”.

Durante sus primeros años en la ciudad se avecindó en las cercanías del Estadio Jalisco, en donde vivió experiencias culturales extraordinarias parecidas a las que tuvo en su país cuando asistía al Estadio Manuel Ferreira, que alberga los partidos del Olimpia, equipo del cual Farina es aficionado. Una de las experiencias que lo marcó en Guadalajara fue la culinaria. Los sábados, día en que se disputan los partidos del Atlas, Farina veía sorprendido a una señora preparando carnitas; un señor mojando en salsa una torta ahogada o sirviendo un plato de birria o menudo.

“Bibliófago”, Farina dice que los tapatíos son conservadores con visos de rebeldía pero no de revolución, “gente que tiene un pensamiento medio conservador y que por momentos se rebela, pero como decía Octavio Paz, la diferencia entre un rebelde y un revolucionario es que el rebelde es el que se separa de algo, se niega a acatar una orden, se manifiesta en contra y se separa; el revolucionario, además de eso, implanta una idea y logra cambiar un orden establecido de cosas, logra transgredir un sistema, una forma de pensar, una forma de actuar”.

Fuente: El Informador. Escrito por Gonzalo Jáuregui. Ver original aquí

miércoles, 1 de mayo de 2013

El orden, lo atractivo y el turismo



Por Héctor Farina Ojeda (*)

El largo viaje desde México a Paraguay siempre trae consigo una serie de cambios que uno espera encontrar. Pero a la ya conocida falta de orden, sumarle el hecho de la desidia manifiesta en cualquier calle de Asunción se vuelve una señal inequívoca del desinterés hacia la gente: ciudad sucia, con espacios huérfanos de autoridad y decencia y con ecos de un atraso que aparece más adelantado que las buenas intenciones vociferadas en alguna campaña política con promesas repetidas.

La informalidad de un país poco organizado se percibe desde que uno llega y no hay controles serios de Aduanas en el aeropuerto, por lo que prácticamente se puede introducir cualquier cosa. O al salir a las calles, en donde hay tan poca señalización que, para un turista, llegar a su destino se convierte en una cuestión con grandes porciones de incertidumbre y azar. Faltan los carteles y las señales que guíen hacia los principales puntos atractivos de la zona metropolitana, pero sobran los afiches, gigantografías y grafitis de las campañas políticas, que poluyen visualmente y que no aportan más que una sensación de dejavú sobre etapas en las que se promete de todo para que nada cambie. Gatopardismo en las calles, eterno retorno en las esferas de poder.

La recepción que brinda la denominada "madre de ciudades" no es la mejor que daría una madre: con montes, montañas y cerros de bolsas de basura en las esquinas, con un transporte público que rocía de humo negro a los que caminan en las veredas que -para no ser menos que las calles- también presentan sus desniveles, baches y chicanas, y con una sensación de poca preocupación por parte de todos. Así encontré Asunción en general, aunque hubo espacios en los que el contraste entre bondades y desidias me causó la impresión de ir a dos ciudades opuestas en un mismo espacio.

Mientras la gran cantidad de ofertas hace que mucha gente prefiera ir a la zona de los shoppings, en contrapartida se ven calles semidesiertas, locales abandonados, pocos vendedores y algunos letreros de "se alquila" en el centro histórico. La calle Colón es un ejemplo de esto, en la zona del puerto, pues la que otrora fue una zona casi obligada para las buenas compras ahora luce como un espacio en el que se revuelven los papeles voladores, los escombros en alguna esquina y una que otra tienda esperanzada en el retorno de los buenos tiempos.

Como parte de esa curiosidad que nos hace tan peculiares a los paraguayos, el transporte público es una muestra de que no hay imposibles. Aquel servicio caótico, con unidades desvencijadas de manejo imprudente que garantizaban viajes en condiciones deplorables, ha empeorado. Como para un programa de Ripley, veo que hay camiones más viejos, más chicos, que siguen sin respetar las señales de tránsito, que suben y bajan pasajeros en cualquier parte y que ni siquiera sienten el compromiso de cerrar las puertas para evitar que alguien se mate de la caída. Ver el sistema obsoleto equivale a recibir señales inequívocas de un país enamorado del atraso y peleado con el futuro.

La capital de Paraguay tiene muchos atractivos, al igual que todo el país, pero hay poca planificación y pareciera que no hay mucho interés en pensar en el turismo. Venir desde México, un país que tiene en el turismo a una de sus principales fuentes de ingreso y que factura cerca de 20 mil millones de dólares al año gracias a los turistas,y encontrarse con Asunción poco presentable, es como graficar la poca importancia que se le concede a los ingresos turísticos que podrían ayudar en mucho a solucionar los problemas sociales.

Paraguay es un paraíso de precios bajos, de tiendas nacionales en lugar de las cadenas estadounidenses que copan todo en otros países. Hay mucho por explotar en materia de turismo, pero nos falta orden, planificación, seriedad y compromiso. ¿Cuesta tanto tener un país atractivo para el turismo? No, pero parece que sí.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Asunción, Paraguay

Publicado en el Suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

sábado, 27 de abril de 2013

El anclaje presupuestario

Por Héctor Farina Ojeda (*)

El cíclico retorno de las promesas electorales enfundadas en nuevos rostros, con discursos sobre temas comunes y demasiado conocidos por quienes sienten en la piel las carencias de un país, ya no representa novedad. Aunque en el fondo, ilusos de la coherencia o soñadores de realidades factibles pero no fácticas, todavía quedan los que buscan ver planes económicos, estrategias para el desarrollo, iniciativas efectivas para la construcción de una mejor sociedad o para al menos levantar a la alicaída calidad de vida. Pero resulta difícil imaginarlo en un país con un presupuesto que es propiedad de los gastos rígidos, de la prebenda y la corrupción, sin dejar más que la esperanza para las palabras románticas que se dedican a la educación, la salud, la reducción de la pobreza o la inversión en infraestructura.

Mientras Paraguay marcha hacia atrás en el ranking del desarrollo humano (del puesto 109 pasó al 111) y se posiciona como el más rezagado en la región, al tiempo que la competitividad sigue en los niveles más bajos (puesto 116 de 144 naciones, según el Índice Global de Competitividad 2012-2013) y, por si fuera poco, apenas tiene el 6% de la red vial pavimentada, la ironía del presupuesto nos dice que no queda para invertir en lo que más se necesita. Es decir, lo que el Estado tiene para invertir se destina en su casi totalidad a los gastos rígidos, según los datos del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep) y el Centro Superior de Estudios de Administración y Finanzas Públicas (Cemap). Esta situación de ingresos comprometidos deja poco margen de maniobra para cualquier inversión de las que más urgen: educación, infraestructura, salud, y ciencia y tecnología.

La coyuntura favorable para la economía prevista para este año, en el cual se estima un crecimiento superior al 10%, podría llevarnos a pensar en un incremento de las recaudaciones que ayuden a oxigenar las finanzas y a conceder un poco de margen para el uso de los recursos. Pero sin planificación, sin una estrategia definida y, sobre todo, sin un destino como nación, el resultado también parece digno del prodigio de un mago viejo que ya no sorprende: aparecen más recursos, se suman los gastos rígidos, los improductivos y el porcentaje siempre inflado de la corrupción que le quita el aire a un país que busca oxígeno.

En este contexto, en donde tenemos recursos comprometidos con salarios, jubilaciones, deudas y otros, y en donde sabemos a ciencia cierta que como resultado de un proceso electoral brotan de la nada compromisos partidarios, deudas políticas y favores que pagar, resulta difícil pensar que aquellas promesas, tan alegremente enunciadas en plena campaña, ahora encuentren un sustento real y una fuente de financiamiento para volverse realidades.

Sin una clara propuesta de inversión en cuestiones estratégicas, que venga acompañada de un desanclaje del presupuesto, es decir que ya no sean recursos presos de la rigidez, difícilmente podamos esperar que Paraguay mejore sus niveles de calidad de vida, que reduzca la pobreza o que eleve la competitividad de la economía. El país necesita duplicar o incluso triplicar su inversión en materia educativa, así como multiplicar con velocidad los kilómetros de pavimentación de la red vial. Y nos urge dejar la nula inversión en ciencia y tecnología, para formar a generaciones que nos ayuden a innovar y dejar el atraso. Pero para todo esto se requiere de una planificación minuciosa que nos lleve a reorientar los recursos hacia los sectores que realmente impulsen la economía y mejoren las condiciones de vida de la gente.

Si se aprovecha el auge económico previsto para los siguientes años para reorientar los gastos rígidos e improductivos hacia las inversiones estratégicas, seguramente en poco tiempo comenzaremos a ver resultados. La pregunta es si realmente existe la intención de liberar el presupuesto para destinarlo a lo que productivo o si, simplemente, seguirá el viejo juego de recaudar para que nunca alcance para lo importante.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializa en economía y negocios, del diario La Nación, de Paraguay.

Lo estructural y lo electoral


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las discusiones y propuestas recurrentes en tiempos electorales siempre apuntan a los temas importantes para el mejoramiento de la sociedad, pero generalmente sólo los abordan desde el punto de vista discursivo mediante el cual se exacerba la ya devaluada palabra, con miras a cautivar sin comprometerse. De esta manera, abundan temas como la educación, el empleo, el combate a la pobreza, los sistemas de salud pública, la infraestructura, entre otros, en un contexto en donde las declaraciones tienen un fuerte tinte electoral y poco de estructural. La recurrencia en la vaciedad de las propuestas no es una novedad en sociedades que se han acostumbrado a lo efímero y no a lo generacional, lo que realmente constituye el fondo para la solución de los problemas.

Al pensar en el futuro económico de una nación no podemos dejar que los espejismos e ideas sin sustento se posicionen como elementos decisivos para el establecimiento de un gobierno. Son los proyectos estructurales y no los superficiales, de parche o fachada, los que deben concentrar la atención de un electorado urgido por una mejoría constante de sus condiciones de vida. Paraguay es un ejemplo claro de la preocupación de los gobernantes por la siguiente elección y no por la siguiente generación: los discursos sobre el trabajo, sobre alguna obra de infraestructura, alguna nueva escuela o la eterna reforma agraria siempre cubren los espacios mediáticos, pero la falta de planificación a mediano y largo plazo hace que todo quede en utopía.

Una de las grandes diferencias entre los estadistas y los improvisados en el poder es el pensamiento estratégico en cuanto al mediano y largo plazo: mientras los primeros invierten en cuestiones estructurales aunque saben que los resultados se verán dentro de varios años y no en sus administraciones, los segundos prefieren el efecto conmovedor rápido, mediante una obra o un parche económico, sin que importe que lo efímero es apenas un placebo que se pierde en el tiempo y no soluciona los verdaderos problemas.

La cuestión urgente en Paraguay pasa por cuestiones estructurales, como el incremento en la inversión en materia educativa, así como la construcción de un modelo económico que nos lleve a mejorar la competitividad y a aprovechar los recursos que tenemos en abundancia. Los discursos a favor de la educación no sirven si no vienen acompañados de una planificación detallada sobre la base de invertir por lo menos el 10% del Producto Interno Bruto (PIB) en este rubro. Sin un plan y sin destinar los recursos suficientes, todo es mera ilusión que nos llevará a tener alguna escuela más o algún proyecto rimbombante, para que al final todo quede igual.

Los discursos sobre empleo, disminución de pobreza y generación de riqueza no pueden ser creíbles si no se atacan los problemas de fondo de la economía paraguaya, como la falta de competitividad y la falta de educación que hace que existan grandes injusticias en cuanto a la distribución de los ingresos. Con una economía precaria, agropastoril, dependiente de factores externos y con una mano de obra poco calificada, es imposible que exista una mejoría en la calidad de vida. Por eso las dádivas o los beneficios circunstanciales nunca serán suficientes para atender las carencias de la gente. Mejorar la competitividad es urgente y ello implica invertir mucho en infraestructura, en telecomunicaciones, capacitación de los recursos humanos, y sobre todo en ciencia y tecnología.

Pero el problema de las medidas estructurales desde la óptica del poder es que los logros son a largo plazo y no generan los réditos políticos que tanto necesitan para posicionarse en la siguiente elección. Por eso Paraguay es un país atrasado en cuestiones tan sensibles como las carreteras o la conexión a Internet. Por eso se hacen reformas educativas para que nada cambie y por eso seguimos sosteniendo la producción del país en condiciones precarias, con mano de obra barata y poco calificada.

Deberíamos rechazar la ilusión de lo momentáneo para centrarnos en lo estructural, lo que realmente puede cambiar a la sociedad paraguaya. Que nos digan qué van a hacer, cómo lo van a hacer, en qué tiempos y con qué recursos. Y que podamos ver los beneficios en forma permanente y no sólo en forma ocasional.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializa en economía y negocios, del diario La Nación, de Paraguay.

sábado, 13 de abril de 2013

De ingresos y egresados


Por Héctor Farina Ojeda (*)
@hfarinaojeda

El repunte del ingreso per capita en México en el año 2012 nos presenta un buen ejemplo para reflexionar sobre los problemas del crecimiento económico y la distribución de los ingresos en el contexto de sociedades con grandes necesidades sociales por atender. Los datos indican que el año pasado el ingreso por habitante se incrementó 8,8% en México, lo que equivale a decir que cada mexicano tuvo ingresos por 10.784 dólares en un año, según el informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (Inegi). Al hablar de un mayor nivel de ganancias, podríamos pensar en una mejoría importante, aunque cuando ubicamos los datos en su justo contexto la realidad nos dice que apenas se trata de una recuperación luego de la crisis de 2009 y que el crecimiento que se ha tenido en los últimos años ha sido escaso, además de que la concentración de la riqueza es un filtro que afecta a los sectores más necesitados.

Al mirar el caso mexicano, tenemos a una de las economías más curiosas de América Latina: grande, con buenos indicadores macroeconómicos, con ingresos importantes en cuanto a exportación de petróleo, turismo, maquila y remesas, pero con un crecimiento que ha sido demasiado moderado (2,1% anual en el último sexenio) y que no ha podido despuntar pese a que se han tomado medidas que funcionan en otros países. Tenemos entonces una economía caracterizada por una fuerte dependencia del mercado de Estados Unidos, a donde destinan más del 80% de las exportaciones y de donde provienen mayormente los ingresos por turismo y remesas, y que además tiene a cerca de la mitad de su población en situación de pobreza.

¿Por qué un país que tiene una economía sólida crece poco y tiene una mala distribución de la riqueza? Comencemos por buscar la respuesta en donde los administradores del poder no miran: lejos de los indicadores que tanto cuidan. Por encima del volumen de las exportaciones, de los ingresos por el petróleo, de las reservas o de los movimientos comerciales de las grandes empresas, el verdadero factor diferencial se encuentra en la capacitación de la gente. Así, un país con problemas de competitividad, con baja calidad de la educación que deriva en poca capacidad de innovación, y con 33 millones de ciudadanos con rezago educativo, tiene cimientos endebles que terminan por generar un crecimiento pobre, por un lado, y grandes injusticias en la distribución de ingresos, por otro lado.

Pensemos en dos formas de lograr mejores resultados: un enfoque dice que primero hay que hacer crecer la economía, para luego destinar las ganancias a la inversión en la educación de la gente, lo que elevará los niveles de competitividad y, por ende, hará crecer la economía. Y como la economía crece, se puede seguir invirtiendo en educación, mejorando la competitividad y seguir con el ciclo del crecimiento. El otro enfoque dice que lo primero es invertir en la capacitación de la gente, pues esto por sí sólo representará incremento de la competitividad y hará crecer la economía. Independientemente de la fuente de los ingresos, hay que empezar por la educación de la gente, de forma tal a crecer, generar más oportunidades y, fundamentalmente, lograr una distribución más equitativa de la riqueza.

Si miramos los resultados de México y de otros países como Paraguay, Venezuela o Bolivia, seguramente entenderemos que el primer enfoque es casi una utopía: se han tenido años y décadas de fuerte crecimiento económico, pero estos ingresos no se destinaron a la educación de la gente, por lo que no se ha mejorado el fondo sobre el que se distribuyen los ingresos ni se han formado generaciones competitivas que puedan combatir con éxito los problemas sociales, como la pobreza y el atraso. Los presupuestos y los proyectos económicos deberían dejar de mirar indicadores y apuntar hacia la gente, haciendo un giro en el inicio de la rueda del crecimiento y la equidad. Así, para solucionar el problema de ingresos habría que apuntalar los egresos académicos, es decir lograr que más gente estudie y se forme profesionalmente en nuestras universidades.

Ya no debemos creer en los que se disfrazan con cifras que parchan momentos y que dejan huecos profundos en generaciones que no verán más que pobreza. Cuando alguien prometa crecimiento de la economía y ofrezca bonanza para todos, hay que enrostrarle que se trata de educación, que lo demás viene sólo. No es el ingreso de dinero, es el egreso de la universidad.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.