lunes, 18 de agosto de 2008

Acciones y resultados

Por Héctor Farina (*)

El nuevo amanecer para el Paraguay, signado por un histórico cambio de gobierno y la ruptura con 61 años de monopartidismo en el poder, dejó de ser una visión lejana y quimérica para convertirse en una realidad que recorrió el mundo. La esperanza de tener un país mejor y dejar atrás una historia doliente, de pobreza, corrupción y frustración, puede sentirse con fuerza en una ciudadanía que hoy festeja el fin de un ciclo y se apresta a iniciar otro. La duda que queda ahora es si al nuevo amanecer le corresponderá un nuevo Paraguay.

De la esperanza de un cambio de gobierno, ahora pasamos al momento de las obras, del trabajo y de la construcción del país que queremos. Y esto nos ubica frente a la necesidad de establecer los mecanismos mediante los cuales se consolidará el proceso de cambio que se inició con las elecciones que ungieron a Lugo como presidente de los paraguayos. Una primera precisión debería ser definir si se espera que el cambio venga de la mano del nuevo gobierno o si los ciudadanos acompañarán la tarea con acciones en busca de la mejoría que tanto se anhela. Esto nos llevará a ver qué tanto queremos cambiar los paraguayos y en qué medida realmente se quiere dejar de lado el legado de un modelo de pensamiento que durante años hizo creer a la gente que “así nomás luego tiene que ser”.

El cambio en el Paraguay se verá por medio de las acciones que tome el Gobierno y por los resultados concretos que se obtengan. Por los buenos números, por la honestidad y por la justicia. Por el respeto que inspire y por los beneficios que perciba la gente. En ese sentido, las acciones deben ser claras para establecer una política planificada para hacer crecer la economía, al mismo tiempo de procurar mayor equidad distributiva. Hasta ahora no se sabe con certeza cómo harán las autoridades para impulsar el crecimiento económico, atraer inversiones, generar empleos y darle mejores oportunidades a la gente. No se ha definido aun la manera en la que se combatirá la pobreza y de qué forma llegaremos a ser un país con menos exclusión. Todavía seguimos expectantes por ver las medidas que frenarán el exilio económico e incentivarán el retorno de los que tuvieron que irse.

El aspecto económico será fundamental para consolidar un proceso de cambio. Si la economía funciona bien y si hay mejores oportunidades de empleo y crecimiento, el respaldo de la gente le dará a Lugo la fortaleza necesaria para lidiar con los distintos partidos, facciones y grupos en las esferas de poder. De lo contrario, se corre el riesgo de repetir la historia que los mexicanos vivieron cuando Vicente Fox fue electo presidente y puso fin a 71 años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI): un crecimiento moderado inferior al 3% en el sexenio (2000-2006) le arrebató al gobierno el apoyo popular y se produjo un descontento en la gente, debido a que se esperaba mucho más de lo que finalmente se logró.

Las acciones y los resultados concretos que se tengan en el manejo de los entes públicos y en la seriedad de las instituciones son los que pintarán la línea que divida a una administración de otra. Serán los resultados en la Industria Nacional del Cemento (INC), en Petropar, Copaco, Ande y otras empresas estatales los que reflejarán si hemos mejorado. Se necesita lograr condiciones más justas para el país en cuanto a los recursos generados por las hidroeléctricas y en cuanto a la situación dentro de un Mercosur que representa más trabas que oportunidades.

La ciudadanía espera resultados concretos, como mayor seguridad y menos pobreza; más educación y mejores opciones para el desarrollo, para tener una vida digna. Y esos resultados serán el fruto de las acciones que el gobierno empezará a sembrar. El compromiso de los paraguayos hoy radica en velar para que las acciones que se tomen sean las correctas; y para ello debemos ser contralores críticos dentro del proceso de cambio. Los ciudadanos son los que deben marcar los márgenes del gobierno, exigir medidas y resultados, y colaborar con trabajo, honestidad y estudio. Ya pasó el tiempo de la esperanza, ahora mandan los resultados.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

sábado, 16 de agosto de 2008

El cambio en Paraguay llena espacios mediáticos en México

Guadalajara, Jalisco, México
Por Héctor Farina

La victoria de Fernando Lugo en las elecciones presidenciales de Paraguay y la caída del Partido Colorado luego de 61 años consecutivos en el poder, tuvieron un amplio destaque en la prensa mexicana, tanto en la prensa escrita, los portales en Internet, la radio y la televisión. Los hechos que más llamaron la atención de los mexicanos fueron la victoria de un ex obispo metido a la política y la caída de un partido que recuerda al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México durante 71 años hasta que perdió las elecciones en el año 2000.

Una buena cantidad de diarios de alcance nacional y local publicaron en sus respectivas portadas las noticias sobre el histórico cambio en el Paraguay, destacando la figura del ex obispo Lugo como la del líder que logró reunir a la oposición en torno a un proyecto que terminó triunfando en las elecciones del pasado domingo.

Los principales noticieros televisivos llevaron las noticias y los pormenores de lo que aconteció en las elecciones paraguayas, así como hasta ahora se sigue hablando y analizando el tema en diferentes espacios. Como ejemplo, la situación de cambio que vive el Paraguay fue analizada en el programa “Aristegui”, que conduce la periodista mexicana Carmen Aristegui y que es transmitido por la cadena internacional CNN. En esta ocasión, compartieron el análisis dos investigadores académicos mexicanos especializados en los temas de América Latina.

Igualmente, los periódicos impresos y en línea le dieron amplia repercusión al triunfo de Lugo. En ese sentido, el diario nacional La Jornada, uno de los más importantes de México, tituló: “El ex obispo Lugo, presidente electo de Paraguay”, en una nota de tapa acompañada de una foto en la que aparecen Lugo y Federico Franco dando el saludo de la victoria tras conocerse los resultados de las votaciones.

Este diario también publicó un editorial titulado “Paraguay: ¿nueva época?”, en el que se enfatiza la victoria de Lugo como “un hecho histórico para ese país sudamericano, sumido en la pobreza, el atraso y la corrupción por longevas dictaduras y, desde 1989, por un grupo gobernante oligárquico, a pesar de la fachada democrática, y carente del menor sentido de nación”.

El editorial señala además que el desafío que habrá de enfrentar Lugo es enorme, “no sólo por las dimensiones del atraso paraguayo en casi todos los órdenes y por las inercias de un país que durante la mayor parte de su vida independiente ha sido gobernado por déspotas, por corruptos y por déspotas corruptos, sino también por la heterogeneidad ideológica y de intereses que subyace en las siglas de la APC, y que va desde sectores democristianos hasta grupos claramente definidos en la izquierda del espectro político”.

Por su parte, el periódico El Financiero destacó en un titular: “Paraguay, nueva pieza en mosaico político de América Latina”. Este diario señala -en una nota firmada en Berlín, Alemania- que el triunfo del ex obispo Fernando Lugo es “la pieza que faltaba” en el nuevo mosaico político de Latinoamérica y marca el inicio de una nueva etapa, según las expresiones del catedrático Klaus Bodemer, de la Universidad de Hamburgo

En tanto, otros diarios importantes como Reforma, El Universal, Milenio -todos de alcance nacional-, así como diarios regionales como El Informador, de Guadalajara, destacaron con grandes titulares el triunfo de Lugo.

La victoria de un ex obispo y la caída de un partido político tras seis décadas siguen llamando la atención en México, un país que fue gobernado por el PRI durante más de siete décadas y que finalmente cayó hace ocho años.

Publicado en www.vivaparaguay.com

lunes, 11 de agosto de 2008

Rebelión y revolución

Por Héctor Farina (*)

La actitud rebelde es siempre un principio para el cambio, pero esto no implica que la acción sea revolucionaria. De rebeldes a revolucionarios hay una distancia considerable, aunque unos y otros estén emparentados por los lazos del principio de oposición a una situación, modelo o sistema. Sobre estas diferencias y analogías, el escritor mexicano Octavio Paz -curiosamente nacido en medio de la revolución mexicana, en 1914- nos regala una serie de apreciaciones que nos ayudan a ubicar los conceptos en sus respectivos lugares.

Dice Paz que “rebelión” es un término vinculado al campo militar y tiene un carácter individual. El que no acata las órdenes, el que se enfrenta a un sistema o desconoce un orden de cosas, es un rebelde. Otra palabra cercana es “revuelta”, con la que se refiere a algún movimiento colectivo en contra de algo o alguien, usando la violencia como mecanismo de reacción frente a una figura de poder. En cambio, la “revolución” es el cambio radical de un estado de cosas y puede ser el resultado de la rebeldía y las revueltas convertidas en un sistema nuevo, que reemplace al anterior. La revolución es una transformación que va más allá de la rebeldía y que puede darse en numerosos ámbitos, como en lo político, lo económico, lo social o lo cultural, entre otros.

Estas reflexiones podemos ubicarlas en el contexto en el que se encuentra el Paraguay, que el próximo 15 de agosto iniciará una etapa novedosa marcada por la caída del monopartidismo en el poder y por la asunción de un gobierno de coalición encabezado por un ex obispo. La decisión de los paraguayos de votar por el cambio representa lo que podríamos denominar como una rebelión en las urnas. Se canalizaron el descontento, la frustración, el hartazgo y la esperanza por medio de aquellos votos que tenían un mensaje claro: no queremos más de lo mismo, queremos el cambio. Tras aquel histórico paso y en vísperas de iniciar el nuevo camino, la pregunta que salta es si se concretará una revolución que marque una diferencia clara con el país pobre, atrasado, sin empleo y con una educación paupérrima que se decidió cambiar con aquellos votos rebeldes.

Tenemos un nuevo gobierno del que se espera mucho. La gente espera que se erradique la corrupción empotrada en la estructura del Estado, que se generen puestos de empleo, que haya justicia, seguridad y que se tengan mejores oportunidades de educación y desarrollo. En ese sentido, una revolución consistiría en que el gobierno de Lugo recupere la credibilidad de las instituciones, que se diferencie de las administraciones anteriores por su honestidad, por el manejo responsable de la cosa pública y por los resultados concretos en su gestión. El gobierno sería revolucionario si el país se vuelve competitivo y logra un crecimiento económico sostenido, si se decide duplicar la inversión en educación y optimizar la calidad educativa, convirtiendo a la sociedad paraguaya en una sociedad preparada, con valores y capacidad para crecer.

Pero lo fundamental para una transformación pasa por el cambio de actitud que nos lleve a ser más que rebeldes o disidentes, más que optimistas sin sustento o fatalistas sin reacción, más que los que esperan que las soluciones caigan del cielo. Una revolución pasa por la participación activa de las personas, por la superación constante, por educarse y promover la educación, por ser contralores y cuestionadores de las autoridades. Un ejemplo revolucionario es el que nos dio Don Feliciano Martínez, el intendente que le enseñó a la gente el valor del trabajo y, sin la necesidad de recurrir al populismo o cualquier artimaña, demostró que el esfuerzo colectivo sirve para mejorar nuestras condiciones de vida. Siendo el primero en empuñar la escoba para barrer su casa, este hombre logró que el ejemplo cundiera y con ello, más que lograr que Atyrá sea una de las ciudades más limpias del mundo, logró demostrar que el cambio definitivamente depende de cada uno y de todos.

Son los pasos que vienen los que decidirán si logramos concretar una revolución o nos quedamos en el intento, con el simple cambio de uno por otro. Nuestra actitud como país y nuestra responsabilidad como ciudadanos serán las que determinen finalmente el puerto al que queremos llegar en este viaje.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

lunes, 4 de agosto de 2008

El drama de la INC

Por Héctor Farina (*)

Los episodios repetidos en el ya extenso drama de la Industria Nacional del Cemento (INC) reflejan el modelo de gobiernos que hemos tenido en las últimas décadas. Este modelo se ha basado en el clientelismo, el compadrazgo, los cotos de poder y, por sobre todo, la corrupción. La INC se ha nutrido de los mismos ingredientes perversos que condenamos en los gobiernos colorados y como resultado de ello se tiene una empresa en una situación caótica, con problemas de producción, asediada por politiqueros inescrupulosos y por las quejas de los empresarios. La cementera hoy paga el precio de la ineficiencia, de la corrupción y de las malas administraciones que la convirtieron en un coto de políticos.

La INC tiene problemas porque siempre funcionó como si fuera una seccional en donde se debía quedar bien con los amigos y no como una empresa que debe producir cemento de calidad y apuntar al crecimiento. La corrupción generalizada nunca permitió que la empresa funcionase como tal, sino que la cementera se mantuvo a los tumbos, soportando el sabotaje constante de los aprovechados que solo buscaban sacar su tajada. En 2004, luego de un cambio de administración, se descubrió que los funcionarios de la cementera tenían privilegios extraordinarios, como poder retirar una enorme cantidad de bolsas de cemento, a menores precios y a crédito, de manera que tranquilamente podían dedicarse a vender el producto a un costo menor al del mercado y hacer una competencia desleal a la misma empresa para la que supuestamente trabajaban. Igualmente, siempre hubo denuncias de privilegios a políticos y compadres que, aprovechando las bondades de la cementera, hacían negocio con la distribución o venta del producto.

Los malos manejos, los pedidos de coima, la discriminación en la entrega, la mala administración y los gastos inútiles son constantes en la historia de la cementera. Como cuando pagaron más de dos millones de dólares por la construcción de una planta secadora de puzolana, que luego de tanto escándalo jamás funcionó. O cuando desde hace años se gasta en poner parches a la obsoleta maquinaria en el horno de Vallemí, cuando lo que se requiere es una inversión de tecnología nueva que permita producir más y mejor sin quedar siempre a merced de las fallas de siempre. Todo esto es el resultado de que la cementera haya sido manejada con una ambición partidaria y no con una visión empresarial.

La duda que surge ahora es cómo corregirá el nuevo gobierno el rumbo de la empresa estatal. La INC tiene reservas naturales de materia prima que le permiten producir durante muchos años, cuenta con un mercado con un enorme potencial de crecimiento, tiene una elevada demanda insatisfecha y puede apuntalar el desarrollo. Si pensamos en países como México, cuyas calles son construidas con cemento, podemos ver que con una planificación adecuada se pueden construir obras de infraestructura, pavimentar caminos, facilitar las comunicaciones y disminuir el costo país, al mismo tiempo que se incentiva la producción nacional. Pero, en las condiciones actuales, la cementera no tiene la productividad ni la competitividad necesarias para crecer como se necesita.

El primer paso que urge dar es el de poner orden en la cementera y recuperar su función natural: producir cemento de calidad. Si no se despolitiza la entidad y se la convierte en una empresa seria, las medidas que se adopten terminarán chocando contra el mismo obstáculo que impide el desarrollo. Se requiere de la modernización de la infraestructura, lo que implica necesariamente inversión en tecnología y la capacitación de los recursos humanos. Lo que se debe lograr es tener una empresa competitiva, que produzca con calidad, que oferte buenos precios y que sea rentable. Si la empresa funciona bien, no hay necesidad de temer a la competencia del sector privado.

La planificación del gobierno de Lugo será fundamental para el futuro de la cementera. De ello dependerá establecer si se recupera una empresa para el desarrollo del país, si se mantienen la corrupción y la ineficiencia, o si se termina admitiendo la inutilidad para cambiar el estado de cosas y se decide pasar la posta.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

lunes, 28 de julio de 2008

La teoría del muégano

Por Héctor Farina (*)

En un intento por explicar una cierta forma de comportamiento tradicional de la sociedad mexicana, el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo -en su libro Estampas de Liliput. Bosquejos para una sociología de México- propone lo que denomina la “teoría del muégano”. Para comprender el término “muégano” conviene precisar que se trata de un dulce hecho a base de miel, melaza o caramelo con que se pegan trozos de pasta. Es un típico dulce mexicano de harina al que se le va pegando el caramelo. En este sentido, Escalante hace una analogía y establece que el muégano es una forma de sociabilidad caracterizada por la aglomeración, sobre una base personal, de vínculos económicos, profesionales, políticos, de cuya mezcla resulta una confusión de ámbitos funcionales.

Por medio del muégano, se establece un sistema denso y confuso de relaciones personales, con límites imprecisos y con la dificultad de poder salirse del círculo. Lo concreto es que con el muégano prevalecen las obligaciones personales sobre cualquier otro criterio a la hora de tomar decisiones. Esto nos lleva a la facilidad con la que se rompen las reglas, porque primero hay que atender las necesidades de un compadre, los pedidos del pariente, hay que pagar los favores que se le deben a un amigo y procurar ganar la lealtad de un conocido al que luego le podríamos pedir ayuda. En síntesis, se busca endulzar, asociarse y acomodarse en el entramado de las relaciones, en base a favores y privilegios personalizados.

De hecho –explica el sociólogo- la mayor virtud del muégano es su naturaleza pegajosa, su capacidad para crecer sumando arrimados, parientes, allegados, parientes de conocidos de arrimados, y prohijando contactos: ya sea un jardinero, un vendedor, un policía, un político… A estos contactos se los valora de acuerdo a su eficacia y su lealtad. No se valora el que sean justos, correctos o que cumplan con todas las reglas. Al contrario, lo que sirve es que siempre pueden hacer una excepción para saltar por encima de las normas y darle una ayuda al amigo, al compadre, al contacto. De esta manera, se confía más en el muégano que en el sistema institucional. Se acude al amigo antes que a la instancia oficial.

Esta forma de relación, pegajosa cual dulce mexicano, parece muy común en los países de América Latina, en los que aún prevalecen el amiguismo, el compadrazgo y el nepotismo. Aunque cada país tiene su peculiar mecanismo y podría definir con un término propio la relación en forma de muégano, lo cierto es que los esquemas de dependencia se mantienen vigentes y como resultado de ello se prefiere al amigo que al más idóneo, al compadre que al profesional, al “arreglo” con un conocido antes que al cumplimiento de la ley. Con el muégano todo se puede negociar, desde un trámite burocrático hasta un puesto de empleo; desde una excepción en el cumplimiento de la ley hasta una recompensa por haberla cumplido.

Escalante advierte que el problema radica en que el muégano, como una forma de organización social, obstaculiza la especialización, interfiere con el funcionamiento normal y autónomo de los diversos ámbitos, en la medida en que todo puede subordinarse a su propia lógica. Si se premia al que no se lo merece en tanto se le niega el reconocimiento al que sí lo merece, se tiene como resultado un sistema torcido en donde se desincentivan el esfuerzo y la capacitación, en donde la superación personal no siempre termina en una mejoría.

Este bosquejo sociológico debería hacernos pensar en qué tipo de país queremos y cómo lo vamos a construir. Para poder progresar necesitamos una sociedad de gente preparada, con un nivel alto de capacitación, y no una sociedad en donde las virtudes o el trabajo puedan ser reducidos a una relación de amiguismo. Necesitamos ser más críticos con nuestras autoridades y no tolerar que los cargos públicos sean ocupados por cualquier hurrero cuyo único mérito es haberse mantenido fiel a un partido o un político. Es hora de pensar si realmente se quiere mejorar y aprender a valorar la educación, la capacidad y la honestidad de las personas. O, de lo contrario, si se prefiere mantener un sistema en el que sólo se benefician los que tienen al mejor padrino de turno.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

lunes, 21 de julio de 2008

La justicia torcida

Por Héctor Farina (*)

La escritora sueca Selma Lagerlöf –la primera mujer en obtener el premio Nobel de Literatura, en 1909- relata una anécdota que permite graficar la facilidad con que la justicia puede ser torcida y desvirtuada por las personas. Se trata de un episodio de la obra El anillo de los Löwensköld, en el que tres campesinos son detenidos, acusados de haber robado el anillo del viejo general Löwensköld. El anillo -una joya familiar- fue arrancado del cadáver del general, que había sido enterrado con sus mejores galas.

Los tres sospechosos fueron juzgados, pero como no había suficientes elementos para establecer la culpabilidad de alguno de ellos, se decidió que sería la justicia divina la encargada de condenar al culpable del robo, en vista de que la justicia de los hombres fue incapaz de llegar a la verdad en aquel caso. El mecanismo utilizado se basaría en el azar: cada uno de los tres acusados tiraría un dado y el que obtuviera el menor número sería condenado y ejecutado, pues quedaría claro que la justicia divina lo pondría en evidencia al negarle la suerte.

En el inicio del curioso procedimiento, el primer hombre lanzó el dado y obtuvo un “seis”, la mayor cantidad posible. Sintió alivio pero reprimió cualquier gesto, pues su suerte también indicaba que alguno de sus dos amigos obtendría una cifra menor y sería condenado. Le tocó el turno al segundo de los acusados, quien lanzó el dado y también obtuvo un “seis”. La tristeza lo embargó a pesar de su suerte, pues con esto quedaba claro que el último en ser evaluado por el destino sería, inexorablemente, el responsable del robo y, por ende, el merecedor del castigo. En ese trance, el último de los acusados tiró el dado, casi con resignación, pero, para sorpresa suya y de los demás, también obtuvo un “seis”.

La alegría de los tres hombres explotó: no quedaban dudas de que la gracia celestial estaba con ellos, pues todos habían obtenido la puntuación más alta, que los alejaba de la culpa. Pero la euforia duró poco, pues el tribunal de los hombres interpretó que si los tres habían obtenido la misma puntuación, entonces todos tenían el mismo grado de culpabilidad. La sentencia fue clara: los tres eran igual de ladrones. Y, por lo tanto, fueron castigados con la pena de muerte.

Este peculiar relato podría utilizarse para reflexionar sobre la realidad paraguaya, en donde ya es moneda común ver que la justicia puede ser torcida mediante las interpretaciones más aberrantes, las triquiñuelas y las chicanas más descaradas. Deberíamos pensar en qué tan útil puede ser la justicia si siempre está supeditada a las interpretaciones que favorecen a los que corrompen, a los tramposos que sacan provecho de las falencias institucionales o la falta de honestidad de los jueces. Un sistema judicial endeble, permeable y manipulable, que permite que un presidente viole la Constitución Nacional en cuanta ocasión le dé la gana, no puede garantizar una verdadera justicia. No puede ni acercarse a aquella definición de Aristóteles que decía que la justicia es “darle a cada uno lo que le corresponde”.

Se habla mucho de la necesidad de una reforma de las instituciones judiciales, pero lo que en realidad se requiere es un sistema jurídico íntegro que se base en la honestidad de los encargados de impartir justicia. No se trata de hacer ruido afirmando que se va a “pulverizar” a una determinada Corte, para luego tener otra igual de servil y arbitraria. El Paraguay se prepara para iniciar una nueva etapa de gobierno y no puede seguir arrastrando las miserias de administraciones anteriores. Es un reto y una obligación que el nuevo gobierno le devuelva la credibilidad a las instituciones y que se establezcan sistemas eficientes que garanticen una verdadera justicia, independiente y con la solvencia necesaria para no dejarse torcer al antojo de cualquiera.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

domingo, 13 de julio de 2008

Energía, negligencia y consecuencias

Por Héctor Farina (*)

La calamitosa situación que se vive en el país por la insuficiente provisión de diésel es el resultado de la negligencia, la imprevisión y la corrupción de las autoridades en el manejo de la cuestión energética. No hay un plan energético ni una política de combustibles, por lo que se suceden las administraciones, se repiten las promesas y los escándalos, y, como consecuencia, se termina en el caos. El intento de atender los problemas del sector de combustibles siempre pasó por la aplicación de medidas transitorias, de parches temporales que nunca vislumbraron una solución de fondo. Hoy, los resultados están a la vista: el país sufre por el desabastecimiento, el transporte público está al borde del paro, los sectores productivos tienen dificultades para transportar sus productos, y todo esto desata una cadena de consecuencias perjudiciales para todos.

Cuando se decidió comprar diésel directamente de PDVSA (Petróleos de Venezuela S.A.), el único beneficio era el financiamiento, que permitiría “patear hacia delante” la deuda de Petropar (Petróleos Paraguayos). Es decir, ganar tiempo y pagar después. Se supone que esto serviría para estabilizar las finanzas de Petropar e invertir los recursos en la producción de combustibles alternativos, como el biodiesel y el alcohol. Los resultados indican hoy que la deuda de la petrolera estatal se ha incrementado en forma notable -superando los 320 millones de dólares-, mientras que no se ven los resultados beneficiosos que se esperaban. Los problemas siguen en la planta alcoholera de Troche, se mantienen las quejas de los cañicultores y no se ven las mejorías en la producción.

La falta de una planificación seria se nota en los resultados. Por ejemplo, en la desfachatez con la que se maneja la Industria Nacional del Cemento (INC). Cerca de 10 presidentes de la entidad en los últimos 10 años prometieron que cambiarían la matriz energética de la cementera, de manera que reemplazarían el fuel oil por coque, y con eso se tendría un ahorro importante. Enarbolaron ante los medios la promesa de cambio y se jactaron de los beneficios que obtendrían, pero hasta hoy se sigue dependiendo del fuel oil y de las elevadas cotizaciones en el mercado internacional. Con cada aumento del combustible, a la vieja cementera le cuesta más producir y tiene que reajustar los precios de sus productos, con lo que pierde competitividad y no puede satisfacer las necesidades del mercado. Todo esto repercute en sectores estratégicos como el de la construcción, y con ello se frenan el desarrollo y la posibilidad de generar empleos.

Mientras el país sufre por el aumento constante de los combustibles derivados del petróleo, no aprovecha como debería sus recursos energéticos como la electricidad. En vez de usar sus recursos propios para el desarrollo, depende en exceso de los que no tiene.

El Paraguay tiene energía eléctrica suficiente para impulsar numerosos proyectos que pueden contribuir al desarrollo del país y a reducir la dependencia de los combustibles fósiles. Una buena planificación del gobierno podría llevar a la construcción de un sistema de trenes eléctricos, que podrían solucionar en parte el problema del caos vehicular en Asunción y el área metropolitana, así como disminuir la dependencia del gasoil. Utilizando la energía eléctrica paraguaya de Itaipú se podría alimentar un sistema de trenes para unir puntos estratégicos del país, con lo que se mejoraría la comunicación y se facilitaría el traslado de los productos.

Hace falta una planificación seria para atender las necesidades energéticas con miras al desarrollo. La producción de combustibles alternativos, como el alcohol y el biodiesel, debe ser impulsada con fuerza, así como el aprovechamiento de la energía eléctrica para incentivar la radicación de industrias. La construcción de un sistema de trenes debería ser analizada pensando en los beneficios que traería en cuanto al transporte, los costos, los empleos y el mejor uso de la electricidad excedente. Si no se planifica como se debe, es un hecho que seguiremos a expensas de la negligencia y sus nefastas consecuencias para el progreso.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/