domingo, 11 de mayo de 2008

Una bloguera y un sueño de libertad

Por Héctor Farina (*)

La prohibición impuesta a la bloguera cubana Yoani Sánchez, quien por falta de “permiso” del gobierno cubano no pudo salir de la isla para recibir un importante premio en España, es un síntoma recurrente que confirma y reafirma que la libertad no es un valor respetado en el revolucionario país caribeño. No hay libertad de expresión, no hay prensa independiente, no se puede protestar y ni siquiera se puede salir del país en busca de oportunidades o de una vida libre.

Yoani ganó recientemente el prestigioso premio José Ortega y Gasset, en la categoría de Periodismo Digital, por el simple hecho de contar cosas cotidianas en un blog, en una de esas bitácoras en el ciberespacio que tan populares se han vuelto. Escribir en un blog hoy en día parece simple, pero se convierte en una tarea valiente y casi heroica cuando se escribe desde un país en donde el acceso a Internet está restringido, donde no hay libertad de expresión ni de prensa y en donde cualquier indicio de protesta o levantamiento de la voz puede transformarse en un cambio forzado de residencia, pasando a convertirse en uno más de tantos disidentes encarcelados o engrosando las filas de los periodistas presos por haber cometido el delito de expresarse o intentar hacerlo. Dicen que son 25 los periodistas encarcelados actualmente, aunque nunca podremos medir con certeza la cantidad de voces encarceladas y acalladas por la censura y el miedo.

Generación Y (http://www.desdecuba.com/generaciony/) es un blog que significa mucho más que un conjunto de vivencias expresadas por una ciudadana. Es una puerta abierta en busca de la libertad, un intento de expresar aquello que se mantiene reprimido, una voz que viaja por el ciberespacio tratando de ser escuchada. En un país en el que “los periodistas están encerrados tras las rejas y privados de la palabra”, al mismo tiempo que todo un pueblo se encuentra indefenso ante un Estado tirano que controla la vida de las personas y las mantiene confinadas en su misma patria, contar pequeñas cosas en un blog es una forma de expresión ciudadana que le devuelve a las personas su derecho a hablar, aunque sea desde la clandestinidad y el anonimato.

Luego de haber soportado tantas dictaduras en América Latina, tanta represión, silencio y muerte, resulta demasiado doloroso comprobar que todavía se mantiene una opresión irracional que no respeta los más elementales derechos humanos. Desde la derecha o desde la izquierda, desde el centro o desde la hibridez ideológica, siempre será cruel que nos roben nuestra libertad y nos impidan hablar, que nos mantengan cautivos y condenados a hacer lo que nos obligan, sin la posibilidad de elegir y vivir la vida que queremos.

Es una buena señal que un blog donde se habla de cosas como el pan del “racionamiento” –una muestra de cómo no sólo se controla de la boca para afuera, sino también de la boca para adentro-, de la burocracia que impide salir a los cubanos del país, entre otros temas muy humanos, se haya convertido en un foro en el que la participación es el hecho más llamativo, con miles de comentarios por día y más de un millón de visitas por mes al sitio.

El sueño de libertad de la gente que quiere expresarse y vivir su propia vida es más que válido. Y no es justo que se sigan manteniendo sistemas opresivos en donde la gente no tiene más que el derecho de acatar lo que se impone desde el Gobierno. No cabe duda de que cualquier gobierno en el mundo que quiera ser justo tiene que respetar los derechos de los ciudadanos, comenzando por derechos humanos fundamentales como la libertad, tanto física como de palabra. Ante las esperanzas de apertura en Cuba, la pregunta que queda es ¿por cuánto tiempo más la libertad será sólo un sueño y no una realidad? La historia nos lo dirá.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

lunes, 5 de mayo de 2008

La misma luna: semblanza de ilusiones, separaciones y dolores


La recientemente estrenada película mexicana La misma Luna presenta una historia peculiar muy conocida para muchas familias latinas: el debate entre el dolor de abandonar a un hijo y la esperanza de procurarle un futuro mejor trabajando lejos.

Kate del Castillo protagoniza a Rosario, una de tantas mexicanas que decide pasar “al otro lado” de manera ilegal, en busca de un trabajo que le permita darle una vida mejor a su hijo Carlitos (Adrián Alonso), quien se queda con su abuela en México. Rosario trabaja como empleada doméstica en Los Ángeles, California, en donde reside desde hace 4 años, desde la fecha en que tomó la difícil decisión de dejar a Carlitos –que entonces tenía 5 años- y buscar mejores ingresos soportando los males de la lejanía.

En una tierra hostil, con su escasa preparación y sufriendo las injusticias legales por su estatus de ilegal, Rosario trabaja intensamente para enviarle a su hijo el escaso dinero que logra reunir mes a mes.

Del otro lado de la línea fronteriza, Carlitos vive con su abuela y espera que llegue cada domingo para ir hasta un teléfono público a hablar con su mamá, en un ritual que los lleva a mantener viva la esperanza de un pronto reencuentro.

El conflicto mayor se inicia cuando Carlitos pierde a su abuela y decide emprender sólo la aventura de ir a los Estados Unidos para reunirse con su madre. Con sus escasos nueve años, con sus ahorros apuñados y una firme convicción, este niño aprenderá en carne propia lo que significa arriesgar la vida en busca de una ilusión. La sed, el hambre, la sensación de peligro, la “migra” y todas las amenazas de la ilegalidad sentenciada al trasponer la línea se mezclan rápidamente, envolviendo con dureza los escasos años de Carlitos.

Pero también descubre el lado bueno, el de la solidaridad de los extraños que se convierten en amigos al saberlo paisano, el de los que lo ayudan sin pedir nada a cambio, sabiendo que no puede ofrecer nada. En medio de aquel mundo hostil e intimidante, siempre aparecen las manos amistosas que conocen el valor de compartir y tratar de mitigar el mismo dolor.

Y aunque aparentemente indolente al principio, Enrique (Eugenio Derbez), un malhumorado inmigrante mexicano se convierte en el mejor sustento para Carlitos, siendo su compañero de travesía, desventuras y esperanzas, en un largo trajinar que parece no tener fin.

El personaje de Derbez es duro y egoísta –muy diferente al cómico que conocemos de la televisión- pero a pesar de sus gruñidos y su mala gana, termina cediendo paso a la humanidad y siendo el cuidador de Carlitos.

Las peripecias y el dolor de una aventura necesaria –tan necesaria como la siente los miles de mexicanos que todos los años arriesgan la vida para intentando cruzar a los Estados Unidos de manera ilegal- no obstante no garantizan un final feliz, pues la única pista cierta que tiene el niño para encontrar a su madre es un teléfono público en una calle desconocida de Los Ángeles, desde donde ella llama todos los domingos…

La misma luna es una película que nos coloca en el mismo drama existencial que enfrentan miles de latinos cuando tienen que decidir entre las esperanzas de mejores ingresos en países lejanos, a costa de dejar a sus seres queridos, o seguir con la lucha en sus países, soportando condiciones adversas con tal de permanecer con sus familias.

Se trata de una situación humana, demasiado humana, que hoy se refleja en millones de familias fragmentadas, en el dolor de la lejanía y en la ilusión de que tanto sacrificio termine trayendo una vida más digna y menos tormentosa para los seres queridos.

Héctor Farina

domingo, 4 de mayo de 2008

Liderazgo para una nueva república

Por Héctor Farina (*)

La transición de un país gobernado durante 61 años por una estructura fuerte y arraigada, a un país que busca superar los viejos esquemas y construir una nación más justa y con mayores oportunidades, requiere de un factor clave que señale claramente el camino: el liderazgo. Hasta ahora, el presidente electo, Fernando Lugo, ha demostrado un efectivo poder de líder en el sentido de reunir, convocar y representar las expectativas de la gente. Se ha ganado la confianza de la ciudadanía, tiene consenso y respaldo, y se ha convertido en el emblema que canaliza las esperanzas de construcción de un Paraguay mejor.

No obstante, ese liderazgo marcado por el apoyo de los paraguayos en las recientes elecciones en las que se tumbó a un partido que tras seis décadas sólo deja pobreza e injusticias, ahora será puesto a prueba en la función de gobernar. Son muchas décadas de frustración, dolores y miseria las que ahora deberán corregirse desde el poder. Y desde luego que no será fácil sacar adelante a un país azotado por una educación arcaica y misérrima, por la pobreza arraigada en el campo, por la marginalidad en las grandes ciudades y por un grosero sistema en el que se privilegió siempre a unos pocos en tanto se limitaban las oportunidades para los demás. Y será más difícil si tenemos en cuenta que la expectativa es muy grande y que los males son demasiados para corregirlos en poco tiempo.

El liderazgo del ex obispo será crucial para reencaminar al país por el sendero correcto, para definir claramente una política que permita sanear la casa, hacer crecer la economía y generar puestos de empleo que permitan combatir la pobreza. Proveniente de una alianza que lo llevó al poder, Lugo tendrá que conciliar muchos intereses y posturas disímiles para lograr que todos tiren del mismo carro y no que cada quien termine estirando para su lado, con lo que no llegaríamos muy lejos. Pero no se trata sólo de una conciliación en la que se busca quedar bien con todos, sino de definir un plan país y conseguir el apoyo para llevarlo a cabo, a pesar de las divergencias que nunca faltan.

El presidente electo es de la izquierda y conoce muy bien las carencias que enfrentan los paraguayos, sobre todos en los sectores más pobres, pero no llegó al poder sólo por una cuestión ideológica o por militancia política, sino como resultado del apoyo colectivo de la gente que ve en su figura la posibilidad del cambio. Y dentro de la gama de partidos y movimientos que impulsaron a Lugo, el Partido Liberal Radical Auténtico es el de mayor peso, por su tradición y por la cantidad de seguidores. Esto nos lleva a que el liderazgo de Lugo debe ser muy claro para gobernar no sólo con las ideas de izquierda, sino que tiene que equilibrar el contrapeso político de otros sectores, empezando por sus aliados liberales. El objetivo debe ser uno sólo: gobernar para todos los paraguayos de la mejor manera posible.

Y además de lo variopinto de la alianza, debe tenerse en cuenta que queda una estructura colorada marcada por más de 60 años de clientelismo y que el sistema seguirá arrastrando sus vicios de antaño –sobre todo la corrupción-, por lo que será una tarea ardua ir depurando de a poco la podredumbre acumulada durante tantos años. Y en este punto será vital el nombramiento de personas honestas y capaces al frente de las dependencias públicas.

El desafío del nuevo gobierno es trazar la hoja de ruta que permita al país salir del atraso y dejar atrás un pasado de corrupción y miseria. Uno de los objetivos principales debe ser el crecimiento de la economía. Se debe ir mucho más allá de la simple conciliación y el establecimiento de parches sociales, para hacer que el Paraguay crezca en forma sostenida y con ello se generen puestos de empleo. Esa será la mejor manera de combatir la pobreza: creando oportunidades para que la gente pueda desarrollarse y vivir dignamente sin esperar que lluevan limosnas desde el Estado.

Ahora que el gobierno electo se prepara para asumir, y en momentos en que aparecen de todas partes los adulones, chupamedias y “ofrecidos” que nunca faltan, hay que dejar claro que realmente se quiere un cambio para bien en el manejo de la cosa pública y que no se cambiará sólo el color de los beneficiados de turno. Un país que arrastra un empobrecimiento endémico no se cura con parches ni con limosnas, sino con el crecimiento de la economía y la búsqueda de una mayor equidad distributiva, con la generación de empleos y con la capacitación permanente de los ciudadanos. La tarea de Lugo será liderar un proceso de cambio que nos lleve a tener una república más sana, con educación para todos, trabajo y mayor justicia social.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 27 de abril de 2008

La ruptura de la desesperanza

Por Héctor Farina (*)

El histórico paso dado el pasado domingo, cuando por medio de la elección de la gente se decidió cambiar el rumbo del país y dejar atrás 61 años de gobierno colorado, tuvo en la actitud de los paraguayos a su mejor exponente: se demostró que se puede cambiar, que se tiene el poder de elegir y que la convicción individual y de todo un país vale más que seis décadas de frustración y desesperanza. Ni las amenazas, ni el temor, ni los sobornos, ni los intentos de fraude, ni ninguna de las trampas acostumbradas pudieron frenar el deseo de cambio de una sociedad harta de tanta injusticia.

El Partido Colorado llegó al poder en 1947 y en poco tiempo empezó a construir una estructura que le permitiría enquistarse en el Gobierno. Y ese empotramiento del quiste purulento parecía definitivo e interminable durante los 35 años de dictadura de Stroessner, cuando la mano implacable del tiranosaurio dejó oprimida la esperanza de generaciones de paraguayos, sin más ilusión que la del exilio. Fue una dictadura feroz que le hizo creer a mucha gente que era imposible pensar en un gobierno sin el Partido Colorado, sin las Fuerzas Armadas apuntando sus cañones hacia la gente a la que debería defender, sin policías represores de pensamientos y acciones. Muchos paraguayos nacieron y murieron sin ver más que el país del tiranosaurio, y muchos otros se mantuvieron agonizantes creyendo que la opresión no terminaría de irse, sino que volvería una y otra vez disfrazada pero con el mismo rostro.

Cuando cayó el dictador en aquel recordado despertar de febrero de 1989, se sintió un renacer de la esperanza en la gente, pero la euforia empezó a desvanecerse cuando nos dimos cuenta de que en realidad el sistema se mantenía, que estaban todos los súbditos e hijastros políticos del tirano, con sus mismas mañas, su corrupción, su falsedad y sus mecanismos de opresión y de afrenta a un pueblo demasiado sufrido. Los remanentes de la dictadura seguían golpeando a los paraguayos, herederos de un pasado sin educación, con pobreza y con una enorme desesperanza. Se hicieron varias elecciones, pero se seguía votando por los colores, por el clientelismo, porque regalaban unas monedas o porque había que apoyar a los oficialistas para acceder a un cargo en la función pública.

Pero llegó el 20 de abril de 2008. Entonces, una sociedad cansada, harta de tanta corrupción, de la pobreza, la miseria, la falta de educación, las mentiras, la falta de oportunidades y el atraso, decidió poner un punto final en esta historia y empezar a construir otra nueva. Fue la gente, por medio de su voto, de su convicción, la que logró romper con la desesperanza a la que nos acostumbraron los colorados durante incontables años de angustia. Fue ese poder del ciudadano que decide cambiar, que confía en su convicción y que rompe la apatía, el que logró traer aires esperanzadores a un país. Fueron esos gestos, esa confianza, esa intención de no rendirse ante lo mismo y de no sucumbir ante el pesimismo, los que marcaron el punto de inflexión en la historia política paraguaya y hoy trazan el horizonte de un país que quiere renacer y sobresalir.

Aunque por muchos años el pesimismo asfixió las esperanzas de cambio, la actitud honesta de un pueblo hoy confirma aquella sentencia de Roa Bastos que dice que “únicamente se liberan los libres”. Empecemos a ejercer con más fuerza nuestra libertad, promoviendo cambios positivos, valorando la honestidad, exigiendo respeto de parte de nuestros gobernantes y apostando fuertemente por la educación y el trabajo. Para consolidar un cambio verdadero en el país, se requiere que establezcamos mecanismos de promoción de la educación, del empleo y la salud, así como sistemas de castigo implacable para los corruptos, los que roban y se enriquecen a costa de empobrecer a los demás.

Ya hemos roto las cadenas de la opresión y hemos superado a la desesperanza. Ahora tenemos que construir todos, con gente honesta y preparada, para no volver a caer en el gatopardismo, en un estado tal en el que solo se cambia para que todo permanezca igual que antes.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

domingo, 20 de abril de 2008

Más allá de las elecciones

Por Héctor Farina (*)

Las elecciones presidenciales de este domingo son una convocatoria general en la que los ciudadanos tenemos la obligación de decidir, por nosotros mismos, cuál es el país que queremos. No se trata de un mero ritual ni de la simple elección de opciones en una papeleta, sino de encaminar responsablemente los pasos que queremos que tome el Paraguay en los próximos años. Podría ser un punto de inflexión en la historia, una muestra de la vigencia del eterno retorno, un signo de madurez, de cansancio, irresponsabilidad o apatía, pero lo cierto es que la decisión depende de cada uno y de todos.

Nuestra responsabilidad como ciudadanos y como paraguayos empieza con la decisión en las urnas, pero no se agota en el hecho de haber votado, sino que debe extenderse a todos los ámbitos de la vida pública y las acciones cotidianas. Esa responsabilidad debe apuntar a marcar un giro radical en nuestra actitud que nos permita recuperar nuestro poder como ciudadanos y nuestra autoestima como nación. Se trata de hacer respetar nuestros derechos, de ponerle un alto de una vez por todas a la desfachatez, la corrupción y la manera grosera en la que se manejan los bienes públicos y en la que se juega con la vida de las personas y con el destino de un país.

Gane quien gane, los ciudadanos deben hacer valer su poder como soberanos, como contrapeso de las autoridades, como contralores y participantes activos en la construcción del país. No se puede esperar sentado mientras desde el Gobierno se toman las decisiones importantes, pues no se mejora con dejar la conducción en tales o cuales manos sino con las acciones concretas que se realizan para superar los problemas que aquejan a la ciudadanía y vencer a las carencias. Y es el ciudadano el que debe exigir, presionar y cuestionar para que se atiendan los temas importantes, como la educación, el empleo y la salud.

Propongo que, gane quien gane, los ciudadanos asumamos la responsabilidad de no tolerar a ningún corrupto o persona de dudosa honestidad en los puestos públicos importantes, que no se permita el nombramiento de politiqueros, oportunistas y avivados que sólo se presentan a cobrar su “cuota política” sin más preparación que la del ladrón que espera la oportunidad para meter la mano en la bolsa ajena. Pido que no aceptemos más que a gente con preparación y honestidad al frente de ministerios, entes públicos, binacionales y otros estamentos. Y que nuestro rechazo, nuestro repudio y nuestra protesta se hagan sentir con fuerza ante el menor intento de nombrar a sinvergüenzas, charlatanes y estafadores en cualquier institución pública.

La propuesta apunta a establecer un sistema para sancionar con más fuerza a los que roban, malversan o se aprovechan del poder para beneficiar a unos pocos. Pero la sanción ética o moral debe ser inmediata desde la ciudadanía, de manera tal a no permitir que se siga robando mientras los ladrones se escudan en la burocracia para seguir llenando sus alforjas y alejarse después como si nada hubiera pasado. La presión de la ciudadanía debe apuntar también a que haya mecanismos legales de sanción efectiva a los corruptos, para que no haya legisladores que puedan violar lo que se les antoja amparados en fueros, o funcionarios que usan los bienes públicos para beneficio personal. Pero el primer paso es la exigencia individual y social, la intolerancia con la corrupción, desde los pequeños actos.

Y propongo que asumamos la educación como responsabilidad nacional, desde nuestro papel de individuos y como sociedad, desde tomar la iniciativa de leer y promover la lectura hasta debatir y exigir el cumplimiento de medidas estructurales que nos saquen del atraso. Como, por ejemplo, demandarle con fuerza al Gobierno que por lo menos duplique la inversión actual en educación y que se controle la aplicación efectiva de los recursos. En la medida en que nosotros mismos, como responsables de nuestros actos, empecemos a construir con honestidad, a exigir seriedad, a condenar la corrupción y a comportarnos como una sociedad seria y exigente, podremos aspirar a marcar el punto de inflexión que nos aleje de un país atrasado y nos acerque a uno mejor.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

domingo, 13 de abril de 2008

Entre el descontento y la responsabilidad

Por Héctor Farina (*)

El descontento generalizado de una sociedad afectada por la pobreza, la escasez de empleo, una educación deficiente y arcaica, y -sobre todo- por los sistemas de corrupción que sistemáticamente han robado oportunidades y esperanza, se encuentra ahora en un momento estratégico para su canalización en las elecciones presidenciables de la próxima semana. Más allá de las quejas estériles, de los lamentos y los gritos sin sentido, las urnas serán el receptáculo de las frustraciones y esperanzas, del poder que deben ejercer los ciudadanos para marcar el rumbo que se quiere para los próximos cinco años.

Las elecciones sorprenden al Paraguay en un momento álgido de su historia en el que se mezclan años de pobreza y frustración, el dolor de familias fragmentadas por el exilio económico, las campañas proselitistas populistas y la amenaza de que tras un ritual electoral se sigan manteniendo los mismos esquemas de corrupción y miseria. Con un partido político que gobierna al país desde hace más de 60 años –35 de ellos bajo la dictadura de Stroessner-, con 19 años de una “transición” que todavía no tiene destino conocido, con una oposición que no termina de convencer, y con promesas de cambio no sustentadas sólidamente en programas serios, el futuro cercano sigue siendo incierto aunque el síntoma más claro es el cansancio de la gente.

Ese descontento de la ciudadanía se nota en el éxodo de los paraguayos, que prefieren probar suerte en algún lugar desconocido antes que vivir soportando los males que arrastra el país desde hace décadas. Se nota en la falta de participación, en el desinterés hacia los temas importantes como la educación, en la creencia de que las cosas seguirán igual por más que uno intente mejorar, en la falta de convicción para cuestionar, proponer y empezar a construir por cuenta propia sin esperar el apoyo que nunca llegó.

El cansancio y el descontento se reflejaron en México, un país que fue gobernado durante 71 años por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y que en las elecciones del año 2000 cedió el paso a la alternancia, más bien por el castigo de la gente que por los méritos de la oposición. Ese mismo descontento se siente hoy en el Paraguay, ante un Partido Colorado -el que más tiempo tiene en el poder, en todo el mundo, tras la caída del PRI- que en seis décadas no ha podido sacar al país del atraso ni generar condiciones para que la gente viva dignamente. Y ese descontento podría marcar un punto de inflexión en la política paraguaya, aunque todavía falta transformar el hartazgo en algo concreto, en una actitud sólida que nos lleve a construir un país mejor y no sólo a darle el beneficio de la duda al otro.

Pero no se trata sólo de procurar un cambio como consecuencia del descontento, sino de asumir la responsabilidad histórica que nos corresponde como ciudadanos. Se trata de elegir lo que consideramos mejor para todos y no sólo para los oportunistas, de negarse a seguir tolerando actos de corrupción, de no extenderle cheques en blanco a los sinvergüenzas, de no dejarse sobornar por regalos y promesas de los que sabemos que no buscan más que su propio beneficio.

La responsabilidad de los paraguayos hoy comienza con definir en las urnas cuál es el país que queremos y en manos de quiénes dejamos las riendas del gobierno. Y nuestra responsabilidad consiste no sólo en elegir, sino en convertirnos en contralores, cuestionadores y participantes activos en la construcción de una sociedad mejor. Se debe exigir respuestas concretas, planes serios para hacer crecer la economía, un sistema efectivo que garantice una educación competitiva y sobre todo honestidad en el manejo de los bienes públicos. Los ciudadanos deben ser el contrapeso de las autoridades y no sólo esperar que se colme el vaso del hartazgo para manifestar con actos nuestro descontento.

(*) Periodista

domingo, 6 de abril de 2008

Palabras errantes, realidades lejanas

Por Héctor Farina (*)

No dijeron nada nuevo. Las promesas de los candidatos a la Presidencia de la República del Paraguay no pasaron de la repetición de palabras errantes, de frases articuladas que se ajustaron al show mediático que se vio en América Latina por medio de la transmisión conjunta de CNN y el Sistema Nacional de Televisión (SNT). No hubo debate ni cuestionamientos. Faltaron las preguntas ácidas y las respuestas contundentes, así como las aclaraciones que hicieran aterrizar los discursos en algo más concreto que el afán proselitista, oportunista y efímero.

El foro de los presidenciables acaso sirvió para que los espectadores de países latinoamericanos recibieran una pincelada superficial de los planes de los aspirantes a gobernar el Paraguay en los próximos cinco años, así como para “informar” a algún que otro paraguayo en el exterior desconectado de los ruidos políticos del país. Pero no sirvió para dar respuestas claras ni indicar el camino que ofrecen, quizás por el formato rígido de la televisión, por el escaso tiempo que los condenó a recitar sus versos en rima alternada, por la falta de verdaderas propuestas o por la aviesa intención de no demostrar más que aquello que haga presumir a los incautos que tienen planes que podrían mejorar la realidad de todo un país, aunque se olvide la mejoría luego de las elecciones.

Las frases trilladas y las promesas esperanzadoras no lograron sin embargo ocultar el divorcio del discurso y la realidad, la lejanía de las palabras con respecto a su posible concreción en hechos. Ni siquiera se estableció una prioridad para los paraguayos y una manera efectiva de atenderla. Hasta resultó simpático cuando se tocó el tema de la educación, como si el tema fuera propio de una historia fantástica y no de una realidad doliente, como si quisieran divertir con las propuestas y no proponer medidas concretas.

Imagínense a Lino Oviedo prometiendo que la educación será “su obsesión”, en medio de sus conflictos con el idioma que impidieron la articulación de un discurso claro, ante la indocilidad de las palabras que no se dejaban domar para fluir en correcto español. O imaginen a Blanca Ovelar hablando de combatir el analfabetismo si gana las elecciones, cuando fue parte del mismo gobierno que no supo educar y que prometió “analfabetismo cero” en el 2008 (creo que se referían a este año). En tanto Pedro Fadul dijo que hay que recuperar al Ministerio de Educación para la educación y no para la politiquería, con lo que los politiqueros perderían uno de sus temas favoritos para el proselitismo, así como verían afectada la cantera de donde salieron el último presidente y la última candidata oficialista.

Pero en otros temas tampoco dejaron muy claras las cosas, como cuando Lugo -quien llamó la atención por su seriedad y por romper la monotonía de los trajeados sin la necesidad de recurrir al uniforme verde olivo, la boina o la guayabera- habló nuevamente de la renegociación de Itaipú y de la reforma agraria, pero sin establecer los pasos y mecanismos concretos para lograr los objetivos. Todos coincidieron en la necesidad de combatir la corrupción y de sanear la Justicia , pero dijeron lo mismo que se esperaba, lo que sabíamos y no vale la pena repetir, salvo si lo hacen para demostrar con autoridad moral y con credibilidad que efectivamente combatirán los flagelos y tomarán medidas que devuelvan la seriedad y la honestidad a las instituciones.

El reto que tienen los electores en el Paraguay es ver más allá de las palabras errantes de los candidatos y de las realidades lejanas que prometen, para vincular los proyectos a una probabilidad cierta de cumplimiento. No hay que dejarse engañar por los que siempre mienten, por los que prometen lo que sabemos que no cumplirán, por los que representan promesas desmentidas por sus actos, ni por los que ofrecen realidades que no existirán más que en forma de esperanza mientras dure la campaña proselitista.

Es hora de asumir una actitud cívica honesta que nos lleve a elegir al más creíble de los candidatos, a quien efectivamente trabaje en forma seria para mejorar el país. Y la sociedad debe ser no sólo la que elige, sino la que controla, exige, cuestiona, indaga y hace respetar sus derechos. Todos juntos debemos marcar el punto de inflexión que marque la divisoria clara entre un país atrasado y uno que efectivamente trabaja por superarse.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/