domingo, 28 de octubre de 2012

La competitividad, un síntoma del malestar


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Una de las grandes urgencias que nos ha impuesto la globalización es la necesidad de tener economías competitivas. Y cuando hablamos de competitividad sale a relucir uno de los grandes temas pendientes para el fortalecimiento de los países latinoamericanos. Mientras los países desarrollados hacen gala de su eficiencia de gestión, el ambiente de negocios favorable, la calidad educativa y la innovación, la productividad y el aprovechamiento estratégico de sus ventajas comparativas, en América Latina mantenemos estándares bajos de competitividad, mucha informalidad y poca planificación.

Lejos de los países más competitivos, Suiza, Singapur, Finlandia y Suecia, el primer país latinoamericano que aparece es Chile, ubicado en el lugar número 33, de acuerdo al Índice de Competitividad Global 2012-2013, elaborado por el Foro Económico Mundial. Más atrás vienen Panamá (40) Brasil (48), México (53), Costa Rica (57), Perú (61) Colombia (69), Uruguay (74), Guatemala (83), Ecuador (86), Honduras (90), Argentina (94), El Salvador (101), Bolivia (104), República Dominicana (105), Nicaragua (108), Paraguay (116) y Venezuela (126). Todo esto, dentro de un ranking que abarca a 144 países.

Las diferencias son muchas y se traducen en resultados para la gente: Suiza es un país ordenado, confiable y estratégico; Singapur es el país que ha dado uno de los saltos más extraordinarios de la historia, al pasar de la pobreza extrema a la riqueza abundante, gracias a su fuerte inversión educativa; Finlandia tiene a los mejores maestros del mundo y siempre ocupa los primeros lugares en rendimiento académico de los estudiantes; Suecia es un modelo de transparencia y eficiencia. En estos países la pobreza es casi inexistente, la calidad de vida es elevada y los niveles de crecimiento económico se traducen en importantes logros sociales.

En cambio, la poca competitividad latinoamericana se refleja en un país como Venezuela, que tiene tanto petróleo que debería ser una tierra sin pobres, pero sigue aferrado a la marginalidad y a la violencia que ubican a Caracas como la ciudad con la mayor tasa de homicidios del mundo. Con escasa inversión educativa, con poco apoyo a la investigación, la economía es la menos competitiva de Latinoamérica pese a los millonarios ingresos petroleros. O el caso de México, el país que pese a hacer bien los deberes y mantener los indicadores macroeconómicos bien controlados no ha logrado más que un crecimiento raquítico en los últimos años, insuficiente para atender sus grandes necesidades sociales. El factor de fondo: mala calidad educativa, poca inversión en ciencia y tecnología, lo que en su conjunto deriva en que no haya capacidad de innovar y ajustarse rápidamente a los requerimientos de la economía globalizada. Resultado: la mitad de la población vive en condiciones de pobreza, en un país rico.

La mala competitividad de nuestras economías debería llamarnos a una revolución que pase por planificar mejor, aprender a explotar los recursos naturales, invertir en educación, ciencia y tecnología, y sobre todo, buscar dar el salto de economías primarias a las del conocimiento, que es donde hoy se encuentra la mayor parte de la riqueza que necesitan nuestros pueblos. Con instituciones poco creíbles y poco sólidas, con inseguridad jurídica y física, con escaso nivel educativo y con gobiernos errantes, incapaces de construir con miras al futuro, será muy difícil que logremos los niveles de desarrollo y de beneficios sociales de los que hoy gozan los que saben cómo volverse competitivos.

La competitividad es un tema demasiado serio como para que países con grandes urgencias, como Paraguay, continúen sin atenderla como se debe. Hay que trabajar en construir instituciones más eficientes que garanticen mayores seguridades, al tiempo que se busca que los recursos humanos sean más competitivos y que la innovación tecnológica sea vista como parte esencial de la economía. Debemos volvernos competitivos, eficientes, serios y visionarios. Nuestras economías y nuestra gente lo agradecerán.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México