sábado, 8 de diciembre de 2012

En torno a la crisis de valores


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Una de las peculiaridades de los tiempos actuales o "líquidos", como dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, es la crisis de valores. En un mundo acelerado, cambiante y fugaz, se han relativizado las concepciones en cuanto a qué es aquello que debemos tener para construir sociedades más equitativas y menos injustas. Como pasadas de moda, la honestidad y la ética parecen zozobrar frente al oportunismo, al cinismo y la desfachatez. Como si la ocasión oportuna y avivada fuera suficiente para hacer a un lado momentáneamente los principios, para luego asestar el golpe y pretender que todo puede ser como antes. Así de relativos son los valores, piezas descartables o ajustables al olvido.

Muy lejos de las sociedades nórdicas en donde la confianza es uno de los elementos centrales, los latinoamericanos aprendemos a desconfiar desde niños, puesto que sabemos ciertamente que no ser desconfiado implica estar a merced del ladino, el avivado o el oportunista. Crecemos en la convicción de que no confiar en el otro es bueno, puesto que todos se cuidan de todos, como en una jungla moderna en la que sobrevive el que no se deja morder y a su vez muerde primero.

El sentido del oportunismo en desmedro de lo realmente valioso ha llevado a nuestras sociedades a priorizar el dinero fácil, la transa, el "arreglo" o lo chueco frente a lo honesto. Como si la migaja momentánea fuera más rica que el pan cotidiano. Y esto nos vuelve desconfiados e incapaces de planificar a largo plazo, pues se vive de la coyuntura, del momento, la oportunidad y el golpe en perjuicio del otro. Lo podemos ver en cada proceso electoral, cuando más que convencer a un electorado mediante plataformas sólidas que vislumbren el futuro de las naciones, operan las maquinarias proselitistas sobre la base del soborno, la compra de conciencias y el cinismo, mucho cinismo, como máscara que todo lo quiere encubrir.

Acaso no recordamos que en el siglo XIX cuando Chile tuvo una crisis de grandes magnitudes tuvo que recurrir a un educador para que reencause los valores y el destino de la nación. Aquel hombre llamado Andrés Bello supo devolverle al país sus convicciones y lograr que pase de un estado de convulsión a uno de grandes horizontes. O quizá hayamos olvidado la entereza de Eligio Ayala, tal vez el más grande estadista paraguayo, quien supo hacer de la austeridad, la honestidad y la inteligencia los elementos que sustentaron un proceso que permitió al país salir adelante en uno de los tramos más difíciles de su historia.

En sociedades en las que lo honesto es relativo, en donde los valores son canjeables y en donde la inteligencia quede a merced de la corrupción o el cinismo, no se puede construir como se debiera. Bello y Ayala se horrorizarían al ver que los valores que cimientan sociedades son hoy endebles, manipulables e inconstantes.

La crisis de valores nos impide definir con certeza cuáles son aquellos elementos que nos permitirán planificar y construir sociedades de mayores beneficios para todos. Mientras no recobremos la conciencia sobre el valor de la honestidad, la educación, la inteligencia y la confianza, seguiremos caminando con pasos dudosos y borrables, sin rumbo previsible.

Es probable que nunca hayamos vivido en sociedades tan cínicas como ahora. Y es por eso mismo que debemos recobrar las convicciones para hacerle frente a los cínicos. Al igual que con los fascistas, con los corruptos no se debe negociar: hay que combatirlos. Debemos señalar a los cínicos, a los avivados y ladinos que hacen que hoy vivamos en entornos precarios y poco edificantes. La crisis de valores nos ofrece la oportunidad de redefinir aquello en lo que creemos y en lo que confiamos para lograr mejores sociedades. Es hora de repensar nuestra situación y nuestro destino.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Ciudad de México, Distrito Federal, México

1 comentario:

Magin Villalba Nuñez dijo...

Bien dicho Señor......muy bien dicho.