viernes, 21 de diciembre de 2007

Josefina Pla, una paraguaya universal


No importó que los azares del destino la hubieran hecho nacer en las Islas Canarias (España). Josefina Pla (1909-1999) es una paraguaya de pura cepa, uno de los espíritus universales de la cultura del Paraguay. Llegó al país en 1927 y desde entonces dedicó toda su vida a la construcción de un mundo artístico tan rico como inmenso.

Poeta, dramaturga, narradora, ensayista, ceramista, crítica de arte y periodista, Doña Josefina paseó su talento por numerosas manifestaciones artísticas, sobresaliendo en cada una de ellas. A ella le tocó construir el arte en el país mientras figuras notables como Roa Bastos, Casaccia y Elvio Romero construían desde el exilio. Quizá por quedarse en una tierra oprimida por la dictadura su obra no trascendió todo lo que merecía.

Es hora de redescubrir a una escritora universal que con inteligencia y sabiduría supo pintar el universo paraguayo en obras como La mano en la tierra (1963), El espejo y el canasto (1981) y La muralla robada (1989), Voces femeninas en la poesía paraguaya (1982), La cultura paraguaya y el libro (1983), En la piel de la mujer (1987) y Españoles en la cultura del Paraguay (1985), entre otras

jueves, 20 de diciembre de 2007

La llaga: un paradigma de la narrativa paraguaya

La novela La llaga (1963) constituye uno de los mejores acercamientos narrativos a la realidad paraguaya y a la realidad humana. Escrita por Gabriel Casaccia (Asunción 1907-Buenos Aires 1980), presenta una visión profunda de la psicología de los personajes y del ambiente de la ciudad de Areguá, con sus miserias, sus chismes y sus rutinas improductivas.

El personaje enfermizo de Atilio, un joven inseguro y con complejo de Edipo, es como la representación de todos nuestros temores y frustraciones, del miedo a superarnos. En tanto el pintor Gilberto Torres es la pintura del típico arribista, el que no trabaja ni se esfuerza pero espera mejorar a costa de algún golpe de suerte….

Sin lugar a dudas, La llaga es una novela imperdible para todos aquellos que buscan comprender los complejos de la gente y el ambiente vacío en el que muchas veces se desenvuelven las personas y las sociedades.

Gabriel Casaccia fue cuentista, novelista, dramaturgo y periodista. Es considerado como el fundador de la narrativa paraguaya contemporánea. Exiliado del Paraguay, vivió la mayor parte de su vida en Argentina, en donde escribió casi todas sus obras, entre las que se destacan La babosa (1952), La llaga (1963), Los exiliados (1966), Los herederos (1975), Los Huertas (1981), entre otros.
Héctor Farina

martes, 18 de diciembre de 2007

El reto de pensar al Paraguay desde lejos

El reto de pensar al Paraguay desde la lejanía, con el techaga'u (nostalgia) presente, es hoy una necesidad para miles de paraguayos. Son muchos los que tuvieron que dejar el terruño, la familia y el ambiente cálido de nuestro país en busca de un "futuro", que no siempre es mejor en otros países.

La hermosa y nostálgica ciudad de Asunción, bordeada por el Río Paraguay, parece una postal eterna que vive en los recuerdos de los paraguayos que tuvieron que irse.

Pensar en el Paraguay desde lejos, tratar de mejorarlo y generar condiciones para volver, son desafíos válidos que deben sumarse a los esfuerzos de los que pelean desde adentro. El tema de los "exiliados" lo he tratado en varios artículos este año, como en Un país en fuga, Los de afuera, El desempleo voraz y El problema del reconocimiento (ver archivo), entre otros.

Vale la pena leer las obras de Augusto Roa Bastos y de Gabriel Casaccia, dos escritores que supieron pintar la realidad paraguaya desde la crueldad del exilio. Además de las tres novelas sobre el monoteísmo del poder de Roa, Hijo de hombre (1959), Yo, el Supremo (1974) y El fiscal (1993), recomiendo La Babosa (1952) , La llaga (1963) y Los exiliados (1966), de Casaccia.

Los paraguayos tenemos mucho que hacer por nuestra patria chica -el Paraguay- desde cualquier lugar de la patria grande en el que nos encontremos. Vale la pena luchar y superarse. La pregunta es: ¿Qué estamos haciendo para mejorar?

Héctor Farina

lunes, 17 de diciembre de 2007

Augusto Roa Bastos y el monoteísmo del poder


El monoteísmo del poder es uno de los ejes de la narrativa de Augusto Roa Bastos (1917-2005), el escritor paraguayo más universal. Con una pluma prodigiosa, Roa Bastos describe de manera incomparable el ejercicio del poder, desde las injusticias de los sistemas opresivos hasta el absolutismo de los gobernantes.

Una lectura minuciosa de su obra es necesaria para comprender el pensamiento de los dictadores, las injusticias sociales y muchos de los grandes flagelos que hasta ahora azotan a los países latinoamericanos.

La trilogía narrativa sobre el monoteísmo del poder se inicia con Hijo de hombre (1959), la novela en la que se presentan la crueldad de la explotación de los campesinos en los yerbales, en un sistema en el que los terratenientes mantenían esclavizados a sus trabajadores, así como el olvido y el desamparo en el que quedaron muchos de los ex combatientes de la Guerra del Chaco.

La obra cumbre de la narrativa paraguaya y latinoamericana llegó con la novela Yo, el Supremo (1974), en la que con un estilo excelso se presenta el pensamiento intransigente e incorruptible del Dr. Francia, el dictador perpetuo que consolidó la independencia del Paraguay y que manejó los hilos del poder con mano férrea, sin contemplaciones con sus enemigos.

Yo, el Supremo es consideraba como una de las obras narrativas más grandes del Siglo XX y forma parte de la galería de novelas célebres sobre el poder, junto con El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El otoño del patriarca, de García Márquez, y el Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán, entre otras.

La obra que completa la trilogía roabastiana es El Fiscal (1993), en la que se presentan las vivencias de un exiliado que ansía volver al Paraguay para acabar con el tiranosaurio Stroessner, que mantenía oprimido a todo un país.

La propuesta es hacer un acercamiento a la realidad de muchos países latinoamericanos por medio de la literatura de Roa Bastos, quien, además de una escritura prodigiosa que no tiene nada que envidiarle a ningún escritor del mundo, realiza un análisis certero y crítico de una realidad que en muchos casos todavía no hemos podido superar.

Héctor Farina

domingo, 16 de diciembre de 2007

Los seguidores del discurso

Por Héctor Farina (*)

El discurso de los políticos paraguayos y latinoamericanos mantiene un efecto llamativo más allá de las acciones concretas, más allá de los mensajes vacíos y de las promesas repetidas e incumplidas. Parece no importar que los discursos en realidad no digan nada, que las declaraciones no pasen de una retórica populista e insulsa y que los hechos prometidos no aparezcan sino en frases deshilachadas que se saben falsas, añejadas y de aparición recurrente en las campañas proselitistas.

Y ese efecto llamativo se percibe en que las palabras convencen a mucha gente, a los seguidores de discursos, que no ven más allá de las palabras y no sienten la necesidad de la corroboración ni aceptan otras palabras que riñan con lo que desean creer. Basta con hacer ruido y esgrimir argumentos que la gente quiere escuchar para que los seguidores de discursos tomen partido, para que repitan los mismos argumentos ante otra gente y tomen las declaraciones como ciertas, sin pensar siquiera en una posible dislexia o ruptura entre lo que se dice y la realidad. Para ellos el discurso es lo real, su fuente de información a partir de la cual construyen su propia realidad.

¿Cómo puede ser que haya gente que todavía escucha y hasta cree en las promesas del presidente Duarte Frutos, cuando los resultados de más de cuatro años de gestión lo desmienten? ¿Cómo es posible creer que Blanca Ovelar o Luis Castiglioni pueden cambiar algo en el país, si ambos fueron parte del mismo Gobierno que no hizo más que prometer y dejar de cumplir? Ni la una, ex ministra de Educación ahora apuntalada por el presidente, ni el otro, ahora divorciado de su papel de “segundo” del mismo presidente, tienen sustento para que creamos en una eventual mejoría, pero sus discursos siguen rimbombantes en busca de prosélitos.

Bastó que Oviedo salga de la cárcel y repita su ya conocido discurso populista para que la gente olvide sus años de prisión, los procesos en su contra, su huida tras la caída de Cubas y su llamativo enriquecimiento. Ahora lo siguen como si en sus palabras encontraran la luz, sin recordar el oscuro pasado que vivió el país cuando el ex general operaba como el “poder detrás del poder”. Y también bastó que Lugo gestara su discurso a partir del descontento contra el Gobierno para lograr adeptos en su causa, aunque a diferencia de los otros no tuvo todavía un espacio en el poder que lo pudiera desmentir. Pero esto no es garantía de que sus palabras algún día se conviertan en hechos beneficiosos para el país.

Los seguidores de discursos todavía se dejan engatusar por la verborragia de Chávez, que se desgañita en contra de Estados Unidos pero sigue dependiendo del petróleo que le vende a ese país, al tiempo de usar los petrodólares para intervenir en otros países usando la misma estrategia imperialista que dice combatir. Todavía creen en su retórica contra la pobreza, sin analizar por qué pese a que los ingresos por la venta del petróleo han aumentado de manera exponencial, la mencionada pobreza no ha mermado y existe un fuerte descontento social. Y véanlo al presidente boliviano, apadrinado por el mismo discurso populista, que ahora se enfrenta a protestas masivas en su contra e iniciativas separatistas de varias regiones de su país.

Es preciso que se aprenda a pensar y actuar más allá de los discursos, más allá de las promesas que concuerden con los deseos y las ideologías que se tienen. Hay que analizar los actos y los resultados de los actos, los antecedentes y las probabilidades de que se concreten las promesas. Si queremos mejorar, no bastará con seguir creyendo en los discursos, con esperar el cumplimiento de promesas o con pensar que el cambio viene de la mano del uno o del otro. Es hora de cambiar discursos por trabajo, y aprender a construir con acciones individuales y colectivas.

(*) Periodista
www.vivaparaguay.com

domingo, 9 de diciembre de 2007

Las trampas del mercado abierto

Héctor Farina (*)

La apertura de un mercado amplio, con millones de potenciales consumidores y con la posibilidad del libre tránsito para exportar, con ventajas arancelarias y con facilidades para el comercio, fue uno de los espejos más seductores para el ingreso del Paraguay al Mercosur, pues se veía en el bloque comercial una posibilidad fuerte de crecimiento económico, de aumento de la producción nacional y por consiguiente de generación de empleos para los paraguayos. Pero más allá de los acuerdos y las negociaciones, el mercado amplio no pasó de ser una tentación, una posibilidad que se concreta en muy pocos casos, cuando se superan todas las trampas de los países grandes del bloque.

Los mercados de Brasil y Argentina realmente nunca fueron abiertos a la producción paraguaya, pues al tiempo de invocar el libre mercado y los acuerdos de fraternidad fueron imponiendo sistemáticas trabas bajo cualquier disfraz. Ya se trate de medidas “sanitarias”, de etiquetado, de clasificación, de nomenclatura, color, raza o religión, siempre hay algún requerimiento que no se puede cumplir para el ingreso de productos paraguayos. Y estas trabas aparecen para frenar el ingreso de productos con valor agregado, de productos competitivos que pueden hacer frente a la producción brasileña y argentina.

Cuando se trata de materia prima que necesitan para sus industrias no existen las trabas y se puede disfrutar del mercado amplio, pero cuando los productos paraguayos se vuelven competitivos cambian de estrategia e invocan cualquier pretexto para bloquear el ingreso a sus mercados. Los ejemplos sobran, como la industria plástica que pese a ser competitiva sufre en exceso para enviar sus productos; la industria metalúrgica que no puede venderle ni clavos al Brasil, mientras los brasileños invaden el mercado paraguayo; la industria farmacéutica, que a pesar de tener productos con calidad y precio es frenada por medio de la burocracia, por citar sólo algunos casos.

Se habla del mercado amplio y de que somos “socios” comerciales, pero los países grandes frenan el desarrollo de los pequeños, le imponen trabas y le asignan cupos, mientras se aprovechan de la apertura de los mercados de esas economías pequeñas a las que no permiten crecer. Siempre se valieron de excusas para violar los acuerdos, como cuando mantuvieron trabas a la exportación de cubiertas remanufacturadas violando una decisión del Tribunal Arbitral del Mercosur, y como ahora que invocando una decisión de la OMC, el Brasil no permitirá el ingreso de las cubiertas. Es decir, no valen los acuerdos y basta invocar cualquier excusa, interna o externa, para bloquear el comercio y hacer que las industrias paraguayas cierren. E increíblemente en un mercado “abierto”, basta que un agente externo les diga algo para que perjudiquen gratuitamente al “socio”, el mismo al que supuestamente le deberían abrir el mercado…

Creo que ante estas trampas y deslealtades, la salida es volver competitiva a la producción paraguaya, pues un producto con calidad y buen precio siempre se abre camino hacia el consumidor, a pesar de las trabas, mientras que si el producto no vale la pena no se le venderá a nadie. Y creo que si los socios del bloque siguen trabando las exportaciones paraguayas, el Paraguay debe plantarse y no volver a negociar nuevos acuerdos hasta que se respeten los vigentes, así como no se puede mantener la inequidad de abrir nuestro mercado mientras ellos nos cierran los suyos. No estaría mal seguir el ejemplo de Uruguay, que ante las permanentes injusticias del Mercosur está analizando la posibilidad de establecer acuerdos comerciales fuera del bloque y buscar nuevos mercados para su producción.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/

domingo, 2 de diciembre de 2007

En busca de una política industrial

Por Héctor Farina (*)

Los problemas derivados de la falta de desarrollo de las empresas e industrias en el país, sobre todo en lo referente a la generación de empleos, hasta ahora no han sido atendidos correctamente, en tanto se repiten los reclamos y los intentos de cubrir con parches las fallas estructurales que requieren soluciones de fondo. Se suceden los ministros y viceministros de Industria, se lanzan y relanzan proyectos, se crean nuevos organismos, se reparten fondos en mesas, comisiones e iniciativas, pero no se ataca un problema central: la falta de una política industrial.

No hay una planificación clara de qué es lo que se quiere para el sector industrial, de cómo hacer que las industrias prosperen y generen empleos y riqueza. Hay quizás tantas iniciativas y proyectos como reclamos, pero esto se parece a un cambalache en el que se intercambian protestas por parches, promesas por reclamos y limosnas por trabajo, cuando lo que se requiere es una política de desarrollo que marque claramente la línea hacia el crecimiento.

Dentro de este caos, hay casos emblemáticos como los de la industria confeccionista y la industria calzadista. Ambos sectores vienen haciendo los mismos reclamos desde principios de los años 90’ , mientras el Gobierno no atina a reaccionar con tino y deja que el contrabando, la informalidad y la falta de competitividad se lleven miles de puestos de trabajo que los paraguayos necesitan. Tanto confeccionistas como calzadistas fueron literalmente arrasados por la competencia asiática: las prendas de vestir y los calzados ingresan de contrabando y se venden a precios irrisorios con los que la industria nacional no puede competir.

Como respuesta, el Gobierno, que no tiene una política industrial, ensayó sus recetas de manual que nunca funcionaron, como aplicar aranceles a la importación sin lograr que se cumplan, hacer “comisiones” y “operativos” anticontrabando, y alguna que otra redada contra comerciantes minoristas -a fin de captar la atención de los medios-, mientras las industrias seguían cerrando por no poder competir. A pesar de los años, de los gobiernos y los proyectos, la situación no ha cambiado mucho, aunque hay algunos signos alentadores como las crecientes exportaciones de los confeccionistas.

Estos ejemplos deberían ser más que claros para que el Gobierno y los industriales trabajen en la planificación de una política industrial que permita mejorar la competitividad de los productos nacionales y se puedan superar males endémicos como el contrabando y la pérdida de mercados. Lo fundamental es tener una planificación que permita a las industrias crecer y generar empleos, competir y exportar, de manera tal a que se generen empleos y oportunidades para el desarrollo.

Una política industrial debe incentivar el desarrollo y generar las condiciones para ello. Se requieren sistemas de financiamiento concretos, incentivar la inversión en tecnología y la capacitación de los trabajadores, un sistema tributario que favorezca la producción y fomente las exportaciones, rutas en buen estado y facilidades para el transporte, todo esto dentro de una campaña agresiva que fomente la competitividad de la producción paraguaya. Igualmente, se tiene que resolver el problema de las injusticias del Mercosur, pues mientras brasileños y argentinos traban las exportaciones paraguayas, el mercado paraguayo sufre por la invasión de productos extranjeros ilegales.

El gran desafío es articular en forma planificada todas las necesidades y potencialidades del sector industrial, para poder solucionar los problemas de fondo que frenan el desarrollo y no seguir dependiendo de reclamos, llantos, parches y promesas que no sirven más que para prolongar la agonía.

(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/