martes, 11 de agosto de 2009

La tecnología como laberinto


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Los usos de las computadoras e Internet se han incorporado a la vida cotidiana de una manera tan acelerada, que quizás todavía no terminamos –como sociedad- de asimilar todo lo que esto implica y comprender cuál es nuestra responsabilidad y cómo sacarle el máximo provecho a las herramientas tecnológicas. En poco tiempo, pasamos de la generación de la televisión a la de la computadora, en una transición empujada por el desarrollo tecnológico que, sin embargo, no ha variado mucho nuestra situación de precariedad educativa. Y esa falta de preparación integral que nos permita comprender este tipo de transiciones es la que nos limita y nos coloca frente a un mundo complejo y cambiante sin los conocimientos necesarios para usar la tecnología en beneficio de la sociedad.

En la actualidad los niños y los jóvenes pasan muchas horas frente a una computadora. Usan el correo electrónico, el Messenger, navegan por páginas de todo tipo, participan en comunidades virtuales como Facebook, Orkut, Hi5 y otros sitios, buscan y difunden información, comparten fotos y temas de interés. Internet es no solo una fuente de información sino un mecanismo de entretenimiento en donde uno puede perderse en medio de un laberinto en el que las posibilidades son prácticamente inagotables. Desde lo educativo y lo beneficioso hasta lo fútil y lo nocivo, todo se da cita en una red en la que hay que aprender a desenvolverse con criterio y conocimiento.

Pero en el proceso de formación hay un error que parece que no hemos comprendido como se debe: aprender a manejar una computadora o navegar por Internet no significa que se haya aprendido a construir algo productivo a partir de estas herramientas. Nos emocionamos con la tecnología y casi le dejamos el trabajo de educar, sin pensar que, contrariamente a esto, lo que se requiere es darles una educación más sólida a los niños y jóvenes para que sepan cómo aprovechar los recursos de la tecnología. Las herramientas no sustituyen al pensamiento, sino que son un mero instrumento que puede ser útil en las manos preparadas, y perjudicial en las manos no aptas.

Las facilidades de Internet hacen que muchos docentes, desde una perspectiva simplona y mediocre, encarguen a sus alumnos que “investiguen” en la red sin antes darles una orientación adecuada, con lo que lo único que se consigue es que los estudiantes “copien y peguen” cualquier información, sin crítica ni esfuerzo. Ni el maestro enseña ni el alumno aprende, sino que mutuamente se engañan al usar herramientas para extraer informaciones que no entienden. Con esto no solamente no se avanza sino que se retrocede a un estadio en el que ya no se ejercita el pensamiento ni se requiere del esfuerzo, pues bastan las capacidades elementales de manipulación tecnológica.

Para explotar las potencialidades de las computadoras e Internet, primero tenemos que dotar a los ciudadanos de la capacidad de pensar en forma crítica e independiente. Los programas de estudio deben diseñarse pensando que la tecnología no reemplaza ni a la lectura ni a la discusión. Si no logramos desarrollar las herramientas intelectuales, no podremos hacer que las herramientas tecnológicas nos enseñen el camino. Al contrario, sin un pensamiento crítico y una visión clara de hacia dónde queremos ir, lo único que lograremos es que la tecnología sea un fetiche, una distracción y un objeto más del consumismo vacío que hoy lleva a nuestra sociedad a perderse en lo trivial, lo insulso y lo decadente.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
www.vivaparaguay.com

lunes, 3 de agosto de 2009

Las industrias y el desarrollo

Por Héctor Farina (*)

Las disposiciones adoptadas por el Gobierno para aumentar la carga tributaria a las prendas asiáticas y poner así fin a la subvaloración o “contrabando legalizado”, son un gesto significativo a favor de la industria nacional, sobre todo porque el reclamo de los industriales fue desatendido por todos los gobiernos que se sucedieron en el periodo de transición democrática. La invasión de prendas asiáticas se inició a principios de los 90’ y desde entonces la industria nacional fue perdiendo terreno ante la imposibilidad de competir con los precios irrisorios de los productos importados, que ingresaban directamente de contrabando o pagando valores insignificantes para “disimular” que cumplían con las formalidades de la importación.

Por un lado, en caso de que las medidas se cumplan –eso siempre está en duda por la fragilidad de los controles aduaneros- permitirán a las industrias nacionales una competencia más sana, ya que no existirá esa distorsión grosera que durante años favoreció a todo lo importado en detrimento de lo que se producía en el país. Definitivamente, resulta insostenible que un país serio privilegie a los contrabandistas, trianguladores y oportunistas, en tanto se perjudica a la industria paraguaya, al punto de hacer que se pierdan más de 30 mil empleos. Por ello, el mensaje del Gobierno parece indicar que el rumbo que se tomará es diferente al que tomaron las administraciones anteriores.

No obstante, más allá de las medidas que tienden a eliminar las distorsiones y favorecer una competencia más justa, se debe tener en cuenta que en un mundo globalizado se requiere competitividad y que las industrias paraguayas tienen serios problemas con eso. No bastarán las medidas proteccionistas si no se apuesta a fortalecer la capacidad de competencia de las industrias locales, de manera que puedan producir con mayor calidad, en mayor cantidad y con precios accesibles.

Las industrias, y las empresas paraguayas en general, necesitan un fuerte apoyo para que tengan la capacidad de generar desarrollo, crear empleos y ganar mercados internacionales. Y ese apoyo debe entenderse como incentivos fiscales para la producción, apoyo tecnológico, capacitación permanente para los trabajadores, créditos para las pequeñas y medianas empresas, más obras de infraestructura y más apoyo de las instituciones estatales para buscar mercados y atraer inversiones.

El Gobierno debería mejorar las condiciones de producción y distribución de las industrias. Y una forma de hacerlo es por medio de la construcción de obras de infraestructura que faciliten las comunicaciones, de forma que se pueda reducir el costo país y que se logre minimizar en algo el elevado precio de la mediterraneidad. Necesitamos más rutas para facilitar el transporte de los productos, porque si se siguen teniendo costos tan elevados en materia de logística será difícil mejorar la competitividad de la producción. Un sistema de comunicaciones en buen estado permitiría transportar más fácilmente la materia prima, los insumos y los productos, con lo que se reduciría el costo de operación y ello podría traducirse en un producto más barato y competitivo.

Con la disminución de la competencia desleal de los productos asiáticos se puede recuperar gran parte del mercado nacional, pero para consolidar el crecimiento se debe apuntar a los mercados internacionales, como de hecho se viene haciendo con relativo éxito en el rubro de las confecciones. Revisar la política de acuerdos comerciales, así como priorizar la búsqueda de nuevos mercados para los productos nacionales, deberían ser dos de los objetivos a corto plazo de la política exterior.

La industria de la confección podría generar una cantidad importante de empleos en poco tiempo y con ello se podría darle un impulso notable a la economía nacional. Lo mismo ocurre con otros sectores que desde hace años esperan un poco de consideración de parte de las autoridades. Si se consolida una política para estimular la competitividad de las empresas nacionales, lograremos un paso vital hacia el crecimiento económico y la generación de empleos y oportunidades.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
www.vivaparaguay.com

lunes, 27 de julio de 2009

Los postergados del Mercosur

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las postergaciones diplomáticas y efectivas de los temas importantes en las cumbres del Mercosur tienen como destinatarios favoritos a los dos países más pequeños del bloque: Uruguay y Paraguay. Ya es algo frecuente que se firmen comunicados conjuntos, que se realicen promesas de cooperación y apoyo, que se fijen metas futuras y que se asuman compromisos discursivos, pero siempre queda la sensación de que en realidad no se ha avanzado mucho porque en la práctica serán Brasil y Argentina los que impongan las verdaderas reglas del juego, que distan mucho de las que se acuerdan oficialmente.

El tema de las asimetrías es uno de los eternos reclamos de los países de menor desarrollo relativo del bloque, pero hasta ahora no se han establecido mecanismos justos y las condiciones de inequidad continúan a favor de las economías grandes y en perjuicio de las economías pequeñas. Brasil y Argentina siguen poniendo trabas a las exportaciones de productos paraguayos y uruguayos para proteger sus mercados, en tanto invocan los mismos acuerdos que no cumplen para evitar que los demás les apliquen las mismas trabas. Cuando los países grandes quieren exportar esgrimen los acuerdos, pero se olvidan de ellos cuando a los países pequeños les toca vender.

En ese sentido, la protesta de los industriales paraguayos es más que justificada: mientras los productos brasileños invaden el mercado paraguayo –ya sea en forma legal o ilegal-, los productos nacionales con valor agregado tienen que enfrentar una cantidad interminable de trabas paraarancelarias, que en la práctica hacen inviables las exportaciones. Las grandes compañías brasileñas pueden trabajar libremente y vender sus productos en Paraguay, pero los industriales metalúrgicos paraguayos no pueden ni siquiera exportar clavos al mercado brasileño sin pasar por todas las trampas que se ponen para evitar el libre comercio.

El discurso del libre tránsito de personas y mercaderías dentro del bloque no concuerda con los operativos militares que realiza el Brasil en la frontera, ya que con ello no sólo se busca asfixiar el comercio en Ciudad del Este sino que se desincentiva el turismo hacia el territorio paraguayo. Las trabas comerciales, los “controles” militares para asustar a los turistas, el incumplimiento de los acuerdos y las postergaciones de los reclamos de los socios menores, no forman parte del “espíritu” de integración que se preconiza en cada cumbre.

La reparación de las injusticias en el Mercosur ya no puede ser postergada. Paraguay debe hacer causa común con el Uruguay en la idea de negociar acuerdos comerciales con otros países, ya que no podemos permanecer atados a un bloque que cierra las fronteras a nuestros productos y que solo beneficia a los países grandes mientras empobrece a los más pequeños. No se puede seguir a merced de un esquema en el que las grandes industrias brasileñas se desarrollan libremente, en tanto las industrias paraguayas son perjudicadas y terminan empobrecidas o quebradas.

El histórico acuerdo alcanzado en el tema de Itaipú –que todavía falta que se cumpla-es una prueba de que es posible conseguir que se atiendan los reclamos paraguayos y de que se debe seguir una política firme para hacer respetar los derechos de la nación. Como país socio con plenos derechos en el Mercosur, tenemos que dejar claro que los acuerdos deben cumplirse y que no se tolerará que la economía paraguaya siga siendo perjudicada por culpa de las injusticias de los socios. El bloque no puede seguir funcionando como hasta ahora: si no se corrigen las aberraciones, se debe buscar otro camino, uno en el que haya más equidad y menos engaño.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.

www.vivaparaguay.com

martes, 21 de julio de 2009

Lo que leemos en la sociedad

Por Héctor Farina Ojeda (*)

A la gravedad de tener un bajo nivel de lectura y a la poca comprensión de lo que se lee en los libros, tenemos que sumarle un hecho igual o más preocupante: los niños y jóvenes quizás no comprendan bien lo que leen en los textos pero comprenden muy bien lo que leen en la sociedad. Esta es una de las cuestiones fundamentales que debemos analizar si queremos construir una sociedad para el conocimiento, de acuerdo a lo que propone Guillermo Jaim Etcheverry en su libro La tragedia educativa (1999), en el que pinta con ejemplos las contradicciones de los sistemas educativos y de las políticas orientadas a formar personas preparadas.

Jaim Etcheverry, ex rector de la Universidad de Buenos Aires, dice que en realidad fallamos en la educación porque predicamos lo contrario a lo que hacemos: mientras por un lado en las escuelas se habla de la importancia de la lectura y del conocimiento, por el otro lado vivimos rodeados de ejemplos que indican un claro desprecio hacia estos valores. En nuestras sociedades se privilegia el dinero fácil, lo superficial y lo material. Se endiosa la figura del avivado, del oportunista que saber hacer dinero a costa de algún golpe de suerte o del engaño, en tanto se denigra a los que promueven el conocimiento. Los politiqueros y los corruptos gozan de “prosperidad” económica, mientras que los maestros son la muestra de que el sacrificio a favor de la educación no equivale a una recompensa justa.

Desde esta perspectiva, podemos pensar que nuestra educación falla porque los contenidos educativos que pretendemos inculcar son retóricos y ajenos a la realidad, en tanto los ejemplos cotidianos que vemos en la sociedad indican que el camino es otro y que no pasa precisamente por aquello que se declama en las escuelas. Cuando vemos que un político inculto ostenta un cargo de senador y hace gala grosera de su poder, sin el más mínimo pudor ni respeto hacia los ciudadanos, como sociedad estamos enviando el mensaje de que no hace falta ser educado y que no se necesita del sacrificio para llegar a ocupar puestos de importancia. Cuando se arregla todo por medio de coimas, cuando se recurre al compadre o al padrino para conseguir algún beneficio al margen de la ley o algún cargo sin tener la preparación adecuada, se enseña que el camino fácil es el torcido y que lo que se enseña en las escuelas no deja de ser un requisito que luego se ha de olvidar.

Los ejemplos que damos como sociedad son fundamentales para establecer qué tipo de enseñanza les damos a los niños y jóvenes. De nada servirá repartir libros y hacer declaraciones retóricas en las escuelas, si con nuestra forma de actuar terminamos desmintiendo todo lo bueno que se pretende enseñar. En una sociedad en la que predominan el escándalo, el ruido y el espectáculo grotesco; en un ambiente en el que se privilegia el amiguismo, el nepotismo y el compadrazgo antes que la calidad profesional de las personas, no podemos pretender enseñar algo diferente de lo que mostramos todos los días.

Será difícil convencer a los niños y jóvenes de que la educación es el camino correcto si seguimos viendo que la televisión idolatra el insulto, el escándalo, el chisme y lo chabacano en detrimento de la inteligencia y la seriedad. Si para ser famoso o para tener un cargo público de relevancia no se necesita otra cosa que hacer ruido, vivir en el bochorno o ser servil en un sistema corrupto, no podemos esperar que las nuevas generaciones tomen un camino distinto al que conocen por medio de los ejemplos.

Para revertir la situación de pobreza educativa tenemos que empezar por recuperar los valores que pretendemos inculcar, para tener los elementos necesarios con los cuales construir un país mejor. Tenemos que ser más exigentes con nuestros actos, con nuestros gobernantes y con la forma en que queremos vivir. Si no asumimos el compromiso de enseñar con el ejemplo y seguimos dejando a los niños y jóvenes a merced de la influencia de lo frívolo, lo mediocre y lo corrupto, el resultado será la repetición del mismo modelo de miseria y atraso que venimos arrastrando desde hace años.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
www.vivaparaguay.com

domingo, 5 de julio de 2009

Delfín Chamorro y el tesoro perdido

Por Héctor Farina Ojeda (*)

La situación de pobreza educativa en el Paraguay y las eternas quejas de la mala calidad de los sistemas de enseñanza parecen no corresponder al futuro de un pasado en el que tuvimos a una de las figuras más extraordinarias de la cultura paraguaya: Delfín Chamorro (1863-1931). Este docente, periodista y notable gramático es uno de los referentes más importantes de la educación en Paraguay. Oriundo de Caaguazú, inició sus estudios en la ciudad de Villarrica -entonces asolada por los efectos de la Guerra Grande- y pese a las precariedades de su familia y del país, logró avanzar para terminar constituyéndose en uno de los maestros más reconocidos de nuestra historia.

El profesor Chamorro recibió una formación básica del sistema educativo pero su enorme vocación autodidacta y su gran pasión por la lectura lo convirtieron en un erudito. Apoyado por otro gran maestro como Ramón Indalecio Cardozo, Chamorro supo hacer de la docencia un arte y desarrollar métodos más efectivos de enseñanza, como el famoso “método Chamorro” mediante el cual simplificó y mejoró la forma de enseñar gramática. Con un trabajo incansable, con vocación y con ejemplos, nos enseñó una lección que los paraguayos parece que hemos olvidado: la educación es fundamental para nuestro desarrollo como sociedad y como ciudadanos.

El ejemplo de Chamorro y otros notables intelectuales de la época, que convirtieron a Villarrica en la capital cultural del país y en el mejor lugar para educarse, es una muestra clara de que a pesar de las adversidades podemos formar ciudadanos preparados y conscientes que sepan guiar al país hacia un destino diferente al que hoy tenemos por culpa de la mediocridad. La politización de la educación quizá sea una de las causas por las cuales abandonamos la tradición de tener grandes educadores para dar paso a los acomodados, los politiqueros y los oportunistas al amparo de los gobiernos de turno. No solo invertimos poco en la educación, sino que la mayoría de los recursos se pierde para sustentar un sistema clientelista en el cual se premia a los mediocres y se castiga a generaciones de paraguayos con una pésima enseñanza.

Ante el fracaso rotundo de la reforma educativa, que evidencia que no sólo se ha perdido tiempo y dinero sino que se ha postergado la necesidad impostergable de optimizar nuestra educación, deberíamos plantearnos seriamente qué es lo que queremos: si priorizar la calidad e invertir en la gente o seguir gastando para mantener una burocracia ineficiente y parasitaria que hasta ahora no ha traído beneficios más que para unos pocos.

En tiempos en los que el conocimiento es el tesoro más valioso de cualquier sociedad, debemos orientar nuestros esfuerzos hacia la calidad educativa. El profesor Chamorro y sus enseñanzas no deben quedar en el olvido: son un ejemplo de que podemos construir un país mejor, empezando por tener mejores ciudadanos, con más compromiso y responsabilidad. Tenemos que recuperar la tradición de los grandes educadores y darle al maestro el lugar que se merece, para empezar a diseñar un futuro sobre la base del conocimiento. Necesitamos más trabajo y menos excusas, porque si no rectificamos rumbos hoy, el mañana será mucho peor.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales

sábado, 4 de julio de 2009

El poder del lenguaje

Por Héctor Farina (*)

Una de las más irónicas paradojas de nuestros tiempos es la pérdida de la capacidad expresiva del lenguaje, precisamente en momentos en donde las tecnologías de la comunicación hacen posible comunicarse prácticamente a cualquier parte del planeta. Como lo sentenciara en alguna ocasión el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “este mundo comunicadísimo se parece cada vez más a un reino de mudos”. Esto podríamos traducirlo como que en tiempos en los que parecemos estar más comunicados gracias a herramientas tecnológicas, como los teléfonos celulares o Internet, en realidad hemos empobrecido nuestros recursos expresivos para comunicarnos con los demás, debido a que nuestro cultivo del lenguaje se encuentra en crisis.

Las deficiencias en el uso del lenguaje son evidentes en cualquier sistema educativo de América Latina. Los alumnos pasan durante años por las escuelas y las universidades, pero los sistemas de enseñanza no han podido lograr una formación sólida en cuanto a nuestra capacidad de expresión: por ello seguimos teniendo problemas de orden gramatical, por eso la sintaxis y la semántica no son bien vistas, y por eso hay inconvenientes para escribir un texto, para argumentar de manera razonada y para entablar una comunicación verdadera en la que las dos partes entiendan lo que el otro quiere decir. Pero entender al otro no pasa solo por conversar o intercambiar mensajes, sino por captar la expresividad de lo que este quiere comunicar.

Cuando hablamos y no expresamos, caemos en lo que Milan Kundera narra en una de sus novelas, en donde dos personas hablan y hablan pero no se escuchan, de manera que lo que en realidad hacen es ignorar los mensajes del otro para tratar de imponer los propios, con lo que se logra una barrera infranqueable para la comunicación. Cuando nuestra falta de herramientas, de palabras e ideas, para comprender a los demás nos limita la capacidad de decodificar los mensajes ajenos, terminamos creyendo que lo que el otro quiere decir es en realidad lo que nosotros queremos escuchar, lo que queremos entender. Y ese es un grave problema que afecta a la vida cotidiana, a las relaciones humanas y a la comprensión de lo que ocurre en las sociedades.

En Paraguay tenemos una capacidad expresiva notable gracias al bilingüismo que nos permite recurrir tanto al español como al guaraní para pintar con palabras y frases aquello que queremos comunicar. Pero esa riqueza se ve limitada cuando no cultivamos el lenguaje, cuando usamos cada vez menos palabras y cuando nos conformamos con repetir frases que otros usan sin saber a qué se refieren. Ante el deterioro de la capacidad expresiva, tenemos que pensar cómo podemos mejorar nuestra comunicación con los demás, cómo construir sistemas educativos en los que se logre una formación sólida en cuanto a la lengua española y el guaraní, y sobre todo cómo incorporar hábitos que favorezcan un enriquecimiento del lenguaje.

Para enriquecer nuestra capacidad de expresión tenemos que cultivar el hábito de la lectura, del diálogo y la comprensión. En la era de la información es necesario que aumentemos nuestro nivel de lectura, que mejoremos nuestra capacidad de entender a los demás y que incrementemos nuestros recursos expresivos así como la calidad de lo que expresamos. Recuerdo que la profesora de lengua y literatura Emina Nasser de Natalizia decía que era “imperdonable” que en una casa o en un lugar de trabajo no haya un diccionario, porque se trata de una herramienta fundamental para la comprensión de las palabras.

Leer más, aprender más palabras, hablar más con los demás y ejercitar nuestra capacidad de comprensión, son tareas básicas que deberíamos realizar para tratar de comunicarnos mejor y no caer en un mundo absurdo en el que todos dicen algo pero los mensajes se pierden porque nadie escucha ni interpreta.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.

lunes, 8 de junio de 2009

La educación se fue al diablo

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Desde hace muchos años sabemos que en América Latina algo no funciona bien en materia educativa. Pero la situación quizá sea mucho más crítica de lo que creemos si empezamos a comparar y miramos cómo están los países del primer mundo, o si recordamos un pasado en el cual todavía creíamos en la formación educativa. “La educación de Occidente se fue al diablo hace 80 años”: la expresión pertenece al Dr. Fernando Leal Carretero, filósofo, lingüista e investigador de la Universidad de Guadalajara (México), quien en medio de una clase de doctorado pareció resumir gran parte de nuestra historia actual con dicha afirmación.

Ante mi curiosidad sobre esta sentencia tan dolorosa, Leal Carretero respondió que la pregunta grande que deberíamos hacer es ¿qué pasó hace 80 (o 50 o 100) años?, con respecto a la educación. Como ejemplo, dice que una evidencia clara del problema de la educación en México es la enorme diferencia que hay entre la buena calidad de lo que escribían los periodistas a finales del siglo XIX en el país azteca y la mala calidad de lo que se escribe hoy. No obstante, no se trata de un problema exclusivo de México, sino que afecta a toda la cultura occidental, sobre todo a los países de América Latina, en los que se nota más el rezago.

Y aunque el académico advierte que su afirmación es apenas un “esbozo de hipótesis”, porque requiere investigar más para concluir algo de manera contundente, dice que su razonamiento se basa en varios factores, entre ellos que la educación clásica y tradicional tiene como fundamentos dos aspectos: saber leer y escribir, por un lado, y saber contar y medir, por el otro. En el caso de saber leer y escribir, en la Edad Antigua se habían construido tres disciplinas para educar: la gramática, la lógica y la retórica. Sobre la base de estos tres pilares, durante siglos se instruyó a numerosas sociedades. Con la caída del imperio romano, este sistema de enseñanza se conservó casi exclusivamente en los monasterios, pero con Carlomagno se recuperó el sistema y se aplicó en Occidente hasta el siglo XIX, cuando empezó a decaer. Y aquí viene la gran pregunta: ¿qué pasó a partir de ahí para que la educación haya cambiado y hoy se encuentre en una situación lamentable?

Evidentemente, algo hemos hecho mal en todo este tiempo para que hoy tengamos sistemas educativos deficientes y que se haya perdido la calidad en la enseñanza de cuestiones tan básicas como la gramática o la matemática. Hoy, mientras vemos que los países asiáticos progresan a pasos agigantados, no podemos dejar de pensar en nuestros países latinoamericanos que tienen un promedio de escolaridad de apenas siete años, una cifra muy retrasada en comparación con los países asiáticos. Y la diferencia es más grande si pensamos en que además de los enormes niveles de deserción escolar que tenemos los latinoamericanos, debemos sumarle la mala calidad de lo que se enseña y lo que se aprende.

Una tarea obligada que tenemos hoy en países como Paraguay es analizar y debatir sobre la realidad de nuestra educación, para proponer soluciones que nos permitan salir del tercermundismo al que nos hemos condenado nosotros mismos. ¿Qué es lo que podemos hacer para recuperar nuestra capacidad de expresión, de pensamiento y acción? ¿Cómo podemos construir un sistema educativo que pueda formar mejores ciudadanos? ¿Qué estamos haciendo y qué responsabilidad tenemos que asumir para sacar al país del rezago educativo? Si nuestra educación se fue al diablo, deberíamos asumir el desafío de intentar responder estas preguntas para luego trazar un camino que nos aleje de los males de la ignorancia, de la pobreza y de la miseria.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
www.vivaparaguay.com