Por Héctor Farina Ojeda (*)
La recurrencia de muchos de los temas que conforman la vida nacional nos habla de que más allá de los hechos particulares hay cuestiones de fondo que siguen siendo caldo de cultivo para muchos males. Nos repetimos siempre en el ejercicio del asombro al enterarnos de casos de negligencia, de mala administración de los recursos, del derrumbe de obras defectuosas, de los altibajos de la economía y de la inestabilidad y la falta de rumbo en aspectos tan sensibles como la planificación de un país.
No deberíamos sorprendernos ni esperar nada distinto de lo que tenemos, si no atacamos los fundamentos de los problemas que aquejan a la sociedad. Si pensamos en los casos médicos, en donde la sombra de la negligencia o la incapacidad aparecen como culpables, resalta como problema de fondo la falta de una preparación adecuada de los profesionales, lo que se explica por los bajos niveles de calidad educativa que tenemos en nuestras casas de estudio.
El mismo denominador podemos encontrarlo en los casos de las construcciones mal planificadas, que cuando derivan en un derrumbe o alguna desgracia nos interpelan sobre qué tipo de preparación tienen las personas encargadas de planificar, construir y verificar las obras. Nos queda la duda sobre la eficiencia y la calidad de los materiales, como las varillas y el cemento, con lo que ponemos en entredicho el buen funcionamiento de las industrias que abastecen de insumos al sector de la construcción.
Al cuestionarnos sobre por qué las empresas paraguayas tienen muy malos indicadores de competitividad y no logran posicionarse con firmeza en el mercado internacional o al pensar en la notable incapacidad de los negociadores para conseguir mejores condiciones, tanto en el Mercosur como en las hidroeléctricas que compartimos con Brasil y Argentina, no podemos dejar de ver que detrás de los malos resultados, la impericia y otros males se incuba la pobre calidad de la formación de nuestros recursos humanos.
Y este mismo fundamento es el que subyace a muchos otros males que aquejan a la sociedad paraguaya: desde una justicia injusta e ineficiente –que se soporta sobre la base de funcionarios no idóneos ni capacitados- hasta la constante desilusión que nos llevamos cuando analizamos los resultados de la gestión de los administradores del poder. Mala calidad de gestión, malos negociadores, profesionales negligentes, personas poco aptas en puestos que son claves para el funcionamiento del país: todo esto tiene como origen un sistema de formación que no satisface las necesidades de competitividad para pensar en planificar una sociedad con un destino menos incierto.
Sin embargo, lo más curioso de todo es que conocemos muy bien este panorama pero hasta ahora no hemos sabido encontrar la manera de hacer un viraje que nos ubique más cerca de un país estable, con una economía sólida y en crecimiento constante, y más lejos de un país en el que se repiten los errores y se mantienen elevados índices de pobreza, desempleo, exclusión y corrupción. Nos llenamos de diagnósticos, de reclamos y medidas de urgencia para parchar conflictos, pero el fundamento de los problemas sigue siendo una usina generadora de los males que decimos que queremos erradicar.
Para mejorar la economía, lo primero que hay que hacer es un cambio radical en la formación de los cimientos del país: necesitamos mejorar los niveles de competitividad de profesionales –en todos los ámbitos- para lo cual tenemos que hacer una profunda revisión de los sistemas de capacitación de nuestros recursos humanos.
Una medida fundamental es empezar a trabajar en la formación de equipos dirigenciales competitivos, priorizando la calidad profesional de los recursos humanos. Y esto implica hacer una planificación a mediano y largo plazo, en la que se apunte a invertir lo que sea necesario en una educación que nos permita tener mejores negociadores, mejores administradores, mejores empresarios y mejores profesionales de todos los ámbitos. Cuando la economía esté en manos más preparadas, podremos aspirar a resultados más satisfactorios. De lo contrario, ya sabemos con qué tipo de carencias y atraso seguiremos viviendo.
(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México
Publicado en el suplemento especializado en economía y negocios “Estrategia”, del Diario La Nación, de Paraguay
domingo, 29 de mayo de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
La confianza y el desarrollo de la economía
Por Héctor Farina Ojeda (*)
Los saltos y caídas de la economía paraguaya en los últimos años son un reflejo claro de muchas de las cuestiones pendientes que se tienen para consolidar una tendencia de crecimiento y equidad. Hay una marcada inestabilidad, inconstancia y falta de solidez que derivan en que se tenga una economía maleable y que a menudo nos ofrece más dudas que certezas en cuanto a su desarrollo a mediano y largo plazo. Como casi todas las economías latinoamericanas, la paraguaya conlleva e incuba el germen de la incertidumbre.
En este contexto, el desarrollo de un sistema de confianza es una materia pendiente que, si se trabaja de la manera correcta, podría convertirse en un aval e incentivo para muchos beneficios económicos: desde la radicación de inversiones y el desarrollo de emprendimientos propios hasta la generación de empleos y la distribución de oportunidades de superación personal. Cuando existe confianza, se tiene un soporte para hacer negocios, para innovar y emprender, para proponer proyectos y dinamizar la economía, ya sea en pequeña o en gran escala.
El régimen de confianza es fundamental para tener una previsibilidad de hacia dónde va la economía de un país y para saber qué tipo de emprendimientos podemos encarar. Y esta confianza no se refiere solo a aspectos como la seguridad jurídica, sino a la seriedad y responsabilidad de las instituciones, a las certezas que ofrezcan las empresas nacionales e internacionales y, sobre todo, a la transparencia que exista en el mercado para cualquier transacción.
Uno tiene confianza para hacer inversiones cuando encuentra un ambiente indicado, cuando tiene la seguridad de que su proyecto encontrará respaldo y que sus recursos y esfuerzos obtendrán resultados beneficiosos. Pero esa confianza se pierde cuando no hay transparencia, cuando la corrupción impera en las instituciones y cuando la informalidad forma parte de la cultura de la gente. Esto lo saben los países más desarrollados y por eso hacen de la seriedad y la confianza elementos fundamentales de la vida cotidiana. Basta con mirar los sistemas de transparencia de Suecia o Noruega para comprender la importancia de generar confianza, así como la relación directa con el crecimiento de la economía y el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas.
En el año del bicentenario, Paraguay debería refundarse sobre la base de hacer una fuerte campaña de recuperación de la confianza en las instituciones, la sociedad, los individuos y el país, de manera que los males endémicos queden superados y se apunte a un crecimiento estable y más equitativo.
(*) Periodista y profesor universitario.
Desde Guadalajara, Jalisco, México
Los saltos y caídas de la economía paraguaya en los últimos años son un reflejo claro de muchas de las cuestiones pendientes que se tienen para consolidar una tendencia de crecimiento y equidad. Hay una marcada inestabilidad, inconstancia y falta de solidez que derivan en que se tenga una economía maleable y que a menudo nos ofrece más dudas que certezas en cuanto a su desarrollo a mediano y largo plazo. Como casi todas las economías latinoamericanas, la paraguaya conlleva e incuba el germen de la incertidumbre.
En este contexto, el desarrollo de un sistema de confianza es una materia pendiente que, si se trabaja de la manera correcta, podría convertirse en un aval e incentivo para muchos beneficios económicos: desde la radicación de inversiones y el desarrollo de emprendimientos propios hasta la generación de empleos y la distribución de oportunidades de superación personal. Cuando existe confianza, se tiene un soporte para hacer negocios, para innovar y emprender, para proponer proyectos y dinamizar la economía, ya sea en pequeña o en gran escala.
El régimen de confianza es fundamental para tener una previsibilidad de hacia dónde va la economía de un país y para saber qué tipo de emprendimientos podemos encarar. Y esta confianza no se refiere solo a aspectos como la seguridad jurídica, sino a la seriedad y responsabilidad de las instituciones, a las certezas que ofrezcan las empresas nacionales e internacionales y, sobre todo, a la transparencia que exista en el mercado para cualquier transacción.
Uno tiene confianza para hacer inversiones cuando encuentra un ambiente indicado, cuando tiene la seguridad de que su proyecto encontrará respaldo y que sus recursos y esfuerzos obtendrán resultados beneficiosos. Pero esa confianza se pierde cuando no hay transparencia, cuando la corrupción impera en las instituciones y cuando la informalidad forma parte de la cultura de la gente. Esto lo saben los países más desarrollados y por eso hacen de la seriedad y la confianza elementos fundamentales de la vida cotidiana. Basta con mirar los sistemas de transparencia de Suecia o Noruega para comprender la importancia de generar confianza, así como la relación directa con el crecimiento de la economía y el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas.
En el año del bicentenario, Paraguay debería refundarse sobre la base de hacer una fuerte campaña de recuperación de la confianza en las instituciones, la sociedad, los individuos y el país, de manera que los males endémicos queden superados y se apunte a un crecimiento estable y más equitativo.
(*) Periodista y profesor universitario.
Desde Guadalajara, Jalisco, México
martes, 10 de mayo de 2011
¿Cómo hacer un periodismo de calidad en Jalisco?
Los periodistas Sergio René de Dios Corona y Gabriel Orihuela explican estrategias dentro de la clausura de las VI Jornadas de Periodismo del Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara.
Por: Alejandra Pedroza Marchena
Fotografías: Alma Gómez
Los periodistas Gabriel Orihuela, Sergio René de Dios Corona y Héctor Farina Ojeda
Un crujido que retumba en la sala anuncia el comienzo de la ponencia. Es el micrófono que se enciende y amplifica las expresiones de quienes se reúnen el primer viernes de mayo, con el fin de reflexionar los retos que enfrenta el periodismo jalisciense para desempeñarse con eficacia.
El sonido se vuelve más tenue al tiempo que suenan en la sala las voces de los periodistas Sergio René de Dios Corona y Gabriel Orihuela. Sus palabras coinciden al remarcar que una de las barreras que enfrenta el periodismo en este estado es el hecho de basarse en declaraciones y emitir la información casi transcrita, sin analizar y poner en relieve los datos que se reciben.

El micrófono lo sostiene Héctor Farina Ojeda, coordinador de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario de la Ciénega (CUCI), quien modera la mesa y lee el contexto del oficio hoy en día: el periodista latinoamericano debe enfrentar imposibilidades en cuanto a su seguridad, así como a salarios bajos, y simultáneamente, no debe perder la pro actividad de alguien que tiene la responsabilidad de informar. La pregunta es: ¿Cómo?.
El crujido se vuelve reaparece y ahora suena porque el micrófono se pasea hacia los ponentes que, están invitados a conducir el análisis de universitarios y académicos reunidos en Ocotlán, Jalisco.
Toma la palabra Gabriel Orihuela, quien se ha desempeñado tanto en el ámbito periodístico como universitario, y es precisamente, poniendo en comparativa a estos dos ámbitos como abre su discurso. Explica el requerimiento de volver a los modelos básicos que aprende el periodista, a lo que se revisa en el aula y queda en letras cuando en la práctica se olvida, ello para mejorar el desempeño del oficio.
“Tener la humildad suficiente para reconocer que tú no eres el experto”, es otro ingrediente del periodismo de calidad que Orihuela propone, y aunque un tanto contrarias, como el lo notifica, el periodista también incluye la recomendación de especializarse en un tema. Retando el ánimo de los presentes, habla de la importancia de las matemáticas para los periodistas y la obligada capacidad de análisis numérico que se requiere para hablar con la verdad. Los gestos los apacigua al finalizar con una frase que se le escapa entre sonrisas: “Goza del trabajo”.
“No hay periódicos de calidad en México”, declara Sergio René de Dios al abrir su discurso, mientras entre sus manos embona el micrófono. A éste se dirige el reclamo de la poca habilidad y práctica de los periodistas jaliscienses para investigar. “El periodismo no existe sin investigación”, replica Sergio René y argumenta que muy pocas veces los reporteros generan información nueva.

Tanto Sergio René de Dios, como Gabriel Orihuela coinciden en que el hábito común de los periodistas jaliscienses se basa en transcribir discursos sin analizar más allá de la información
Explica la importancia de saber redactar y comunicarse verbalmente, similar a Orihuela al hablar de los requerimientos básicos que en la práctica se han olvidado. El periodista le aumenta grados de dificultad a su estrategia cuando expresa la necesidad actual de que un periodista maneje las tecnologías de la información y la comunicación, debido a la orientación del medio por el periodismo en línea.
La Dra. Cecilia Morquecho, jefa del Departamento de Comunicación y Psicología, toma la palabra para agradecer la respuesta de alumnos y periodistas invitados.
Pareciera que enmarca sus últimas palabras con los gestos que expresa al dirigirse a los estudiantes y periodistas que de frente celebran sus palabras. Advierte que si no se tiene actitud de perseverancia no se podría ejercer el oficio y puntualiza que para disfrutar de él es preciso vivir con sentido del humor.
En la mesa de los panelistas se festeja la clausura de las Jornadas de Periodismo en su sexta edición. La Dra. Cecilia Morquecho, Jefa del Departamento de Comunicación y Psicología agradece la asistencia y la respuesta de los alumnos. Entre el público, el eco a los agradecimientos resuena entre aplausos y risas. Un micrófono se prende para ellos, quienes ahora tienen el turno de cuestionar y comentar. El otro micrófono, el que habría albergado las palabras que responderían las estrategias para practicar periodismo de calidad en Jalisco, cruje en medio de aplausos cercanos y se apaga.
Fuente: Tiempos de Enfoque. Ver aquí
Por: Alejandra Pedroza Marchena
Fotografías: Alma Gómez
Los periodistas Gabriel Orihuela, Sergio René de Dios Corona y Héctor Farina Ojeda
Un crujido que retumba en la sala anuncia el comienzo de la ponencia. Es el micrófono que se enciende y amplifica las expresiones de quienes se reúnen el primer viernes de mayo, con el fin de reflexionar los retos que enfrenta el periodismo jalisciense para desempeñarse con eficacia.
El sonido se vuelve más tenue al tiempo que suenan en la sala las voces de los periodistas Sergio René de Dios Corona y Gabriel Orihuela. Sus palabras coinciden al remarcar que una de las barreras que enfrenta el periodismo en este estado es el hecho de basarse en declaraciones y emitir la información casi transcrita, sin analizar y poner en relieve los datos que se reciben.

El micrófono lo sostiene Héctor Farina Ojeda, coordinador de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario de la Ciénega (CUCI), quien modera la mesa y lee el contexto del oficio hoy en día: el periodista latinoamericano debe enfrentar imposibilidades en cuanto a su seguridad, así como a salarios bajos, y simultáneamente, no debe perder la pro actividad de alguien que tiene la responsabilidad de informar. La pregunta es: ¿Cómo?.
El crujido se vuelve reaparece y ahora suena porque el micrófono se pasea hacia los ponentes que, están invitados a conducir el análisis de universitarios y académicos reunidos en Ocotlán, Jalisco.
Toma la palabra Gabriel Orihuela, quien se ha desempeñado tanto en el ámbito periodístico como universitario, y es precisamente, poniendo en comparativa a estos dos ámbitos como abre su discurso. Explica el requerimiento de volver a los modelos básicos que aprende el periodista, a lo que se revisa en el aula y queda en letras cuando en la práctica se olvida, ello para mejorar el desempeño del oficio.
“Tener la humildad suficiente para reconocer que tú no eres el experto”, es otro ingrediente del periodismo de calidad que Orihuela propone, y aunque un tanto contrarias, como el lo notifica, el periodista también incluye la recomendación de especializarse en un tema. Retando el ánimo de los presentes, habla de la importancia de las matemáticas para los periodistas y la obligada capacidad de análisis numérico que se requiere para hablar con la verdad. Los gestos los apacigua al finalizar con una frase que se le escapa entre sonrisas: “Goza del trabajo”.
“No hay periódicos de calidad en México”, declara Sergio René de Dios al abrir su discurso, mientras entre sus manos embona el micrófono. A éste se dirige el reclamo de la poca habilidad y práctica de los periodistas jaliscienses para investigar. “El periodismo no existe sin investigación”, replica Sergio René y argumenta que muy pocas veces los reporteros generan información nueva.

Tanto Sergio René de Dios, como Gabriel Orihuela coinciden en que el hábito común de los periodistas jaliscienses se basa en transcribir discursos sin analizar más allá de la información
Explica la importancia de saber redactar y comunicarse verbalmente, similar a Orihuela al hablar de los requerimientos básicos que en la práctica se han olvidado. El periodista le aumenta grados de dificultad a su estrategia cuando expresa la necesidad actual de que un periodista maneje las tecnologías de la información y la comunicación, debido a la orientación del medio por el periodismo en línea.
La Dra. Cecilia Morquecho, jefa del Departamento de Comunicación y Psicología, toma la palabra para agradecer la respuesta de alumnos y periodistas invitados.
Pareciera que enmarca sus últimas palabras con los gestos que expresa al dirigirse a los estudiantes y periodistas que de frente celebran sus palabras. Advierte que si no se tiene actitud de perseverancia no se podría ejercer el oficio y puntualiza que para disfrutar de él es preciso vivir con sentido del humor.
En la mesa de los panelistas se festeja la clausura de las Jornadas de Periodismo en su sexta edición. La Dra. Cecilia Morquecho, Jefa del Departamento de Comunicación y Psicología agradece la asistencia y la respuesta de los alumnos. Entre el público, el eco a los agradecimientos resuena entre aplausos y risas. Un micrófono se prende para ellos, quienes ahora tienen el turno de cuestionar y comentar. El otro micrófono, el que habría albergado las palabras que responderían las estrategias para practicar periodismo de calidad en Jalisco, cruje en medio de aplausos cercanos y se apaga.
Fuente: Tiempos de Enfoque. Ver aquí
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Ponencia
domingo, 8 de mayo de 2011
La inversión extranjera directa: ¿por qué no es suficiente?
Por Héctor Farina Ojeda (*)
La Inversión Extranjera Directa (IED) en México alcanzó un monto de 17.726 millones de dólares en 2010, lo que implica una recuperación leve frente a 2009, pero la cifra todavía es inferior a los niveles que se tenían antes de la crisis económica global: en 2008 la inversión fue por 25.800 millones de dólares, de acuerdo al informe la Comisión Económica para América Latina (Cepal)
En términos internos, México tardará por lo menos dos años más en recuperar los niveles de captación de inversiones que se tenían en 2008, lo que implica que el proceso de recuperación es más lento de lo esperado.
Si tomamos los datos en el contexto latinoamericano, México es uno de los mayores captadores de inversiones extranjeras: el año pasado ocupó el segundo lugar, solo superado por Brasil, que incrementó su cifra en 87%.
Pero algo que los oyentes deben preguntarse es por qué los buenos indicadores en materia de inversiones no se notan en aspectos sociales tan importantes como la pobreza o la calidad de vida. ¿Por qué un país que capta cifras millonarias de inversión extranjera sigue manteniendo al 50% de su población en condiciones de pobreza, con 2.5 millones de desempleados, con salarios precarios y con una permanente sensación de incertidumbre sobre el futuro de la economía?
Ciertamente, si pensamos en países europeos o asiáticos, las inversiones tienen un mayor impacto y pareciera que hay más beneficios en cuanto a empleos, a desarrollo y progreso, y sobre todo a la consolidación de tendencias de crecimiento económico. Esto se debe al contexto favorable que se tiene para la radicación y aprovechamiento de inversiones.
Contrariamente, en México, como en la mayoría de los países latinoamericanos, hay serios problemas que limitan el aprovechamiento de las inversiones:
-La economía no es estable, por lo que los inversionistas no sienten la confianza para invertir en forma constante. Esto hace que no se consoliden ni un modelo ni una tendencia en cuanto a las inversiones y sus efectos positivos, sino que más bien se tiene una falta de constancia y los beneficios son coyunturales.
Recuerden lo que pasó poco antes de que México firme el Tratado de Libre Comercio: era el mayor captador mundial de inversión extranjera directa, pero esto se desmoronó en breve tiempo, las inversiones se fueron y los niveles de pobreza se mantuvieron e incluso agudizaron.
-La economía mexicana es muy dependiente de Estados Unidos, no es dinámica por sí misma, lo que no permite consolidar una estabilidad propia.
-La calidad de la educación es insuficiente, por lo que esto genera exclusión: pocos tienen las mejores oportunidades y son ellos los que terminan concentrando los beneficios del crecimiento, mientras que el porcentaje mayor de la población queda excluido.
-Otro aspecto limitante es el de la inseguridad, que ahuyenta inversiones: nadie invierte su dinero en un lugar inseguro en donde no tiene la certeza de que podrá incrementarlo.
Para que las inversiones y los grandes números de la economía permeen en forma más justa hacia la sociedad se deben corregir los problemas internos, de manera que los indicadores tengan un mayor impacto social y no solo representen beneficios parciales, momentáneos e inciertos. De lo contrario, seguiremos invocando cifras, indicadores y estadísticas de grandes números, mientras persisten los problemas que se supone debemos superar a partir de lo macro: pobreza, exclusión, falta de educación y de oportunidades.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
La Inversión Extranjera Directa (IED) en México alcanzó un monto de 17.726 millones de dólares en 2010, lo que implica una recuperación leve frente a 2009, pero la cifra todavía es inferior a los niveles que se tenían antes de la crisis económica global: en 2008 la inversión fue por 25.800 millones de dólares, de acuerdo al informe la Comisión Económica para América Latina (Cepal)
En términos internos, México tardará por lo menos dos años más en recuperar los niveles de captación de inversiones que se tenían en 2008, lo que implica que el proceso de recuperación es más lento de lo esperado.
Si tomamos los datos en el contexto latinoamericano, México es uno de los mayores captadores de inversiones extranjeras: el año pasado ocupó el segundo lugar, solo superado por Brasil, que incrementó su cifra en 87%.
Pero algo que los oyentes deben preguntarse es por qué los buenos indicadores en materia de inversiones no se notan en aspectos sociales tan importantes como la pobreza o la calidad de vida. ¿Por qué un país que capta cifras millonarias de inversión extranjera sigue manteniendo al 50% de su población en condiciones de pobreza, con 2.5 millones de desempleados, con salarios precarios y con una permanente sensación de incertidumbre sobre el futuro de la economía?
Ciertamente, si pensamos en países europeos o asiáticos, las inversiones tienen un mayor impacto y pareciera que hay más beneficios en cuanto a empleos, a desarrollo y progreso, y sobre todo a la consolidación de tendencias de crecimiento económico. Esto se debe al contexto favorable que se tiene para la radicación y aprovechamiento de inversiones.
Contrariamente, en México, como en la mayoría de los países latinoamericanos, hay serios problemas que limitan el aprovechamiento de las inversiones:
-La economía no es estable, por lo que los inversionistas no sienten la confianza para invertir en forma constante. Esto hace que no se consoliden ni un modelo ni una tendencia en cuanto a las inversiones y sus efectos positivos, sino que más bien se tiene una falta de constancia y los beneficios son coyunturales.
Recuerden lo que pasó poco antes de que México firme el Tratado de Libre Comercio: era el mayor captador mundial de inversión extranjera directa, pero esto se desmoronó en breve tiempo, las inversiones se fueron y los niveles de pobreza se mantuvieron e incluso agudizaron.
-La economía mexicana es muy dependiente de Estados Unidos, no es dinámica por sí misma, lo que no permite consolidar una estabilidad propia.
-La calidad de la educación es insuficiente, por lo que esto genera exclusión: pocos tienen las mejores oportunidades y son ellos los que terminan concentrando los beneficios del crecimiento, mientras que el porcentaje mayor de la población queda excluido.
-Otro aspecto limitante es el de la inseguridad, que ahuyenta inversiones: nadie invierte su dinero en un lugar inseguro en donde no tiene la certeza de que podrá incrementarlo.
Para que las inversiones y los grandes números de la economía permeen en forma más justa hacia la sociedad se deben corregir los problemas internos, de manera que los indicadores tengan un mayor impacto social y no solo representen beneficios parciales, momentáneos e inciertos. De lo contrario, seguiremos invocando cifras, indicadores y estadísticas de grandes números, mientras persisten los problemas que se supone debemos superar a partir de lo macro: pobreza, exclusión, falta de educación y de oportunidades.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
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viernes, 29 de abril de 2011
La derrama económica: en busca de mayor equidad
Por Héctor Farina Ojeda
Hablar de derrama económica implica hablar de generación de riqueza y de la distribución de esa riqueza. Se dice que hay derrama económica cuando los ingresos de cierta actividad se distribuyen en varios sectores y alcanzan a las personas de diferentes oficios, niveles socioeconómicos y condiciones laborales. Un ejemplo es el turismo: los turistas llegan y van gastando su dinero en diferentes productos y servicios: desde el medio de transporte, ya sea terrestre o aéreo, el hotel, el taxi, la comida y todo lo que consume un turista en una visita.
Si pensamos en la actividad económica en función de la derrama veremos su importancia. Sólo durante el periodo de Semana Santa, en Puerto Vallarta hubo una derrama de 50 millones de dólares. Este ingreso alcanza a muchos sectores y muchas personas que dependen de la actividad turística: repuntaron las ventas de los vendedores ambulantes, del mercado de artesanías, de los bares y restaurantes, y la actividad hotelera en general.
En un contexto más amplio, si consideramos las cuatro principales fuentes de ingreso que tiene México -el petróleo, las remesas, el turismo y las exportaciones de las maquiladoras-, tenemos que el turismo quizá represente la forma más equitativa de distribución de la riqueza, pues la derrama económica llega a muchas personas y familias. Las remesas también son distributivas pero su naturaleza es distinta, pues no es una actividad en sí, sino el resultado del trabajo de las personas en diferentes sectores, que tuvieron que irse a otro país en busca del trabajo que no encontraron en el suyo. En cambio, los ingresos del petróleo y las maquiladoras se concentran en pocas manos.
Tenemos que pensar la derrama económica en nuestro contexto de necesidades y potencialidades: con más de 50 millones de personas en situación de pobreza, con 2.5 millones de desempleados, y con una gran desigualdad social, hay que fomentar la generación de más ingresos y trabajar en una mejor distribución. Y en el caso del turismo, el año pasado generó ingresos a México por 11.800 millones de dólares.
Para lograr una mayor derrama económica no basta con impulsar grandes obras ni lograr ingresos, se debe trabajar en los cimientos de la sociedad, con la gente, para darles un oficio, preparación y las condiciones necesarias para que puedan generar y aprovechar mejor la riqueza que llega a sus manos. Y este trabajo con la gente puede llevarnos al desarrollo de una cultura emprendedora y de la microempresa, de forma tal que la derrama no sea solo un beneficio momentáneo ni concentrado en pocas manos sino que sea la fuente que alimente todo un sistema de generación de empleo y riqueza.
Evidentemente, hay fuentes de ingreso importantes, pero el reto radica en una explotación más justa, distributiva y con proyección en el tiempo.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
Hablar de derrama económica implica hablar de generación de riqueza y de la distribución de esa riqueza. Se dice que hay derrama económica cuando los ingresos de cierta actividad se distribuyen en varios sectores y alcanzan a las personas de diferentes oficios, niveles socioeconómicos y condiciones laborales. Un ejemplo es el turismo: los turistas llegan y van gastando su dinero en diferentes productos y servicios: desde el medio de transporte, ya sea terrestre o aéreo, el hotel, el taxi, la comida y todo lo que consume un turista en una visita.
Si pensamos en la actividad económica en función de la derrama veremos su importancia. Sólo durante el periodo de Semana Santa, en Puerto Vallarta hubo una derrama de 50 millones de dólares. Este ingreso alcanza a muchos sectores y muchas personas que dependen de la actividad turística: repuntaron las ventas de los vendedores ambulantes, del mercado de artesanías, de los bares y restaurantes, y la actividad hotelera en general.
En un contexto más amplio, si consideramos las cuatro principales fuentes de ingreso que tiene México -el petróleo, las remesas, el turismo y las exportaciones de las maquiladoras-, tenemos que el turismo quizá represente la forma más equitativa de distribución de la riqueza, pues la derrama económica llega a muchas personas y familias. Las remesas también son distributivas pero su naturaleza es distinta, pues no es una actividad en sí, sino el resultado del trabajo de las personas en diferentes sectores, que tuvieron que irse a otro país en busca del trabajo que no encontraron en el suyo. En cambio, los ingresos del petróleo y las maquiladoras se concentran en pocas manos.
Tenemos que pensar la derrama económica en nuestro contexto de necesidades y potencialidades: con más de 50 millones de personas en situación de pobreza, con 2.5 millones de desempleados, y con una gran desigualdad social, hay que fomentar la generación de más ingresos y trabajar en una mejor distribución. Y en el caso del turismo, el año pasado generó ingresos a México por 11.800 millones de dólares.
Para lograr una mayor derrama económica no basta con impulsar grandes obras ni lograr ingresos, se debe trabajar en los cimientos de la sociedad, con la gente, para darles un oficio, preparación y las condiciones necesarias para que puedan generar y aprovechar mejor la riqueza que llega a sus manos. Y este trabajo con la gente puede llevarnos al desarrollo de una cultura emprendedora y de la microempresa, de forma tal que la derrama no sea solo un beneficio momentáneo ni concentrado en pocas manos sino que sea la fuente que alimente todo un sistema de generación de empleo y riqueza.
Evidentemente, hay fuentes de ingreso importantes, pero el reto radica en una explotación más justa, distributiva y con proyección en el tiempo.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
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Enfoque latinoamericano
jueves, 21 de abril de 2011
El bono demográfico: retos, oportunidades y riesgos
Por Héctor Farina Ojeda (*)
Tener un porcentaje grande de población joven, en edad de trabajar y producir, constituye una gran oportunidad para el desarrollo de cualquier sociedad. Es lo que se conoce como el “bono demográfico”, que implica que la mayor parte de la población está en condiciones de trabajar y generar riqueza, mientras que el porcentaje de personas que no está en edad laboral es minoritario.
En este sentido, México es uno de los países favorecidos por el bono demográfico y podría aprovecharlo para impulsar con fuerza el desarrollo: cuenta con 112 millones de habitantes, de los cuales unos 53 millones (47%) tienen menos de 24 años; en tanto, dentro de este grupo hay 20.9 millones de jóvenes que tienen entre 15 y 24 años de edad.
Esto nos habla de que hay toda una generación de gente joven que está en su mejor momento para generar riqueza, hacer crecer la economía y lograr con ello una situación favorable para disminuir los índices de pobreza, desigualdad y exclusión. Contamos con la mano de obra, con la fuerza de trabajo y hay mucho por construir. Pero, la pregunta que salta en este contexto es bajo qué condiciones se desarrollan actualmente los jóvenes. ¿Qué tipo de generación se está construyendo con miras al futuro?
Lo dijo claramente el rector de la UNAM, José Narro Robles: no se está utilizando favorablemente el bono demográfico, lo que implica que en 20 años podría transformarse en un pagaré. En otras palabras, los jóvenes de hoy no están recibiendo la mejor educación, no tienen las oportunidades que requieren en materia de empleo y no están desarrollando su potencial en el mercado, por lo que en dos décadas podríamos tener una generación de adultos sin la preparación adecuada, sin una condición económica estable y sobre todo se tendrá una generación que no supo o no pudo aprovechar su mejor momento.
El panorama de los jóvenes no es ciertamente el más alentador: el desempleo juvenil prácticamente se duplicó en la última década, pasando de 5.3 a 10.3%; 6 de cada 10 jóvenes no estudian la preparatoria ni la universidad; hay 15 millones de jóvenes de entre 12 y 29 años en situación de pobreza; hay más de 7 millones de “ninis”, que ni estudian ni trabajan, mientras que hay un aumento alarmante del analfabetismo funcional: 7 de cada 10 jóvenes de secundaria no cumplen con los objetivos fijados en los planes de estudio, según datos del Instituto Nacional de Evaluación para la Educación (INEE).
Estos datos ubican a México en un serio conflicto: mientras tiene una gran cantidad de jóvenes que podrían detonar con fuerza el desarrollo de su economía, no está generando las mejores condiciones para que esa generación tenga la preparación adecuada para hacerle frente a los desafíos del mercado laboral. En otras palabras, se cuenta con la fuerza de trabajo pero no con el conocimiento y el profesionalismo necesarios para tener mayor productividad y una economía competitiva. Por eso dice Narro que el bono demográfico podría convertirse en un pagaré: si no se aprovecha ahora, habrá que pagarlo dentro de años y el costo será perjudicial para todos.
El reto que se tiene es claro: invertir más en la juventud, mejorar los niveles de educación y hacer que la preparación sea un elemento fundamental para que cuando los jóvenes lleguen al mercado laboral, lo hagan como profesionales calificados y puedan generar riqueza, con creatividad e inteligencia. De lo contrario, se mantendrán los elevados índices de desempleo juvenil, persistirá la falta de competitividad y de oportunidades, pues no se tendrá con qué hacer que la economía mejore. Y los jóvenes no podrán acceder a trabajos bien remunerados, sino que estarán a merced de “lo que se ofrezca”.
El riesgo frente al bono demográfico es que se desaproveche la coyuntura y que dentro de un par de décadas tengamos una generación de personas poco preparadas, sin competitividad y sin una noción clara de cómo solucionar los grandes problemas que aquejan a la sociedad. Esto afectaría a toda la economía y evidentemente no contribuiría a corregir la situación de pobreza, precariedad y falta de oportunidades que afectan a gran parte de la población.
Es el momento de invertir en la juventud, para que mañana sean los jóvenes los responsables de construir un país más desarrollado y menos injusto, y que no terminen siendo un problema que tengamos que cargar.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
Tener un porcentaje grande de población joven, en edad de trabajar y producir, constituye una gran oportunidad para el desarrollo de cualquier sociedad. Es lo que se conoce como el “bono demográfico”, que implica que la mayor parte de la población está en condiciones de trabajar y generar riqueza, mientras que el porcentaje de personas que no está en edad laboral es minoritario.
En este sentido, México es uno de los países favorecidos por el bono demográfico y podría aprovecharlo para impulsar con fuerza el desarrollo: cuenta con 112 millones de habitantes, de los cuales unos 53 millones (47%) tienen menos de 24 años; en tanto, dentro de este grupo hay 20.9 millones de jóvenes que tienen entre 15 y 24 años de edad.
Esto nos habla de que hay toda una generación de gente joven que está en su mejor momento para generar riqueza, hacer crecer la economía y lograr con ello una situación favorable para disminuir los índices de pobreza, desigualdad y exclusión. Contamos con la mano de obra, con la fuerza de trabajo y hay mucho por construir. Pero, la pregunta que salta en este contexto es bajo qué condiciones se desarrollan actualmente los jóvenes. ¿Qué tipo de generación se está construyendo con miras al futuro?
Lo dijo claramente el rector de la UNAM, José Narro Robles: no se está utilizando favorablemente el bono demográfico, lo que implica que en 20 años podría transformarse en un pagaré. En otras palabras, los jóvenes de hoy no están recibiendo la mejor educación, no tienen las oportunidades que requieren en materia de empleo y no están desarrollando su potencial en el mercado, por lo que en dos décadas podríamos tener una generación de adultos sin la preparación adecuada, sin una condición económica estable y sobre todo se tendrá una generación que no supo o no pudo aprovechar su mejor momento.
El panorama de los jóvenes no es ciertamente el más alentador: el desempleo juvenil prácticamente se duplicó en la última década, pasando de 5.3 a 10.3%; 6 de cada 10 jóvenes no estudian la preparatoria ni la universidad; hay 15 millones de jóvenes de entre 12 y 29 años en situación de pobreza; hay más de 7 millones de “ninis”, que ni estudian ni trabajan, mientras que hay un aumento alarmante del analfabetismo funcional: 7 de cada 10 jóvenes de secundaria no cumplen con los objetivos fijados en los planes de estudio, según datos del Instituto Nacional de Evaluación para la Educación (INEE).
Estos datos ubican a México en un serio conflicto: mientras tiene una gran cantidad de jóvenes que podrían detonar con fuerza el desarrollo de su economía, no está generando las mejores condiciones para que esa generación tenga la preparación adecuada para hacerle frente a los desafíos del mercado laboral. En otras palabras, se cuenta con la fuerza de trabajo pero no con el conocimiento y el profesionalismo necesarios para tener mayor productividad y una economía competitiva. Por eso dice Narro que el bono demográfico podría convertirse en un pagaré: si no se aprovecha ahora, habrá que pagarlo dentro de años y el costo será perjudicial para todos.
El reto que se tiene es claro: invertir más en la juventud, mejorar los niveles de educación y hacer que la preparación sea un elemento fundamental para que cuando los jóvenes lleguen al mercado laboral, lo hagan como profesionales calificados y puedan generar riqueza, con creatividad e inteligencia. De lo contrario, se mantendrán los elevados índices de desempleo juvenil, persistirá la falta de competitividad y de oportunidades, pues no se tendrá con qué hacer que la economía mejore. Y los jóvenes no podrán acceder a trabajos bien remunerados, sino que estarán a merced de “lo que se ofrezca”.
El riesgo frente al bono demográfico es que se desaproveche la coyuntura y que dentro de un par de décadas tengamos una generación de personas poco preparadas, sin competitividad y sin una noción clara de cómo solucionar los grandes problemas que aquejan a la sociedad. Esto afectaría a toda la economía y evidentemente no contribuiría a corregir la situación de pobreza, precariedad y falta de oportunidades que afectan a gran parte de la población.
Es el momento de invertir en la juventud, para que mañana sean los jóvenes los responsables de construir un país más desarrollado y menos injusto, y que no terminen siendo un problema que tengamos que cargar.
(*) Periodista y profesor universitario
Comentario económico realizado en el Noticiero de Red Radio Universidad de Guadalajara en Ocotlán, México.
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domingo, 10 de abril de 2011
México, un mercado de oportunidades

Por Héctor Farina Ojeda (*)
Una de las necesidades imperiosas para la economía paraguaya es lograr niveles altos de competitividad para mejorar el acceso que tienen los productos a los mercados internacionales. Pero además de una mirada interna hacia la calidad de lo que producimos, necesitamos una mirada hacia el exterior que apunte a aprovechar mejor aquellos mercados en donde tenemos oportunidades. Y uno de los mercados que podríamos aprovechar mejor es el de México.
Con 112 millones de habitantes, con un abanico de consumo que abarca un amplio número de productos y servicios, México representa un potencial enorme tanto para las exportaciones, como para la atracción de inversiones y el desarrollo de proyectos mancomunados. Tras la crisis económica global, que afectó fuertemente a México entre 2008 y 2009, este país tuvo un crecimiento de 5.5% el año pasado y mantiene la proyección de mejoría de su economía para 2011 y 2012. Y algo muy importante: los mexicanos saben que tienen una dependencia excesiva de Estados Unidos, a donde se destina más del 80% de las exportaciones, por lo que requieren buscar nuevos socios para minimizar el elevado riesgo que se tiene al depender de un solo mercado.
Por eso, recientemente México firmó un Tratado de Libre Comercio con Perú con miras a incrementar el intercambio comercial bilateral –que el año pasado fue de “apenas” 1.413 millones de dólares-, además de apuntar hacia el gran mercado asiático, sobre todo a China.
En este contexto, debemos pensar cómo aprovechar la coyuntura y mejorar nuestro comercio con el país azteca. El año pasado el intercambio comercial fue por un monto de 180 millones de dólares, lo que representó un incremento de 75% frente a 2009, pero todavía las exportaciones paraguayas son escasas frente a todo el potencial de consumo que tiene el mercado mexicano.
Tenemos en frente un mercado de oportunidades que no debemos desaprovechar, ya que no sólo sería una fuente de generación de ingresos y empleos, sino que permitiría minimizar la dependencia paraguaya de un Mercosur que en 20 años de funcionamiento ha generado más trabas e injusticias que beneficios para los paraguayos. México puede adquirir toda la oferta exportadora nacional, desde los productos agrícolas hasta los industrializados –como las confecciones- y los bienes intangibles que dependen del conocimiento.
Para mejorar la economía, Paraguay necesita dos cosas fundamentales: mejorar su competitividad –primero- y aprovechar mejor las oportunidades en los mercados internacionales. Y en este sentido, México se muestra como un socio atractivo que podría convertirse en un aliado que contribuya a detonar el potencial que existe en numerosos sectores de la economía nacional.
(*) Periodista y profesor universitario.
Desde Guadalajara, Jalisco, México
Publicado en el suplemento especializado en economía y negocios "Estrategia", del Diario La Nación, de Paraguay,
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