viernes, 19 de febrero de 2010

En Internet el lector “es fiel a sí mismo”, explica periodista paraguayo


Héctor Farina, periodista paraguayo

ESTUDIA EN GUADALAJARA, MÉXICO

El periodista Héctor Farina, de nacionalidad paraguaya, reside desde hace tres años y medio en la ciudad de Guadalajara, México. El mismo está realizando su doctorado en la Universidad de la misma ciudad gracias a una beca obtenida mediante un convenio entre Paraguay el país mexicano con fondos de la Organización de Estados Americanos.

por Ruth Di Giovanni

Héctor enfocó su especialización de periodismo en internet detectando la fidelidad del lector hacia sí mismo. Esto significa que el usuario de un diario digital es “fiel a la noticia buscada para su beneficio” convirtiéndose él mismo en un gestor de noticias.

El periodista explicó que sus comienzos de especialización fueron en el Departamento de Estudios en Comunicación Social de la Universidad de Guadalajara, México.

“En ese departamento hay muchísimos académicos pero la mayoría de ellos son sociólogos, politólogos o comunicadores que no ejercieron la comunicación como tal. Entonces yo era el único periodista que había trabajado como comunicador, se les hizo muy interesante que yo llegue planteando proyectos de periodismo desde adentro y no solo podía contar la historia desde adentro sino que le podía contar la historia de un país distinto que está a diez mil kilómetros de México”, indicó el periodista sobre su vivencia en la universidad al norte de México.

Desde entonces analizó los procesos de cambios en los diarios digitales. Por ejemplo señaló que “el año pasado nadie hablaba de twitter, ahora es como lo máximo. Hace dos años lo que estaba de moda eran los blogs, hoy en día muy poca gente se acuerda de los blogs. Los blogs están quedando casi relegados y entonces es una dinámica tan intensa que a mí me pareció muy interesante estudiar cómo estaba cambiando el periodismo en línea”, explicó el periodista.

Sin embargo focalizó su maestría en el comportamiento de los lectores de periódicos on line donde encontró puntos llamativos “que muchos diarios de América Latina no alcanzan a comprender”, indicó Héctor.

Los medios de prensa escrita poseen un lector fiel, sin embargo los usuarios de diarios digitales no lo tienen. Ante eso el periodista compatriota explicó que el lector busca la noticia y no un medio de comunicación especifico.

“No es como antes que compraba el diario impreso y leía todo el contenido. Ahora simplemente busco la noticia mediante un buscador de internet”, explicó Héctor sobre la función del usuario de un portal de noticias en la red.

En relación a los diarios digitales de nuestro país destacó que los medios on line están empezando a explotar los elementos multimedia, como los videos, audios e imágenes.

“Ahora ya no tenemos que contar una historia lineal porque nuestro lector es mas fugaz, es migrante, es selectivo”, añadió Héctor sobre el estilo de escribir en los periódicos en internet.

En estos tiempos el lector desea diversas opciones para obtener una información, como enlaces, mapas, videos, audios y textos con el fin de crear un conjunto de historias por medio de dichos recursos proveídos por internet.

“Yo quiero trabajar en la universidad y en el periodismo”

Al ser consultado sobre su vuelta al Paraguay, manifestó su sentimiento de añoranza hacia nuestro país, y citando al laureado escritor Augusto Roa Bastos dijo: “el peor castigo para un paraguayo es el exilio, el techaga´u”. Pero las oportunidades de estudiar y especializarse le fueron otorgadas en el extranjero y como el mismo decía “estoy estudiando y es una oportunidad que tengo”.

Sin embargo no descarta su regreso a Asunción para enseñar y trabajar, como lo hace en ese país.
19 de Febrero de 2010 16:38

Fuente: Diario ABC Color, edición Digital. Ver nota original aquí

miércoles, 17 de febrero de 2010

Recuperar el timón de nuestra vida


Por Héctor Farina Ojeda
Desde Asunción, Paraguay

Luego de más de tres años de vivir en México, la llegada al Paraguay me enfrentó nuevamente con nuestro ambiente cansino, nuestras costumbres y muchos de los vicios que siguen vivos en el quehacer cotidiano de los paraguayos. Veo las calles llenas de baches, las unidades del transporte público envejecidas y en pésimo estado, además de que circulan con las puertas abiertas invitando a los accidentes, la basura en los arroyos, en las veredas… y sobre todo veo el andar conformista de una sociedad que no termina de sacudirse de su modorra para avanzar hacia un destino menos oprobioso y más próspero.

Y al ver a nuestra gente, humilde, sufrida y sobre todo extraordinariamente humana; al ver un país cubierto de vegetación y salpicado por las bondades de la naturaleza, no puedo dejar de preguntarme qué es lo que no estamos haciendo bien los paraguayos, para que sigamos viviendo pobres en medio de una riqueza incuestionable ¿Cuál es el paso que no sabemos o no nos atrevemos a dar para hacer del país un lugar de progreso y dejar el camino del estancamiento y el retroceso? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros puede hacer para mejorar su condición, su entorno y la sociedad? Evidentemente, antes de intentar responder estas preguntas tenemos que cuestionarnos sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y lo que queremos como ciudadanos y como sociedad.

Los paraguayos tenemos un país rico, pero hemos dejado que sea empobrecido por la ineptitud de nuestros gobernantes y por esa actitud resignada del que piensa que todo debe ser “así nomás luego” y por eso no se involucra, no cuestiona y no propone. El conformismo como una filosofía de vida impregnada en nuestra cultura es quizá el peor cáncer que puede tener una sociedad, ya que carcome todos los días nuestra capacidad de hacer, de construir y de proyectar una vida diferente a la que nos acostumbramos. Y cuando no creamos, no construimos y no proyectamos, quedamos a merced de las decisiones ajenas, del mundo y de los límites que construyen los demás. En un mar globalizado, turbulento y cambiante, quedar a la deriva es condenarse a la incertidumbre, a lo efímero y lo inestable.

Para recuperar el timón de nuestra vida debemos hacer un gran esfuerzo por educar y educarnos, para comprender el mundo cambiante en el que vivimos y a partir de ello proponer la forma en que debemos construir nuestra sociedad. El gran paso que debemos dar los paraguayos es volvernos una sociedad de gente preparada, crítica, y con el conocimiento necesario para saber qué es lo que debemos hacer para mejorar nuestro entorno. Y todo esto pasa por una profunda revisión de nuestra forma de construir ciudadanía, de educar a los hijos y de desarrollar nuestra capacidad personal para resolver cada uno de los problemas que se presentan en nuestra vida.

Tomar el timón de nuestra vida implica pensar más, proyectar más y edificar más con cada uno de nuestros actos, en forma constante. El proceso pasa por construir referentes, por recuperar valores y por establecer metas que debemos cumplir como individuos y como sociedad. Pero lo fundamental consiste en recuperar nuestra convicción sobre lo que somos y sobre lo que podemos construir con nuestro trabajo. Cuando cambiemos la cultura del conformismo por una actitud más proactiva, voluntariosa y de superación permanente, habremos dado el paso más importante en la búsqueda de una sociedad menos injusta y más próspera. Tenemos que hacer que nuestra capacidad se refleje en nuestros actos cotidianos, así como debemos trabajar para desarrollar dicha capacidad. Si nosotros mismos no construimos aquello que queremos, seguiremos a expensas de voluntades ajenas y de los cambios que terminan por encasillar nuestra vida sin que alcancemos a comprender el porqué.

Publicado en la revista Ecos

miércoles, 6 de enero de 2010

Nosotros, nuestra mejor inversión

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Uno de los errores recurrentes en América Latina es seguir manteniendo la creencia errónea de que somos ricos o tenemos riqueza porque poseemos petróleo, gas, tierras fértiles, ríos caudalosos y otros recursos naturales. Como si el hecho de haber sido beneficiados con las bondades de nuestra tierra fuera suficiente para considerarnos ricos. Sin embargo, la verdadera riqueza que posee un país, un pueblo o una sociedad es su gente: es a partir de lo que somos, de lo que sabemos y de los valores que fomentamos, que podemos pensar en construir nuestro mundo. Si no tenemos personas preparadas, de nada nos servirán las riquezas naturales, pues las terminaremos desperdiciando en nuestra ignorancia.

Pensarnos como sociedad y como país implica mirar a nuestra gente, ver qué es lo que somos y qué es aquello que somos capaces de construir de acuerdo a nuestra educación y a nuestra visión del futuro. Es por ello que necesitamos reconsiderar nuestra identidad, nuestros valores y nuestra educación como factores determinantes para hacer que nuestras sociedades sean realmente ricas y prósperas. Y frente a esta necesidad imperiosa, tenemos que pensar en invertir más en nosotros mismos, para hacer que nuestra capacidad de comprender al mundo sea mayor y que a partir de ello podamos planificar más y mejor, y explotar de manera más acabada y justa toda la riqueza potencial que tenemos.

La idea sobre la que deberíamos trabajar es la economía de uno mismo, una economía individual que nos lleve a invertir más en nosotros mismos, a concebirnos como el capital más importante y a vernos como los verdaderos factores que generan riqueza y que pueden transformar un país. Invertir en nosotros mismos implica dedicarnos más a desarrollar nuestras capacidades, a estudiar más, a reflexionar más, a comunicarnos más y a proponer más. Hoy en día el mundo gira en torno al conocimiento, ese mismo conocimiento que constituye el capital más cotizado de los tiempos modernos y que deberíamos colocar como prioridad total en nuestra agenda individual y en la agenda de los gobiernos. Las dos terceras partes de la riqueza que se genera en el mundo actualmente corresponden al sector de servicios, lo que indica que es el conocimiento que está detrás el que constituye la verdadera riqueza, el que posibilita la prestación de dichos servicios. Por eso debemos invertir en nuestro propio conocimiento, porque será el detonador de nuestra capacidad de producir y de cambiar la realidad que vivimos.

La economía de uno mismo pasa por desarrollar habilidades y por adquirir una capacitación permanente que nos permita ser competitivos y no quedar rezagados frente a los progresos ajenos. En estos tiempos tan vertiginosos, cambiantes y “líquidos”, como diría el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, se requiere de un cultivo continuo de nuestra persona para poder adaptarnos a una realidad que se transforma muy rápido y que deja obsoleto mucho de lo que hemos aprendido. Todos necesitamos incorporar, todos los días, enseñanzas generales que nos ayuden a comprender el mundo en el que vivimos, así como aprendizajes particulares que nos lleven a ser mejores en lo que hacemos.

Nuestro desafío es claro: hacer de nosotros mismos el capital más valioso y a partir de ello empezar a construir y moldear nuestro entorno. Tenemos que hacer que nuestra gente sea una causa nacional y eso solo se logrará por medio de una convicción plena de lo que somos, de lo que podemos hacer y de nuestro valor como personas y ciudadanos. Podríamos empezar siendo más exigentes con nuestra educación, con nuestro trabajo y con nuestra responsabilidad como ciudadanos. En la medida en que cada uno asuma el compromiso de superarse todos los días y de aportar más a su entorno, podremos pensar en tener una sociedad verdaderamente rica, conformada por gente comprometida, educada y responsable.


(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Desde Guadalajara, Jalisco, México.

Publicado en la Revista Ecos, de Canindeyú

lunes, 4 de enero de 2010

Paraguay inconsistente


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La inestabilidad, la falta de rumbo claro y hasta la sensación de zozobra permanente parecen haberse convertido en el símbolo del periodo que vive el Paraguay, un país sumergido en una transición democrática eterna que hasta ahora no ha podido consolidar un proyecto de nación. Tras la caída de la dictadura, primero, y del Partido Colorado, después, parecía que el horizonte del cambio era claro, aunque ahora percibimos líneas confusas, desdibujadas e inestables. Más que nunca, Paraguay parece vivir lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman denomina “tiempos líquidos”, en donde, en contraposición a lo sólido, todo es inestable, de formas cambiantes, de una reconversión permanente y de una imposibilidad de volver a lo compacto, a lo previsible, tal como ocurre con los líquidos, que se adaptan a los cambios del recipiente.

Los paraguayos hemos cambiado algunas formas, pero nos seguimos revolviendo en medio de incertidumbres, de posturas inconsistentes y de discursos oportunistas y vacíos de realidad. Hoy, bajo el gobierno de Fernando Lugo, no hemos podido desterrar nuestros viejos fantasmas y se sigue con el viejo juego de las alianzas coyunturales, de las amenazas de juicio político, de las interpretaciones aberrantes de la ley y de tratar de hundir al otro en la búsqueda de cualquier botín de turno. Seguimos a la deriva, en medio de falsos pactos políticos, de escándalos mediáticos, de insultos y de quejas estériles que no hacen más que abonar nuestra tierra de un eterno lamento inconducente. Los anuncios confusos y contradictorios del gobierno suenan igual de increíbles que hace años, debido a que las sensaciones de inseguridad, de pobreza, de falta de oportunidades y sobre todo de no tener un destino como nación, son un claro síntoma de que los males no han sido corregidos pese a los discursos.

El comportamiento líquido se nota en la economía, pues se han sucedido los gobiernos y las crisis pero seguimos careciendo de un proyecto económico como país. No hay un norte claro y se sigue a expensas de las exportaciones de soja, lo que nos deja a merced de la sequía, de los precios internacionales o de cualquier otro factor que afecte al rubro. El crecimiento económico sigue siendo coyuntural, dependiente de las oleadas que lleguen desde las economías ajenas, en tanto las industrias y la producción siguen amenazadas por su propia falta de competitividad para hacerle frente a los requerimientos del cada vez más exigente mercado.

Cuando vemos que la delincuencia y la inseguridad se han vuelto una moneda común en las calles, cuando en nuestras autoridades no encontramos más que excusas o respuestas contradictorias, cuando vemos que el mercado laboral es poco seguro y, sobre todo, cuando vemos que los niños y jóvenes no reciben una educación de calidad que permita construir un país diferente, entonces el predomino de lo inconsistente hace que vivamos en la incertidumbre, sin saber qué esperar o hacia dónde ir. Y esa incertidumbre causa angustia, frustración y pérdida de las ganas de construir.

El Paraguay necesita recuperar la confianza y la estabilidad, para poder construir relaciones y acuerdos más firmes que permitan hacer planes a largo plazo, pensando en la siguiente generación. Es urgente devolverle la confianza a la gente capaz, a los que saben, y que ellos orienten los esfuerzos hacia objetivos concretos. Necesitamos construir un sistema educativo pensado para la era del conocimiento en la que vivimos, de manera tal a formar ciudadanos más preparados, así como necesitamos una planificación económica con rumbo claro, que sea sostenible en el tiempo. Sólo así podremos combatir con éxito los males de la pobreza, el atraso y el abandono. Pero no lograremos hacer un país consistente y previsible si seguimos siendo gobernados por oportunistas, avivados, corruptos y mediocres.

Deberíamos empezar por recuperar la confianza, por establecer vínculos más estables con personas creíbles y preparadas, y por desterrar el oportunismo y el pensamiento mediocre del facilismo y lo instantáneo, de forma a pasar de un estado de incertidumbre permanente a uno de mayores certezas.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Desde Guadalajara, Jalisco, México.

Publicado en Viva Paraguay

lunes, 7 de diciembre de 2009

Hacia un país de talentos


Augusto Roa Bastos, talento paraguayo

Por Héctor Farina

Una de las deudas más grandes que tenemos los paraguayos es el reconocimiento y la promoción de nuestros talentos. Durante años hemos fallado en nuestra educación y en la generación de las oportunidades para que nuestra gente talentosa pueda progresar. Pasamos décadas enteras bajo el yugo de gobiernos dictatoriales que no solo cercenaron la posibilidad de generar talentos sino que persiguieron a aquellos que lograban sobresalir a pesar de las adversidades. Aquella frustración todavía la podemos sentir si recordamos a Roa Bastos, exiliado la mayor parte de su vida y soportando la lejanía de “nuestra profunda tierra”, como la llamó el poeta Elvio Romero, otro de los talentos exiliados.

Cuando no cuidamos a nuestros talentos, cuando no solo no promocionamos sino que toleramos que se proscriba la capacidad de expresarnos y de construir ideales, nos volvemos cómplices del relegamiento al que son sometidos los pueblos que no progresan. En tiempos en donde el conocimiento es el capital más valioso de las sociedades y en un mundo competitivo y ávido de gente talentosa, tenemos que pensar cómo vamos a hacer para promocionar a los nuestros y para hacer de Paraguay un semillero de personas capacitadas. Y buscar la manera implica un compromiso personal con nosotros mismos y con los demás: para educar, incentivar, promover y exigir.

Mientras países poderosos como Estados Unidos están preocupados por recuperar a gente talentosa, para lo cual han salido a la “caza” de cerebros en América Latina, los países más necesitados parecen no comprender aun la urgencia de formar y recuperar a la gente preparada. Una excepción en América Latina es Chile, que ha decidido enviar a 6.500 de sus mejores cerebros -cada año- para que estudien diferentes ramas del conocimiento, específicamente en niveles de posgrado. Todo con el fin de formar cuadros de élite que se encarguen de la dirección del país en las próximas generaciones. Esto mismo hace Singapur desde hace varios años y hoy basa todo el bienestar de su gente en el conocimiento. Esta pequeña isla asiática ha decidido –para seguir su modelo de desarrollo- que tendrá a los mejores médicos expertos en enfermedades complejas del mundo. Para ello ha enviado a sus mejores médicos a especializarse en las mejores universidades del planeta, aprendiendo de los más destacados profesionales.

En un país pequeño como Paraguay, rico en recursos naturales, tenemos que trazar una política y una forma de comportamiento que nos lleven a valorar más y a potenciar más a nuestros talentos. Por un lado, se requiere de una política de Estado destinada a mejorar la educación, a invertir más en los niños y jóvenes, así como a fomentar una cultura de reconocimiento de las personas talentosas. Y por el otro lado, tenemos que pensar cómo hacer del país un lugar atractivo para evitar la fuga de nuestros cerebros y talentos, así como para recuperar a aquellos que tuvieron que irse en busca de las oportunidades que no supimos darles.

Como ciudadanos tenemos que asumir el compromiso de promover a los nuestros, de fomentar la educación y de valorar el talento de nuestra gente. Y además tenemos que hacer un esfuerzo para capacitarnos a pesar de las limitaciones, de forma tal que tengamos una proyección más clara de cómo construir un país mejor y de cuáles son los valores con los cuales construiremos una sociedad más justa. El poder y la convicción del ciudadano deben ser los que presionen a los gobiernos para que no sigan olvidando a la gente valiosa, así como deben ser los fundamentos de una actitud diferente hacia los talentos, para reconocerlos, promoverlos y potenciarlos.

Recuperar a nuestros talentos es hoy una necesidad imperiosa, ya que solo podremos salir del atraso si estamos guiados por los que saben y pueden.

Publicado en Ecos

jueves, 19 de noviembre de 2009

Entender lo global y lo local en la economía


Por Héctor Farina Ojeda (*)

En los últimos años, el concepto de globalización ha sido uno de los más difundidos en los medios de comunicación. Sin embargo, a menudo pareciera que no acabamos de entender cuáles son los efectos de una economía globalizada y qué es lo que podemos hacer desde nuestra situación local. Y entonces, muchas veces, no comprendemos por qué una crisis en un país ajeno termina afectando a nuestra ciudad, nuestra comunidad o nuestra economía familiar.

Si pensamos por qué estamos en crisis, tenemos que remontarnos a la crisis inmobiliaria en Estados Unidos, a partir de la cual se generó una burbuja económica que explotó y derivó en una recesión en este país. Cuando su economía dejó de crecer y empezó a contraerse, los efectos alcanzaron a todo el mercado mundial. En el caso de México, los efectos se sintieron muy rápido en puntos estratégicos: la disminución de las exportaciones al mercado norteamericano (porque este bajó su consumo), la pérdida de empleos de mexicanos en ese país, lo que a su vez generó una caída de las remesas, es decir del dinero que envían los que trabajan en ese país y que constituye una de las cuatro principales fuentes de ingreso de México.

Igualmente, debido a la recesión en el vecino del norte también disminuyó el turismo, con lo que se afectó a otro de los principales rubros de ingreso. Si seguimos analizando, nos daremos cuenta de que como muchos países fueron fuertemente afectados por la crisis, disminuyeron su consumo de numerosos productos y esto afectó a varios rubros a nivel internacional. Otro aspecto que debe tomarse en cuenta es que en tiempos de crisis, las inversiones se retacean y es difícil atraerlas.

Ahora bien, si miramos lo local nos daremos cuenta de que se perdieron empleos, que las familias que recibían dinero de sus parientes en el extranjero empezaron a recibir menos o dejaron de hacerlo, que los comercios empezaron a disminuir su nivel de ventas y que muchas empresas se mantuvieron en la incertidumbre de si despedían gente o no. En lo local sentimos los efectos porque circula menos dinero, porque hay menos oportunidades de trabajo y porque la incertidumbre hace que la gente cuide más lo que compra, lo que invierte y lo que proyecta.

El problema que tenemos ahora es cómo solucionar un problema global desde nuestra posición local. El filósofo Zygmunt Bauman dice que justamente es muy difícil que encontremos una solución a los problemas de la globalización porque no hay un organismo que abarque aspectos globales sino que todos se ocupan de sus propios problemas locales.
Sin embargo, ayer el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, luego de cuestionar la mala preparación mexicana para enfrentar la crisis, nos habló de algo sobre lo que hemos venido insistiendo desde este espacio radial: necesitamos invertir más en educación, en ciencia y tecnología y en infraestructura.

Pero, en este campo, no solo debemos pensar en materia global o nacional, sino como una inversión de nuestra economía familiar y personal. Si aprendemos a usar mejor nuestros recursos, como por ejemplo los que percibimos por nuestro trabajo o por las remesas, podemos hacer que eso redunde en nuestro beneficio, para fortalecernos y estar mejor preparados cuando nos lleguen problemas externos. Desde nuestro espacio local podemos mejorar nuestra educación y la de nuestras familias, podemos exigir y promover la inversión en tecnología, así como reclamar a las autoridades que prioricen las inversiones en la infraestructura.

Si bien no tenemos el poder para evitar los golpes de la economía global, tenemos la capacidad necesaria para prepararnos y hacer que nuestra economía familiar y local sea más fuerte, sobre la base de tener más capacidad para producir, para crear oportunidades y para saber cómo aprovechar mejor lo que tenemos.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Comentario editorial del Noticiero de Radio UDG Ocotlán, Jalisco, México

domingo, 15 de noviembre de 2009

Entre recuperaciones y pronósticos


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Al tema de los impuestos, que dominó gran parte de la agenda mediática en México, se sumaron otros dos temas dignos de análisis en el mundo económico: el primero de ellos, el fin de la recesión de la economía mexicana anunciado por el Gobierno, nos habla en forma esperanzadora de que se está saliendo de una de las crisis más graves de las últimas décadas. El segundo tema quizá no fue tan llamativo, pero deberíamos tomarlo como una seria advertencia para nuestro futuro: si no hacemos algo, la competitividad en América Latina será igual a la de África en unos 50 años, de acuerdo a lo establecido por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Esto nos coloca frente a dos escenarios: el de una recuperación de la economía, por un lado, y el de las proyecciones negativas para el futuro, por el otro lado. Si pensamos en el fin de la recesión anunciada por el Gobierno, tenemos que esto se debe a la recuperación de la economía de Estados Unidos, el principal socio comercial de México. Si bien el anuncio de que en el trimestre anterior hubo un crecimiento del 2.7% en la economía mexicana y se crearon 200 mil empleos es alentador, tenemos que pensar cómo se logrará que el crecimiento sea sostenido y se tengan las condiciones necesarias para no estar a merced de nuevos efectos negativos en los mercados internacionales.

Precisamente, es en este punto en donde impactan las declaraciones de la CEPAL sobre la competitividad en América Latina: "Yo creo que en Latinoamérica la tendencia futura, si miro a 50 años, es África", dijo en Bogotá la economista argentina de la CEPAL, Graciela Moguillansky. "Los países en Latinoamérica no están trabajando lo suficiente para ser competitivos: ¿Cuáles son los recursos que están poniendo para impulsar los nuevos sectores? (...) nada, no hay nada de eso en la región, por eso cada vez está peor", destacó la economista.

En otras palabras, nos están diciendo que producimos mal, que la calidad de lo que producimos irá disminuyendo y que nuestra capacidad no está siendo desarrollada como debiera. Estas declaraciones deberían hacernos reflexionar sobre qué es lo que no hemos hecho en todo este tiempo, para que hoy sigamos teniendo economías débiles, poco competitivas y que están quedando relegadas frente a las de otros países, como los asiáticos, que mejoran todos los días.

Dejar de pensar en lo inmediato y buscar una proyección para las siguientes generaciones, debería ser uno de los ejes rectores de cualquier economía. En América Latina somos ricos en recursos naturales, tenemos petróleo, gas, producción agrícola, ganado, minerales… pero si no tenemos la capacidad de explotar esa riqueza, seguiremos siendo pobres.

Para mejorar nuestra competitividad tenemos que mirar a los países que progresan e imitarlos: capacitar más a nuestra gente, invertir más en la formación profesional, promover la creación de empresas y sobre todo apuntar a la innovación en cuanto a lo que producimos. Debemos pensar estratégicamente en tener gente más preparada, que sepa producir de acuerdo a las necesidades de los tiempos actuales y que tenga la visión necesaria para hacer un sistema de oportunidades en el que seamos capaces de competir y de aprovechar cada ventaja que construimos.

(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Comentario editorial del Noticiero de Radio UDG Ocotlán, Jalisco, México.