domingo, 19 de agosto de 2012

Panamá: el crecimiento y el reto de la desigualdad


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las economías latinoamericanas se caracterizan por esa posición complicada de la emergencia, en donde se contraponen las grandes oportunidades de desarrollo y las anclas que terminan por mantener en el fondo sino a todos, al menos a buena parte de la población. Panamá no es una excepción, pues goza de indicadores económicos envidiables que pronostican un futuro próspero, al mismo tiempo que sus niveles de desigualdad y de fallas en la educación pintan un panorama no muy alentador para un porcentaje importante de la gente.

Comencemos por las bonanzas: el gobierno panameño prevé para este año un crecimiento económico de 10%. Esto se sumaría al repunte del año 2011, cuando el Producto Interno Bruto (PIB) se incrementó 10,6%. Panamá tiene un ritmo de crecimiento sostenido desde hace más de 20 años, y solo en los últimos cinco años su promedio fue de 8,9%, muy por encima del promedio de América Latina. Y la perspectiva futura se mantiene favorable, con un pronóstico de 8% de repunte para 2013.

La estrategia de este país centroamericano está basada en la explotación de sus enormes oportunidades comerciales: teniendo al Canal de Panamá como punto de partida para facilitar el comercio internacional, ha desarrollado servicios de logística, comunicaciones, transporte y finanzas que no sólo favorecieron la cuestión comercial sino que impulsaron la atracción de inversiones extranjeras y el turismo. Los panameños saben cómo facilitar las importaciones, el paso de mercaderías y el tránsito por su territorio con miras a los grandes mercados mundiales. Y uno de sus aciertos fue convertir al país en un centro aéreo, con lo que ha mejorado notablemente la confianza para operar en su territorio y de paso generar una afluencia importante de turistas.

De acuerdo a los datos de diferentes organismos internacionales -como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Naciones Unidas y el Banco Mundial (BM)- es el país con los ingresos por habitante más altos de Centroamérica. Visto desde la perspectiva de su potencial, algunos dicen que podría ser "la Singapur de América", aunque todavía hay algunas diferencias notables que limitan este futuro que parece muy prometedor.

Uno de los grandes problemas de fondo es la desigualdad: mientras los indicadores muestran crecimiento, la pobreza sigue afectando a una buena parte de la población, que vive en condiciones precarias y en un ambiente rural de pocas oportunidades, lejos de la concentración de la riqueza en las grandes ciudades. Los datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) dicen que la pobreza afecta al 26% de la gente, en tanto otros estudios sitúan la cifra por encima del 30%. Aquí tenemos el reflejo de dos realidades: una en donde hay mucho comercio y un incremento de la riqueza, y otra en donde dicha riqueza no llega y en donde las limitaciones pueden más que las inversiones extranjeras y los flujos de capital.

La calidad de la educación es un problema serio en Panamá, pues la riqueza no llegará a los pobres mientras estos sigan sin tener preparación y sin saber aprovechar las oportunidades. Al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, los sistemas educativos siguen siendo precarios y con muchas deficiencias, por lo que un segmento importante de la población carece de las condiciones necesarias para conseguir un buen empleo, para emprender o para competir en un mercado laboral que necesita gente con preparación.

Observar la realidad panameña debe servirnos para asumir que más allá de las bonanzas económicas que tienen nuestros países tenemos desafíos muy grandes que debemos afrontar. Lo primero es revertir esa condición de desigualdad que hace que cada vez que haya un buen momento económico terminemos por generar más pobres y más exclusión. Cuidar los indicadores macroeconómicos no le alcanza a una Latinoamérica a la que le urge devolverle la oportunidades a la gente. Así como hizo Singapur o como lo hacen los países nórdicos, deberíamos empezar por igualar a la gente en materia educativa, por tener una formación incluyente y de mayor calidad, para así minimizar esa enorme brecha que tenemos entre los que concentran la riqueza y los excluidos, entre los que saben aprovechar oportunidades y los que quedan a merced de su falta de conocimiento.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

domingo, 12 de agosto de 2012

Costa Rica, un país interesante


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Llamativo, exótico e interesante. Costa Rica es uno de esos lugares en donde se combinan factores atractivos que despiertan la curiosidad y acaso la envidia. Es una de las democracias más antiguas, con una marcada estabilidad política, muy distante de las democracias latinoamericanas endebles que, confusas y propensas a lo indefinido, nos acostumbraron a lo imprevisible. Como toque de distinción, mientras los gobiernos latinoamericanos se militarizaban y hasta empotraban dictaduras empuñando las armas, Costa Rica abolió su ejército hace más de 60 años. La de idea de nación era clara: las victorias armadas no eran las importantes, sino que habría que ganar batallas en el campo educativo para que el beneficio se extienda a la sociedad.

Hoy en día es uno de los países más alfabetizados de América Latina y ha ido mejorando sus niveles de calidad educativa. Pasar de los presupuestos militares a la inversión en educación ha generado una sociedad más próspera y menos tendiente al conflicto. Y como resultado de la apuesta a la educación, no sólo han mejorado los niveles de productividad y competitividad en materia de recursos humanos, sino que han generado un clima atractivo para la inversión de las empresas que requieren de mano de obra calificada, como las grandes compañías productoras de tecnología. Los beneficios sociales son importantes, aunque todavía la pobreza sigue afectando a alrededor del 20% de la población, de acuerdo a los datos de Naciones Unidas.

Los “ticos” no sólo se están adelantando al resto de los países latinoamericanos en su carrera hacia la economía del conocimiento, sino que han sabido aplicar buenas estrategias para el aprovechamiento de sus recursos naturales. Precisamente, sus volcanes, bosques y parques nacionales en general son un atractivo que ha convertido al país en uno de los pioneros del ecoturismo, en tanto se suman ingresos superiores a los 2 mil millones de dólares por año en materia de turismo. De esta manera, al sumar los beneficios de la educación, los ingresos por turismo, la inversión extranjera y el desarrollo de la industria de alta tecnología, Costa Rica presenta factores importantes que apuntan a que el país siga una ruta de progreso y mejoría de las condiciones de vida de su gente.

Hablar de lo “orgullosamente tico” es referirse a una marca país que se traduce en seguridad, calidad y respeto. Es uno de los países más seguros de América Latina –según el Índice de la Paz Global 2012- y respetado por sus cuidados al medio ambiente, por las libertades de las que gozan los ciudadanos y por la apuesta permanente que se hace por la educación.

Costa Rica se encuentra actualmente en un proceso de recuperación económica, tras la crisis global que hizo sentir sus efectos en el país en 2009. Con un crecimiento promedio del 4% en los últimos dos años y con una buena generación de empleo, los indicadores son alentadores aunque todavía insuficientes para cubrir todas las necesidades de una economía emergente.

Hay muchos factores interesantes que aprender de los ticos. Desde su redireccionamiento de los gastos militares hacia la inversión educativa, hasta su apuesta por la competitividad de los recursos humanos como incentivo para el desarrollo de empresas tecnológicas. ¿Cuántos gastos innecesarios tenemos que bien podrían servir para una inversión a futuro? ¿Cuánto tiempo más vamos a priorizar en nuestros presupuestos a los partidos políticos, a la burocracia parasitaria y a los avivados que se cuelgan de las bondades del poder para hacer fortunas impuras? ¿Cuándo destinaremos los recursos al desarrollo de la gente y no al mantenimiento de estructuras obsoletas?

Vivimos en sociedades injustas porque no hemos priorizado la educación de la gente, de manera que esta es la verdadera fuente de la desigualdad, la exclusión y la limitación para el progreso. Si hiciéramos el ejercicio de pensar un cambio en el destino de los recursos que tenemos… ¿qué gastos deberíamos suprimir y qué inversiones serían las urgentes para mejorar al país? Vale la pena pensarlo. Con urgencia.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México.

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

domingo, 29 de julio de 2012

Paraguay, muchas oportunidades y poco provecho


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Tras una revisión de las estrategias de las naciones desarrolladas y emergentes, una gran pregunta que queda siempre es cuál es la estrategia que tiene Paraguay en cuanto a modelos de desarrollo y mejoramiento de la economía. Es difícil clasificar a Paraguay y es más complicado aun definir cuál es su apuesta para la construcción de un futuro a mediano y largo plazo, teniendo en cuenta la inestabilidad política y la falta de una hoja ruta clara sobre la que se cimente el desarrollo. Es un país de contradicciones y absurdos, en donde la abundancia de recursos naturales y riqueza energética contrasta con los elevados índices de pobreza y las injusticias en la distribución de la tierra y las oportunidades.

Durante muchos años se apostó por el modelo agroexportador, en la creencia de que la riqueza de la tierra convertida en producto cotizado en el mercado internacional terminaría por beneficiar a los campesinos y a la gente en general. Pero mucho de eso quedó en la venta de materia prima –sin todo el valor agregado que podríamos darle- y en la sobreexplotación mediante monocultivos intensivos que terminaron concentrando la riqueza en pocas manos. Así, los niveles de crecimiento económico dependieron de las exportaciones de rubros como la soja pero no se tradujeron en equidad distributiva, pues los grandes exportadores incrementaron sus ingresos mientras que los niveles de pobreza y marginalidad seguían intactos o empeoraban.

Como en el ciclo del eterno retorno, hubo periodos de crecimiento notable que siempre se acabaron, y terminamos por volver a reflejarnos en las mismas precariedades que buscamos eludir. Con la construcción de Itaipú el país logró un crecimiento sin precedentes y se respiraba la bonanza, pero la burbuja explotó y hoy tenemos el mayor per cápita de energía eléctrica del mundo, aunque el 95% de dicha energía se la queda el Brasil mientras el Paraguay sigue pobre y sin encontrar el mecanismo de hacer que este potencial se convierta en un soporte para el progreso. Nos jactamos de la electricidad pero seguimos dependiendo del petróleo que importamos y careciendo de sistemas de trenes eléctricos que faciliten la movilidad de un país mediterráneo al que le urge facilitar las comunicaciones.

Y mientras los países con visión de futuro han emprendido la carrera hacia la economía del conocimiento, mediante la optimización de la calidad educativa y la inversión en ciencia y tecnología, Paraguay todavía está a merced del clima, de los factores externos como los precios internacionales y de la buena voluntad de los vecinos, que deciden si traban o dejan pasar las exportaciones. Bastan una caída del precio de la soja o un brote de aftosa que ahuyente a los compradores, para que la economía se resienta y golpee a todos. Con una industria poco competitiva, que encima ha sido perjudicada por las trabas del Mercosur, los logros han sido esporádicos y sectorizados. Mientras lo que se requiere es ser competitivo y expandir la economía hacia los mercados globalizados, todavía se sufre en el mercado interno cuando el contrabando desplaza a la producción local.

El problema de fondo no radica en la pobreza de recursos naturales ni en la falta de oportunidades de desarrollo, sino en la pobreza educativa. Curiosamente, Paraguay cuenta con el bono demográfico, con más del 60% de su población con menos de 30 años, pero no ha trabajado correctamente los cimientos de cualquier sociedad: su gente. Singapur, Finlandia, Noruega y otros países prácticamente han derrotado a la pobreza gracias a la apuesta por la educación de su gente, y hoy gozan de niveles de calidad de vida muy lejanos a los que conocemos en Paraguay.

No hay modelo económico exitoso sin gente educada, sin mano de obra calificada, sin profesionales que dirijan la economía y que sepan cómo lograr competitividad en cada uno de los sectores. Mientras no asumamos esto y no obremos en consecuencia, seguramente seguiremos experimentando con modelos económicos y dependiendo de ciclos de bonanza que se irán tal como vinieron. Sin revertir nuestros índices de analfabetismo, analfabetismo funcional y la poca preparación profesional, no lograremos revertir ni la pobreza ni la marginalidad ni las injusticias sociales.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.


sábado, 21 de julio de 2012

Rusia, potencia energética y ¿tecnológica?

Por Héctor Farina Ojeda (*)

La economía rusa es una de las más grandes del mundo. Tras un proceso de transformación desde el comunismo hacia una economía de mercado, este país que posee la octava parte de la superficie territorial mundial es hoy una de las potencias emergentes que se posicionan como las dominantes para las siguientes décadas. Con una población aproximada de 141 millones de habitantes, y una riqueza incalculable en cuanto a recursos naturales y energéticos, Rusia reúne factores fundamentales para una economía poderosa: territorio, riqueza natural, recursos humanos abundantes, competitividad y proyección.

El país de Dostoievski y Tolstoi forma parte del grupo denominado BRIC –junto con Brasil, India y China-, que son los que dominarán –según algunos pronósticos- la economía mundial debido a su territorio, su población y la abundancia de recursos naturales. Precisamente, Rusia es una potencia energética gracias a su enorme producción de petróleo, sus grandes reservas de gas natural, minerales (sobre todo oro y diamantes), carbón y reservas de madera, pues ha sabido preservar sus bosques. Cuenta con aproximadamente 3 mil yacimientos de hidrocarburos y se encuentran en una fase de expansión y de incremento de la explotación de esta riqueza. De todo esto se desprende una enorme dependencia de los recursos energéticos pero también una fuente natural de ingresos millonarios que permiten financiar gran parte de la vida rusa.

Pese a la crisis que afectó al país en 2009, como resultado del malestar económico global, hay un proceso de recuperación que se percibe con un 4% de repunte en 2011 y un pronóstico de 3.5% para este año. No obstante, las expectativas a mediano y largo plazo son mejores, a tal punto que el ex ministro de Finanzas de Rusia, Alexei Kudrin, dijo que este país se convertirá en la quinta economía más grande del mundo en los próximos 10 años.

Detrás de este anuncio que pudiera parecer presuntuoso se encuentra una serie de medidas destinadas a reducir la dependencia energética, diversificar las fuentes de ingreso y elevar la competitividad en sectores estratégicos, gracias a la sólida formación de los recursos humanos, la investigación científica y el incentivo para que los mejores cerebros rusos permanezcan en el país. Hace unos días, en los periódicos internacionales se informó que Rusia está construyendo su propio “Silicon Valley” denominado “Centro de Innovación Skolkovo”, ubicado a 30 kilómetros al oeste de Moscú. Los rusos son conscientes de que su poderío energético se irá agotando y que necesitan buscar estrategias para ubicarse a la vanguardia en el mundo tecnológico.

Al igual que en la segunda mitad del siglo pasado se emprendió una carrera por la conquista del espacio, ahora se apunta a una carrera tecnológica marcada por la innovación, la invención y la competitividad. Para ello, los capitales públicos y privados buscan incentivar la radicación de empresas y la investigación científica.

Salvando la enorme distancia entre Rusia y las economías latinoamericanas, hay algunos elementos en común y notables diferencias. América Latina es rica en recursos naturales y en energía, y también se ha acostumbrado a la exportación de materia prima y a la dependencia de pocos sectores. Pero nos diferenciamos en la falta de una visión que nos impulse a dar el golpe de timón hacia donde hoy está la riqueza: la economía del conocimiento. Seguimos agotando nuestros recursos naturales aunque sabemos que con esto no lograremos salir de la pobreza ni disminuiremos la inequidad que nos convierte en el continente más injusto en cuanto a la distribución de la riqueza.

Hay que dejar de lado la dependencia del petróleo, el gas, la materia prima y la sobreexplotación de recursos naturales, para construir las bases de un cambio en los modelos económicos. Exportar productos agrícolas ya no es suficiente: hay que apuntalar la inversión en el desarrollo tecnológico, la investigación científica y la formación de recursos humanos. Si no hacemos esto último, posiblemente sigamos siendo proveedores de insumos para que los otros progresen, mientras nosotros seguimos igual.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

domingo, 15 de julio de 2012

Polonia, a contracorriente


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Mientras la recesión y la crisis afectan y contagian a los países europeos, haciendo que los gobiernos busquen en forma presurosa medidas de contención y formas de oxigenar sus economías, Polonia navega a contracorriente en aguas turbulentas. Es el único país de la Unión Europea que no cayó en recesión en 2009, y ha logrado un crecimiento significativo del 15% de su Producto Interno Bruto (PIB) en los últimos cuatro años. Y aunque hay síntomas de desaceleración, el año pasado tuvo un repunte de 4.3%. No será la economía más poderosa del viejo continente, pero debido a un mercado interno sólido y a un buen sistema de atracción de inversiones extranjeras está consiguiendo eludir los efectos nocivos de la crisis en la región.

Con un mercado de aproximadamente 38 millones de habitantes, este país mantiene una buena confianza por parte de sus consumidores, lo que hace que el incentivo para invertir y gastar en el mercado interno sea envidiado por otras naciones. Los polacos tienen mucho optimismo sobre el futuro de su economía, en tanto los pronósticos para este año indican que habrá un crecimiento de alrededor del 2.7%. Esto nos habla de un mercado interno fuerte y de una población que apuesta por mantener un dinamismo propio. Y este optimismo deriva en buena medida del hecho de que las inversiones extranjeras siguen llegando y que hay condiciones muy favorables para las exportaciones de los productos agrícolas.

La economía polaca se ha diversificado mucho tras los procesos de reformas que emprendieron cuando se pasó del comunismo a una economía de mercado. Hoy en día cuenta con sectores industriales poderosos como el automotriz, servicios financieros, informáticos y de asesoría en mercadotecnia, así como una gran capacidad de producción de electrodomésticos que los ubica como el principal proveedor europeo de refrigeradores y lavarropas. Y aunque son exportadores de productos agrícolas, en este campo todavía soportan muchas flaquezas, con una producción insuficiente para atender las necesidades del mercado y con reformas pendientes para elevar la productividad.

Facilitar las inversiones extranjeras, generar confianza en los inversionistas, diversificar los sectores productivos, industrias y de servicios, incentivar el mercado interno y, por sobre todo, la confianza de los consumidores son parte de la receta de este país que hoy llama la atención porque ha eludido la recesión europea y está logrando, paulatinamente, un aumento de los ingresos de la gente y una mejoría de la calidad de vida.

Si contemplamos estos factores a la luz de lo que ocurre en países pequeños como Paraguay, seguramente notaremos algunas carencias que nos hacen poco atractivos para las inversiones extranjeras: inestabilidad, inseguridad jurídica, poca confianza de los consumidores y muchas trabas en la región para acceder a los grandes mercados. El modelo agroexportador del Paraguay, basado en monocultivos y en la explotación desigual de la tierra –con grandes latifundios improductivos y una concentración de la tierra en pocas manos- no es suficiente para lograr una economía competitiva, que genere oportunidades de desarrollo y que permita hacerle frente a las influencias externas.

El Paraguay necesita devolverle la confianza y el optimismo a la gente: hay que trabajar en una reforma que ponga al ciudadano en el centro de la atención económica. Hay que invertir en los cimientos de la competitividad, ampliar el alcance y mejorar los niveles educativos, al tiempo de facilitar las inversiones para apuntalar los sectores industriales y de servicios. Los paraguayos ya conocen el aislamiento, las trabas externas y los efectos nocivos de ser un país pequeño y mediterráneo. Por eso hay que apostarle a fortalecer nuestra propia capacidad de hacer, de emprender e innovar, para tener un mercado interno sólido que no sólo pueda resistir a las recesiones, sino que sea la plataforma hacia un estadio de menor desigualdad y mayores oportunidades.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

viernes, 13 de julio de 2012

La emergencia y la crisis en torno a México


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Una de las economías de América Latina que mejor refleja las contradicciones entre la potencia emergente y el rezago es la de México. Mientras las previsiones del Foro Consultivo, Científico y Tecnológico de este país indican que –de hacer las inversiones correctas en ciencia y tecnología- podría convertirse en la quinta economía mundial en 2050, por otro lado los datos en cuanto a la educación parecen anclarlo en el atraso: con 33 millones de mexicanos con rezago educativo, las limitaciones para el desarrollo y la equidad son demasiado grandes.

La economía mexicana tiene algunas peculiaridades dignas de análisis y comparaciones: tiene una enorme dependencia del mercado de Estados Unidos, a donde se destina más del 80% de las exportaciones; depende igualmente de las remesas de los migrantes que trabajan en el mercado norteamericano, en tanto el turismo se constituye en otra de las principales actividades de generación de riqueza. Si consideramos que las principales fuentes de ingreso son el petróleo, las remesas, el turismo y las exportaciones de las maquiladoras, tenemos que la dependencia del vecino del norte es aún mayor. México es una economía emergente ligada al desarrollo de una economía desarrollada.

País de contrastes, México posee un territorio lleno de recursos naturales que abarcan desde el petróleo hasta tierras fértiles, minerales, bosques y mar. Pero una gran desigualdad se ha adueñado de la población, por lo que las riquezas naturales se olvidan al contemplar los indicadores de pobreza y marginalidad. Mientras un mexicano encabeza la lista de los hombres más ricos del planeta, más de 50 millones de mexicanos viven en condiciones de pobreza. Al tiempo que la economía crece debido al mejoramiento de indicadores como las exportaciones, las inversiones extranjeras directas y el control de lo macroeconómico, también se siente el malestar por los bajos salarios, las condiciones laborales precarias, los empleos insuficientes y la falta de educación de gran parte de la población.

Es curioso que pese a tener la universidad más grande de América Latina – la Universidad Nacional Autónoma de México-, también tenga niveles de exclusión elevados y una baja inversión en ciencia y tecnología: 0.4% del Producto Interno Bruto (PIB). A pesar de tener una población joven, buenas universidades y condiciones ideales para el comercio internacional, la competitividad mexicana sigue estando rezagada, ya que ocupa el lugar 58 según el Índice Global de Competitividad que realiza el Foro Económico Mundial. Es una economía emergente, con un enorme potencial y un mundo por conquistar, pero a la vez es dependiente, con problemas de competitividad y con una necesidad imperiosa de equidad distributiva.

El caso mexicano presenta muchas enseñanzas emblemáticas para los latinoamericanos. Lo primero es saber que el crecimiento económico basado en la dependencia no es suficiente para generar desarrollo, pues la falta de un dinamismo propio hace que la economía se tambalee cada vez que el vecino mayor tiene algún inconveniente. Por otro lado, queda claro que el crecimiento económico sin inversión educativa es igual a desigualdad. Es decir, si no se invierte en la educación de la gente el resultado será el que ya conocemos: cada vez que haya un repunte de la economía, los ingresos se concentrarán en pocas manos, de forma que habrá pocos ricos y muchos pobres.

Los mexicanos, al igual que la mayoría de los latinoamericanos, están acostumbrados a danzar entre la emergencia y la crisis, entre el crecimiento económico y la desigualdad, entre las oportunidades florecientes y las perdidas. Falta atacar los fundamentos de los males, para dejar libres a las oportunidades. Hace falta incrementar y optimizar la inversión en la educación, invertir más en ciencia, tecnología e innovación, así como aprovechar el enorme talento de los jóvenes, para establecer los cimientos de una economía más competitiva, menos dependiente y menos injusta en la distribución de la riqueza. En América Latina, necesitamos lo mismo.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México.

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.

lunes, 9 de julio de 2012

Malasia y el desarrollo de la economía verde



Por Héctor Farina Ojeda (*)

Tras el salto tecnológico que permitió a Malasia pasar de un estado de crisis, pobreza y analfabetismo a uno de crecimiento económico sostenido, de desarrollo y generación de oportunidades para mejorar la calidad de vida, este país es un ejemplo de que una buena visión de futuro, una buena estrategia y acciones correctas son una combinación que puede cambiar el estado de una sociedad. Mediante una apuesta fuerte al desarrollo de la tecnología, la industrialización de sus principales rubros de producción, y un proceso de ampliación y mejoramiento de la calidad educativa –sobre la base de una inversión importante de su riqueza a este sector- ha cosechado resultados que son envidiables para los países latinoamericanos.

Aunque su repunte no fue tan espectacular como el de Singapur –que formó parte de Malasia hasta 1965-, su proceso de transición resulta muy interesante a la luz de sus logros en lo económico y lo social. Gracias a la tecnología, se convirtió en el primer productor mundial de aceite de palma, así como en un gran productor de caucho y cacao. Además, su fuerte inversión en la tecnología lo ha posicionado como uno de los principales productores de componentes electrónicos junto con Japón y Estados Unidos. Y algo por demás llamativo es que esto último lo ha llevado al desarrollo del “turismo tecnológico”, ya que hacer un recorrido por las tiendas en busca de artículos de última generación resulta muy atractivo para los turistas de todo el mundo.

Lo curioso detrás de estos avances es que –tras superar la crisis asiática de la década del 90' que afectó fuertemente a esta nación- los malayos buscan alternativas para seguir en el proceso de transformación de su economía y obtener así logros que permitan mejorar los niveles de vida de la gente. Una de sus metas actuales es lograr un desarrollo mediante el uso de “tecnologías verdes”, con lo que esperan lograr una alta eficiencia en el uso de los recursos naturales, bajas emisiones de carbono, menos contaminación y una población instruida. La educación de la gente se convierte así en un factor fundamental para fortalecer la economía, mejorar los niveles de competitividad y posicionarse como una sociedad de vanguardia que innova y aprovecha la riqueza natural.

Mediante un proyecto de desarrollo de tecnologías verdes, liderado por un grupo de científicos y empresarios de diversas partes del mundo, Malasia espera duplicar sus ingresos per cápita en diez años, de manera que de 7 mil dólares anuales pasen a percibir 15 mil dólares por persona en 2020. Para esto, los malayos crearon un consejo del que forman parte dos ganadores del Premio Nóbel de Medicina, y empresarios relacionados al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Además de incentivar el desarrollo de la industria de aceite de palma, planean la creación de “ciudades inteligentes” y “población inteligentes”. Todo esto sobre la base de invertir en la educación, la ciencia y la tecnología.

Mientras se mantiene la expectativa por ver los resultados de este ambicioso proyecto, la lección que podemos aprender es que este mundo competitivo es de los visionarios, de los que apuestan por el conocimiento y de los que saben cómo planificar una nación. En tanto nuestras economías latinoamericanas se debaten entre la falta de planificación, la inestabilidad política y los constantes cambios de gobierno que empiezan por deshacer y reiniciarlo todo, los países que progresan tienen claro el rumbo, el destino y los mecanismos para avanzar. Así lo demuestran también los noruegos, los singapurenses, los finlandeses, los taiwaneses o los surcoreanos.

Si trasladamos estas ideas al contexto paraguayo, seguramente comprenderemos por qué seguimos sin explotar como corresponde la riqueza energética, las bondades de la naturaleza o la capacidad de la gente. Y seguramente podremos establecer que los resultados de no planificar, de no tener ideas y acciones visionarias y de no invertir en los recursos humanos se notan en indicadores de pobreza escandalosos, en marginalidad, inseguridad y atraso.

Deberíamos imitar a los malayos en el sentido de crear consejos con personas idóneas y preparadas para realizar proyectos que nos permitan poner a la economía del país a la vanguardia en sectores estratégicos: educación, ciencia, tecnología y aprovechamiento de recursos como la energía eléctrica.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el suplemento "Estrategia", una publicación especializada en economía y negocios, del Diario La Nación, de Paraguay.