Por Héctor C. Farina (*)
El escándalo que envuelve la figura del presidente de la República, Fernando Lugo, debido a su oculta vida personal como obispo que hoy llena los espacios mediáticos, nos coloca frente a una crisis de credibilidad que, no obstante, en el fondo, no debería sorprendernos más allá de las peculiaridades de este caso. La pérdida de credibilidad que afecta al Presidente, si bien obedece a un comportamiento personal del mandatario, debería llamarnos a una profunda reflexión sobre un hecho crucial para la construcción de un mejor país: nuestros sistemas de selección de autoridades y nuestras jerarquías no sirven para hacer que aquellas personas creíbles ocupen los puestos que se merecen.
El mismo presidente Lugo es el resultado del descontento de todo un pueblo hacia los sistemas de gobierno de los colorados, que durante seis décadas condenaron al país a vivir bajo la sombra de los corruptos. El ex obispo no fue el resultado de un proceso de selección de las personas más idóneas y creíbles para gobernar una nación, sino fue la tabla de salvación que se buscó fuera de los partidos políticos y de los sistemas prebendarios de donde salieron los anteriores gobernantes. El fracaso de los partidos y de las canteras de formación de líderes hace que busquemos credibilidad en otros estamentos, en esferas que creemos que no están contaminadas.
La crisis de credibilidad que hoy enfrentamos no responde solo a un caso actual sino a un fenómeno estructural del que no nos hemos ocupado como corresponde. Los partidos políticos, tanto los tradicionales como los recientes, no son referentes de confianza ni de compromiso con la sociedad. Sus líderes, sus miembros y hasta sus seguidores tienen el estigma de la corrupción, del oportunismo y de la mentira. Son representantes de sus propios intereses aunque pretenden aparentar que se preocupan por los demás. Son personajes ajenos a la confianza ciudadana, como los senadores y diputados, que no son el resultado de que la gente crea en ellos, sino el producto de un sistema torcido que se basa en listas sábanas para llevar al poder a los mediocres y avivados. Esto demuestra que el sistema no sirve para seleccionar a los mejores, sino para privilegiar a los sinvergüenzas.
Numerosos sectores de la vida paraguaya hoy están en un conflicto de credibilidad. Nuestras universidades están llenas de maestros que no son creíbles, porque se cuelan a las posiciones de mando gracias a favores políticos, a amiguismos y compadrazgos, o a cualquier factor ajeno a la capacidad personal. En cualquier dependencia pública sabemos que no encontraremos a los más idóneos sino a los más acomodados. Es por ello que tenemos una crisis de credibilidad, porque hemos perdido la capacidad de educar a los ciudadanos para ser mejores, así como hemos dejado que los incapaces ocupen aquellos lugares que no se merecen. No tenemos un sistema de formación de líderes capaces y creíbles, en tanto los mecanismos torcidos siguen siendo una plataforma para entronar a los inútiles.
El gran reto que debemos afrontar los paraguayos para concretar un cambio verdadero es el de construir sistemas más eficaces de formación de personas creíbles, con convicciones firmes y con un compromiso verdadero. Los sistemas de selección de las personas que pretenden ocupar cargos públicos deben ser más exigentes y transparentes, basados en la capacidad y en la honestidad. Quien quiera ser autoridad debe educarse para ello y construir una trayectoria de trabajo honesto que la gente pueda evaluar.
Tenemos que revisar profundamente nuestros criterios de formación y selección de líderes, para hacer que las personas respetadas lleguen a los puestos importantes y que no solo sean los mentirosos y corruptos los que administren el país. Si no revisamos nuestra educación y no renovamos nuestras canteras de formación, los mesiánicos, los corruptos, ladinos y vividores seguirán prevaleciendo en la política y en la vida pública. Sólo tendremos credibilidad y confianza, si nosotros mismos somos los constructores y promotores de un país más serio.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
www.vivaparaguay.com
domingo, 26 de abril de 2009
domingo, 19 de abril de 2009
El poder en manos temblorosas
Por Héctor Farina (*)
Los paraguayos hemos visto, a lo largo de nuestra historia, gobernantes de todo tipo, así como formas muy diversas de ejercer el poder. Los tiranos y los endebles, los implacables y los pusilánimes, los intelectuales y los mediocres: bajo diferentes sistemas de gobierno han desfilado mandatarios que se vistieron con el poder para administrar la dirección del país. Algunos no fueron lo que esperábamos y otros se nos parecieron demasiado.
En nuestra historia independiente tuvimos gobernantes de la talla del Dr. Francia, el dictador implacable que manejó los hilos del poder con mano férrea, sin más límites que su voluntad. Eligio Ayala, un gobernante inteligente y preparado, nos dio una lección de cómo se debe gobernar cuando se rodeó de la gente más preparada del Paraguay para conformar su gabinete. Nos mostró que cuando el poder es administrado por los que saben, se logran los mejores resultados. Pero también el poder fue el cetro de los tiranos que hundieron al país, como Stroessner, quien durante 35 años impuso un sistema de terror que dejó una ciudadanía empobrecida y sin educación.
El inicio de la era democrática trajo consigo una serie de gobernantes que no cumplieron con las expectativas de una ciudadanía harta de tiranía y esperanzada en un nuevo rumbo: militares incultos, gobernantes corruptos e ineptos, desfachatados y hasta delirantes. El poder pasó por las manos de cinco presidentes colorados que se fueron dejando rastros de inutilidad, corrupción, sumisión, desvergüenza y cinismo. Las políticas sin dirección, sin sustento o directamente esquizofrénicas no fueron capaces de solucionar los problemas de la gente. Y por eso el hartazgo, por eso el voto por el cambio.
Hoy el poder atribuido por los ciudadanos se encuentra en manos del ex obispo Fernando Lugo, un presidente que hasta el momento se ha mostrado tibio, indeciso y hasta pusilánime. No tiene control sobre los hilos del poder y más bien parece que son otros tentáculos los que lo gobiernan a él. Se mueve con vacilación, como si esperara la aprobación en cada paso y por ello no termina de afirmarse ante el temor de tener que regresar el pie. Toma decisiones para luego recular, con lo que deja la sensación de que no tiene claridad a la hora de decidir o no tiene la última palabra en las decisiones. Errático, sin definir el rumbo mediante el cual se consolidará el cambio, mantiene una política a la deriva, navegando sin fuerza en medio de las presiones de sectores que sólo buscan sacar provecho de la coyuntura.
El poder parece quemar las manos de Lugo, quien ha llamado más la atención por un escándalo en su vida personal que por sus acciones como gobernante. No solo parece que el poder es administrado por manos temblorosas, sino que queda la sensación de que los oportunistas se ocultan tras esos temblores y que están expectantes para dar el zarpazo. La tibieza genera incertidumbre, y la indecisión de Lugo hace que veamos el cambio como algo sin forma, como algo que no se traduce en hechos concretos.
Los ciudadanos debemos recordar que tenemos poder dentro del sistema democrático y que tenemos que ejercerlo mediante nuestra capacidad de hacer, de cuestionar y de proponer. Tenemos que ser protagonistas y ejercer nuestra ciudadanía en forma responsable, para que la gente sea el contrapeso del poder de los gobernantes y que no sean las presiones de los politiqueros y avivados las que condicionen el manejo del poder.
Lugo tiene que entender que la ciudadanía exige acciones firmes para combatir la corrupción, para generar empleos, para tener una mejor educación y para mejorar las condiciones de vida de todos los ciudadanos. Ni su indecisión, ni su tibieza ni sus escándalos sirven para tener el país mejor que todos queremos. Necesitamos firmeza y acciones concretas. A los tibios, hay que vomitarlos.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
Publicado en Viva Paraguay
Los paraguayos hemos visto, a lo largo de nuestra historia, gobernantes de todo tipo, así como formas muy diversas de ejercer el poder. Los tiranos y los endebles, los implacables y los pusilánimes, los intelectuales y los mediocres: bajo diferentes sistemas de gobierno han desfilado mandatarios que se vistieron con el poder para administrar la dirección del país. Algunos no fueron lo que esperábamos y otros se nos parecieron demasiado.
En nuestra historia independiente tuvimos gobernantes de la talla del Dr. Francia, el dictador implacable que manejó los hilos del poder con mano férrea, sin más límites que su voluntad. Eligio Ayala, un gobernante inteligente y preparado, nos dio una lección de cómo se debe gobernar cuando se rodeó de la gente más preparada del Paraguay para conformar su gabinete. Nos mostró que cuando el poder es administrado por los que saben, se logran los mejores resultados. Pero también el poder fue el cetro de los tiranos que hundieron al país, como Stroessner, quien durante 35 años impuso un sistema de terror que dejó una ciudadanía empobrecida y sin educación.
El inicio de la era democrática trajo consigo una serie de gobernantes que no cumplieron con las expectativas de una ciudadanía harta de tiranía y esperanzada en un nuevo rumbo: militares incultos, gobernantes corruptos e ineptos, desfachatados y hasta delirantes. El poder pasó por las manos de cinco presidentes colorados que se fueron dejando rastros de inutilidad, corrupción, sumisión, desvergüenza y cinismo. Las políticas sin dirección, sin sustento o directamente esquizofrénicas no fueron capaces de solucionar los problemas de la gente. Y por eso el hartazgo, por eso el voto por el cambio.
Hoy el poder atribuido por los ciudadanos se encuentra en manos del ex obispo Fernando Lugo, un presidente que hasta el momento se ha mostrado tibio, indeciso y hasta pusilánime. No tiene control sobre los hilos del poder y más bien parece que son otros tentáculos los que lo gobiernan a él. Se mueve con vacilación, como si esperara la aprobación en cada paso y por ello no termina de afirmarse ante el temor de tener que regresar el pie. Toma decisiones para luego recular, con lo que deja la sensación de que no tiene claridad a la hora de decidir o no tiene la última palabra en las decisiones. Errático, sin definir el rumbo mediante el cual se consolidará el cambio, mantiene una política a la deriva, navegando sin fuerza en medio de las presiones de sectores que sólo buscan sacar provecho de la coyuntura.
El poder parece quemar las manos de Lugo, quien ha llamado más la atención por un escándalo en su vida personal que por sus acciones como gobernante. No solo parece que el poder es administrado por manos temblorosas, sino que queda la sensación de que los oportunistas se ocultan tras esos temblores y que están expectantes para dar el zarpazo. La tibieza genera incertidumbre, y la indecisión de Lugo hace que veamos el cambio como algo sin forma, como algo que no se traduce en hechos concretos.
Los ciudadanos debemos recordar que tenemos poder dentro del sistema democrático y que tenemos que ejercerlo mediante nuestra capacidad de hacer, de cuestionar y de proponer. Tenemos que ser protagonistas y ejercer nuestra ciudadanía en forma responsable, para que la gente sea el contrapeso del poder de los gobernantes y que no sean las presiones de los politiqueros y avivados las que condicionen el manejo del poder.
Lugo tiene que entender que la ciudadanía exige acciones firmes para combatir la corrupción, para generar empleos, para tener una mejor educación y para mejorar las condiciones de vida de todos los ciudadanos. Ni su indecisión, ni su tibieza ni sus escándalos sirven para tener el país mejor que todos queremos. Necesitamos firmeza y acciones concretas. A los tibios, hay que vomitarlos.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
Publicado en Viva Paraguay
jueves, 16 de abril de 2009
De oportunistas y oportunidades
Por Héctor Farina (*)
Los signos que se pueden percibir por medio de las acciones del gobierno que prometió el cambio son claros a la hora de descubrir que no se ha modificado la visión tradicional del oportunismo ni se ha concretado un proceso de generar oportunidades. Esa vieja mentalidad llagada descrita con genialidad por Gabriel Casaccia en “La Llaga” (1963) sigue vigente en el accionar de muchos paraguayos: perviven los arribistas, los oportunistas, los que solo están a la espera de un golpe de suerte para mejorar su situación. La confusión o el cinismo hacen que prevalezca la idea errónea y corrupta de que las oportunidades son aquello que se aprovecha para pegar el zarpazo y no aquello que uno construye con su trabajo, su capacidad y su convicción.
Casaccia retrató bien al oportunista en la figura de Gilberto Torres, el pintor que representa al arribista que busca mejorar su condición con un golpe de suerte. Torres sueña con la grandeza pero no hace nada para merecerla, en tanto se mantiene a la expectativa de un cambio en los aires políticos para salir beneficiado. Este personaje parece representar a varias generaciones que se acostumbraron a vivir del oportunismo, de aprovecharse de posiciones que obtuvieron sin trabajar por ellas y sin tener la capacidad necesaria. Incontables décadas de coloradismo nos acostumbraron al oportunismo, a que los cargos, puestos y negocios no dependan de que cada quien se gane su propia oportunidad, sino de que se tenga algún padrino, pariente, correligionario o amigo que haga el favor. De esta manera las oportunidades dejaron de ser una responsabilidad para convertirse en una dádiva o en una pieza de cambio por lealtades políticas, por complicidad o por simple amiguismo.
Anteponer el compadrazgo, el nepotismo y el prebendarismo, entre otros vicios, a la capacidad de hacer, de producir y competir, es uno de los errores repetidos por los distintos gobiernos y asimilados como algo normal por parte de muchos ciudadanos. Esto degradó nuestra educación y relegó a nuestros talentos. Hizo que perdamos competitividad y que dejemos de preocuparnos por nuestra capacitación, ya que un sistema de oportunismo no hace justicia a los méritos y termina premiando al que menos se lo merece. Y lo peor de todo: el oportunismo hizo que muchos olviden cómo se crean las oportunidades y qué es lo que debemos hacer para merecerlas.
Si realmente queremos el cambio para el Paraguay no podemos seguir viviendo a costa de oportunismos: tenemos que recuperar nuestra capacidad de generar oportunidades, de capacitarnos y de darle a la gente preparada el lugar que le corresponde. Romper con la dependencia del oportunismo es algo que no podemos postergar, en tanto tenemos que trabajar para tener un país de oportunidades en el que todos podamos aspirar a una mejor educación, a mejores empleos y a un justo reconocimiento por nuestro esfuerzo. Si seguimos viendo que el Gobierno se llena de oportunistas y no genera oportunidades, no habrá más cambio que el del color de los arribistas de turno. Y eso equivale a seguir dependiendo de la mediocridad de unos pocos avivados y a relegar a muchos con mayores capacidades.
Los paraguayos tenemos que cambiar nuestra actitud y aprender a ser promotores y constructores de nuestras propias oportunidades: necesitamos más educación, más preparación, más trabajo y menos politiquería. Es hora de que las oportunidades sean para quienes las merecen y no para los oportunistas de siempre.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Publicado en Viva Paraguay
Los signos que se pueden percibir por medio de las acciones del gobierno que prometió el cambio son claros a la hora de descubrir que no se ha modificado la visión tradicional del oportunismo ni se ha concretado un proceso de generar oportunidades. Esa vieja mentalidad llagada descrita con genialidad por Gabriel Casaccia en “La Llaga” (1963) sigue vigente en el accionar de muchos paraguayos: perviven los arribistas, los oportunistas, los que solo están a la espera de un golpe de suerte para mejorar su situación. La confusión o el cinismo hacen que prevalezca la idea errónea y corrupta de que las oportunidades son aquello que se aprovecha para pegar el zarpazo y no aquello que uno construye con su trabajo, su capacidad y su convicción.
Casaccia retrató bien al oportunista en la figura de Gilberto Torres, el pintor que representa al arribista que busca mejorar su condición con un golpe de suerte. Torres sueña con la grandeza pero no hace nada para merecerla, en tanto se mantiene a la expectativa de un cambio en los aires políticos para salir beneficiado. Este personaje parece representar a varias generaciones que se acostumbraron a vivir del oportunismo, de aprovecharse de posiciones que obtuvieron sin trabajar por ellas y sin tener la capacidad necesaria. Incontables décadas de coloradismo nos acostumbraron al oportunismo, a que los cargos, puestos y negocios no dependan de que cada quien se gane su propia oportunidad, sino de que se tenga algún padrino, pariente, correligionario o amigo que haga el favor. De esta manera las oportunidades dejaron de ser una responsabilidad para convertirse en una dádiva o en una pieza de cambio por lealtades políticas, por complicidad o por simple amiguismo.
Anteponer el compadrazgo, el nepotismo y el prebendarismo, entre otros vicios, a la capacidad de hacer, de producir y competir, es uno de los errores repetidos por los distintos gobiernos y asimilados como algo normal por parte de muchos ciudadanos. Esto degradó nuestra educación y relegó a nuestros talentos. Hizo que perdamos competitividad y que dejemos de preocuparnos por nuestra capacitación, ya que un sistema de oportunismo no hace justicia a los méritos y termina premiando al que menos se lo merece. Y lo peor de todo: el oportunismo hizo que muchos olviden cómo se crean las oportunidades y qué es lo que debemos hacer para merecerlas.
Si realmente queremos el cambio para el Paraguay no podemos seguir viviendo a costa de oportunismos: tenemos que recuperar nuestra capacidad de generar oportunidades, de capacitarnos y de darle a la gente preparada el lugar que le corresponde. Romper con la dependencia del oportunismo es algo que no podemos postergar, en tanto tenemos que trabajar para tener un país de oportunidades en el que todos podamos aspirar a una mejor educación, a mejores empleos y a un justo reconocimiento por nuestro esfuerzo. Si seguimos viendo que el Gobierno se llena de oportunistas y no genera oportunidades, no habrá más cambio que el del color de los arribistas de turno. Y eso equivale a seguir dependiendo de la mediocridad de unos pocos avivados y a relegar a muchos con mayores capacidades.
Los paraguayos tenemos que cambiar nuestra actitud y aprender a ser promotores y constructores de nuestras propias oportunidades: necesitamos más educación, más preparación, más trabajo y menos politiquería. Es hora de que las oportunidades sean para quienes las merecen y no para los oportunistas de siempre.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales.
Publicado en Viva Paraguay
lunes, 16 de marzo de 2009
La juventud, el empleo y la capacitación
Por Héctor Farina (*)
El 62% de la población del Paraguay tiene menos de 30 años de edad. Esto nos indica claramente que se trata de un país de gente joven, con miles de sueños y necesidades, pero el contraste marcado por el olvido y la falta de visión hace que los jóvenes se enreden en una crisis cíclica de desempleo y desorientación antes que seguir un camino de oportunidades y desarrollo. La juventud paraguaya sigue formándose en un sistema educativo deficiente que no brinda las enseñanzas suficientes para sobrevivir en un mundo competitivo y para abrirse paso en el mercado laboral. Y, como corolario, a esto se suma la falta de una política de empleo juvenil, con lo que los jóvenes quedan a merced de su escasa preparación y de un mercado restringido en donde las oportunidades son limitadas.
El desempleo es uno de los graves problemas que no han sido atendidos como se debe por una larga lista de gobernantes que se llenaron la boca de promesas y discursos, pero al final se fueron sin dejar más legado que una escasez de oportunidades cada vez más asfixiante. Y eso se debe en gran parte a que no hemos sabido definir dos aspectos fundamentales para el país: cómo formar una ciudadanía capacitada y cómo hacer crecer la economía. Como no hay una estrategia definida, la economía no crece en forma sostenida y se mantiene oscilante, a expensas de la coyuntura de economías ajenas. Y como no hay una educación de calidad en donde se formen los recursos humanos, los jóvenes que ingresan a la arena laboral terminan siendo subempleados, explotados o condenados a funciones menores, pues no poseen los conocimientos necesarios para aspirar a más, ni el mercado ofrece las condiciones para que puedan desarrollarse libremente.
En este punto es donde quizás tenemos uno de los laberintos más crueles para la juventud paraguaya: abrirse camino en medio de ingentes necesidades económicas, tratando de estudiar al mismo tiempo que se soporta algún trabajo ingrato, o teniendo definitivamente que optar por trabajar antes que por estudiar una carrera universitaria. Los paraguayos deberíamos escandalizarnos cada vez que escuchamos que un joven abandonó los estudios para dedicarse a hacer un poco de dinero en un trabajo mal pagado, que no sólo equivale a una exigua retribución económica sino que implica una limitación permanente para todo intento de progreso futuro. Sucumbir a la crueldad de un mercado en el que no son considerados como se debe, al tiempo de renunciar a la educación, a esa posibilidad de ser profesionales competitivos, hace que hoy nuestros jóvenes sean escépticos y tengan una visión pesimista sobre el futuro del país, pues su mismo futuro ya ha sido limitado.
El problema del empleo juvenil y el de la falta de capacitación deben ser atacados en forma radical, sin promesas vacías y sin recurrir a los eternos parches que no solucionan nada. Debemos pensar en hacer crecer la economía, en crear más fuentes de empleo y en establecer mecanismos que faciliten el acceso de los jóvenes al mercado laboral. Y esto debe ir acompañado de una política educativa que priorice la formación de la juventud con miras a las necesidades del mercado de trabajo. Para ello se requiere que tanto las autoridades del Gobierno, los empresarios y los representantes de las universidades se pongan de acuerdo y logren establecer un sistema que contemple las necesidades de capacitación y las necesidades de empleo. No se puede mantener el divorcio entre la formación y el mercado laboral, porque el resultado se traduce en jóvenes sin preparación, explotados y frustrados por no tener oportunidades.
Debemos exigir e impulsar una iniciativa para que la juventud paraguaya sea más valorada, para que tenga más acceso a la educación, para que haya becas de estudio y oportunidades de progresar. Si pensáramos en aprovechar mejor nuestra energía eléctrica podríamos incentivar la generación de empleos en proyectos industriales, en empresas electrointensivas o en el funcionamiento de trenes eléctricos, y al mismo tiempo podríamos formar a los ingenieros y otros profesionales que se requieran. Tenemos que pensar en la juventud como una solución para el Paraguay, de manera que no tengamos que seguir viviendo la dolorosa paradoja de que mientras los jóvenes deambulan por las calles sin encontrar trabajo, las industrias que necesitan mano de obra no pueden contratarlos porque no tienen preparación.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
Publicado en Viva Paraguay
El 62% de la población del Paraguay tiene menos de 30 años de edad. Esto nos indica claramente que se trata de un país de gente joven, con miles de sueños y necesidades, pero el contraste marcado por el olvido y la falta de visión hace que los jóvenes se enreden en una crisis cíclica de desempleo y desorientación antes que seguir un camino de oportunidades y desarrollo. La juventud paraguaya sigue formándose en un sistema educativo deficiente que no brinda las enseñanzas suficientes para sobrevivir en un mundo competitivo y para abrirse paso en el mercado laboral. Y, como corolario, a esto se suma la falta de una política de empleo juvenil, con lo que los jóvenes quedan a merced de su escasa preparación y de un mercado restringido en donde las oportunidades son limitadas.
El desempleo es uno de los graves problemas que no han sido atendidos como se debe por una larga lista de gobernantes que se llenaron la boca de promesas y discursos, pero al final se fueron sin dejar más legado que una escasez de oportunidades cada vez más asfixiante. Y eso se debe en gran parte a que no hemos sabido definir dos aspectos fundamentales para el país: cómo formar una ciudadanía capacitada y cómo hacer crecer la economía. Como no hay una estrategia definida, la economía no crece en forma sostenida y se mantiene oscilante, a expensas de la coyuntura de economías ajenas. Y como no hay una educación de calidad en donde se formen los recursos humanos, los jóvenes que ingresan a la arena laboral terminan siendo subempleados, explotados o condenados a funciones menores, pues no poseen los conocimientos necesarios para aspirar a más, ni el mercado ofrece las condiciones para que puedan desarrollarse libremente.
En este punto es donde quizás tenemos uno de los laberintos más crueles para la juventud paraguaya: abrirse camino en medio de ingentes necesidades económicas, tratando de estudiar al mismo tiempo que se soporta algún trabajo ingrato, o teniendo definitivamente que optar por trabajar antes que por estudiar una carrera universitaria. Los paraguayos deberíamos escandalizarnos cada vez que escuchamos que un joven abandonó los estudios para dedicarse a hacer un poco de dinero en un trabajo mal pagado, que no sólo equivale a una exigua retribución económica sino que implica una limitación permanente para todo intento de progreso futuro. Sucumbir a la crueldad de un mercado en el que no son considerados como se debe, al tiempo de renunciar a la educación, a esa posibilidad de ser profesionales competitivos, hace que hoy nuestros jóvenes sean escépticos y tengan una visión pesimista sobre el futuro del país, pues su mismo futuro ya ha sido limitado.
El problema del empleo juvenil y el de la falta de capacitación deben ser atacados en forma radical, sin promesas vacías y sin recurrir a los eternos parches que no solucionan nada. Debemos pensar en hacer crecer la economía, en crear más fuentes de empleo y en establecer mecanismos que faciliten el acceso de los jóvenes al mercado laboral. Y esto debe ir acompañado de una política educativa que priorice la formación de la juventud con miras a las necesidades del mercado de trabajo. Para ello se requiere que tanto las autoridades del Gobierno, los empresarios y los representantes de las universidades se pongan de acuerdo y logren establecer un sistema que contemple las necesidades de capacitación y las necesidades de empleo. No se puede mantener el divorcio entre la formación y el mercado laboral, porque el resultado se traduce en jóvenes sin preparación, explotados y frustrados por no tener oportunidades.
Debemos exigir e impulsar una iniciativa para que la juventud paraguaya sea más valorada, para que tenga más acceso a la educación, para que haya becas de estudio y oportunidades de progresar. Si pensáramos en aprovechar mejor nuestra energía eléctrica podríamos incentivar la generación de empleos en proyectos industriales, en empresas electrointensivas o en el funcionamiento de trenes eléctricos, y al mismo tiempo podríamos formar a los ingenieros y otros profesionales que se requieran. Tenemos que pensar en la juventud como una solución para el Paraguay, de manera que no tengamos que seguir viviendo la dolorosa paradoja de que mientras los jóvenes deambulan por las calles sin encontrar trabajo, las industrias que necesitan mano de obra no pueden contratarlos porque no tienen preparación.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
Publicado en Viva Paraguay
lunes, 9 de marzo de 2009
El desencanto precoz
Por Héctor Farina (*)
La tibieza manifiesta del Gobierno de Fernando Lugo, sus declaraciones y rectificaciones, sus errores constantes y la poca convicción que transmiten los resultados obtenidos hasta ahora hacen que una sensación de desencanto empiece a rondar en el ambiente ciudadano. Lo dijeron los mismos religiosos, hasta hace poco compañeros de Lugo, y lo perciben muchos ciudadanos que no ven señales claras en medio de la amenaza cada vez más punzante de la crisis económica mundial. La sensación de navegar en aguas turbulentas sin tener un rumbo claro genera incertidumbre y un paulatino deterioro del entusiasmo de la gente, que esperaba un cambio más contundente y beneficioso para todos.
Se habla mucho de los errores que viene cometiendo el Gobierno, desde los nombramientos desacertados hasta el poco claro plan anticrisis que en forma lenta y retardada se intentó presentar para calmar los clamores de diversos sectores. Pero en realidad lo que más deteriora el entusiasmo y desgasta la esperanza es la falta de una política clara que nos indique cuál es la dirección que tomará el Paraguay para dejar atrás el país de pobreza, miseria y corrupción que nos legaron los colorados. Lugo no nos ha dicho eso: se ha limitado a coquetear con una ideología discursiva y ha esgrimido discursos que no responden a las necesidades concretas de un país que apostó por él para que se convierta en la figura abanderada del cambio.
La falta de ideas renovadoras e innovadoras de parte de los gobernantes de turno es uno de los graves problemas que existen a la hora de gobernar, porque no se plantean soluciones con visión para un nuevo país sino que se sigue el viejo esquema colorado de administrar crisis y vivir poniendo parches. No hay una clase dirigente que entusiasme con ideas nuevas, que sepa contagiar la necesidad de trabajar para tener una sociedad mejor o que tan siquiera sepa definir hacia dónde debemos ir para escapar de la sensación de parálisis que cada día es más fuerte. Tan grave es la carencia de ideas que hoy, a casi siete meses del cambio de Gobierno, seguimos sin tener una política económica que establezca cómo generar puestos de empleos, cómo equilibrar la distribución de la riqueza y cómo dejar de ser un país tercermundista. No hay una política educativa que nos haga creer que los alumnos que hoy pasan por las escuelas serán mejores que aquellos que se “educaron” durante los gobiernos colorados. Y esto genera incertidumbre sobre si se concretará el cambio esperado y se tendrá un país mejor.
Para frenar este desencanto precoz el Gobierno debe dar señales mucho más claras y contundentes, de manera que la gente acuse recibo del mensaje y no pierda el entusiasmo. Hay un dicho que dice que una minoría deja de serlo cuando toma una actitud correcta. Eso mismo debería pensar Lugo, pues en la medida en que asuma posturas más firmes e impulse acciones que realmente beneficien a la ciudadanía, podrá mantener el respaldo de toda la gente que cree que es posible un Paraguay mejor. Y esas actitudes correctas deben traducirse en resultados concretos, en efectivas acciones de cambio.
Establecer un rumbo económico para el país, acabar con la corrupción en entes como Petropar, impulsar acuerdos políticos que permitan que los proyectos avancen, e invertir mucho más en la gente, son sólo algunas de las acciones que podrían frenar el desencanto. Si Lugo quiere acabar con la corrupción y hacer que los recursos sean utilizados para mejorar la salud, para tener infraestructura para la educación o para promover empleos, tendrá el apoyo ciudadano. Pero si sigue siendo un presidente indeciso, tibio, que coquetea con ideologías populistas y no traduce su gobierno en cambios verdaderos, en poco tiempo el desencanto lo dejará sin apoyo y a merced de los oportunistas que siempre están a la espera del menor resquicio para corromper y lucrar desde las esferas del poder.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
La tibieza manifiesta del Gobierno de Fernando Lugo, sus declaraciones y rectificaciones, sus errores constantes y la poca convicción que transmiten los resultados obtenidos hasta ahora hacen que una sensación de desencanto empiece a rondar en el ambiente ciudadano. Lo dijeron los mismos religiosos, hasta hace poco compañeros de Lugo, y lo perciben muchos ciudadanos que no ven señales claras en medio de la amenaza cada vez más punzante de la crisis económica mundial. La sensación de navegar en aguas turbulentas sin tener un rumbo claro genera incertidumbre y un paulatino deterioro del entusiasmo de la gente, que esperaba un cambio más contundente y beneficioso para todos.
Se habla mucho de los errores que viene cometiendo el Gobierno, desde los nombramientos desacertados hasta el poco claro plan anticrisis que en forma lenta y retardada se intentó presentar para calmar los clamores de diversos sectores. Pero en realidad lo que más deteriora el entusiasmo y desgasta la esperanza es la falta de una política clara que nos indique cuál es la dirección que tomará el Paraguay para dejar atrás el país de pobreza, miseria y corrupción que nos legaron los colorados. Lugo no nos ha dicho eso: se ha limitado a coquetear con una ideología discursiva y ha esgrimido discursos que no responden a las necesidades concretas de un país que apostó por él para que se convierta en la figura abanderada del cambio.
La falta de ideas renovadoras e innovadoras de parte de los gobernantes de turno es uno de los graves problemas que existen a la hora de gobernar, porque no se plantean soluciones con visión para un nuevo país sino que se sigue el viejo esquema colorado de administrar crisis y vivir poniendo parches. No hay una clase dirigente que entusiasme con ideas nuevas, que sepa contagiar la necesidad de trabajar para tener una sociedad mejor o que tan siquiera sepa definir hacia dónde debemos ir para escapar de la sensación de parálisis que cada día es más fuerte. Tan grave es la carencia de ideas que hoy, a casi siete meses del cambio de Gobierno, seguimos sin tener una política económica que establezca cómo generar puestos de empleos, cómo equilibrar la distribución de la riqueza y cómo dejar de ser un país tercermundista. No hay una política educativa que nos haga creer que los alumnos que hoy pasan por las escuelas serán mejores que aquellos que se “educaron” durante los gobiernos colorados. Y esto genera incertidumbre sobre si se concretará el cambio esperado y se tendrá un país mejor.
Para frenar este desencanto precoz el Gobierno debe dar señales mucho más claras y contundentes, de manera que la gente acuse recibo del mensaje y no pierda el entusiasmo. Hay un dicho que dice que una minoría deja de serlo cuando toma una actitud correcta. Eso mismo debería pensar Lugo, pues en la medida en que asuma posturas más firmes e impulse acciones que realmente beneficien a la ciudadanía, podrá mantener el respaldo de toda la gente que cree que es posible un Paraguay mejor. Y esas actitudes correctas deben traducirse en resultados concretos, en efectivas acciones de cambio.
Establecer un rumbo económico para el país, acabar con la corrupción en entes como Petropar, impulsar acuerdos políticos que permitan que los proyectos avancen, e invertir mucho más en la gente, son sólo algunas de las acciones que podrían frenar el desencanto. Si Lugo quiere acabar con la corrupción y hacer que los recursos sean utilizados para mejorar la salud, para tener infraestructura para la educación o para promover empleos, tendrá el apoyo ciudadano. Pero si sigue siendo un presidente indeciso, tibio, que coquetea con ideologías populistas y no traduce su gobierno en cambios verdaderos, en poco tiempo el desencanto lo dejará sin apoyo y a merced de los oportunistas que siempre están a la espera del menor resquicio para corromper y lucrar desde las esferas del poder.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
martes, 3 de marzo de 2009
La violencia en nuestras vidas
Por Héctor Farina (*)
México violento. Así podríamos definir a este país convulsionado por la violencia, la delincuencia y el miedo. Sólo el año pasado, aproximadamente 5.600 personas fueron asesinadas, en crímenes atribuidos al crimen organizado que azota a este país. En tanto, en lo que va del 2009 la cifra ya supera los 1.000 muertos. Las escenas de enfrentamientos entre sicarios al servicio de los cárteles de la droga y militares, sobre todo en el norte del país, se han vuelto tan cotidianas que es común encontrar relatos similares en la televisión y en otros medios de comunicación. Ya no sorprende que haya balaceras y que el número de víctimas vaya en aumento.
La violencia se percibe ya como una parte de la vida de las personas en los grandes centros urbanos, como la Ciudad de México, en donde los asaltos y secuestros son constantes. Todos los días en las noticias abundan los hechos violentos, los relatos de las víctimas, las escenas trágicas que se suceden sin dar tiempo a que la gente termine de asombrarse. Hace algunas semanas el asesinato de un científico francés, al que siguieron desde el aeropuerto y le dispararon para robarle, conmocionó a la sociedad, pero nuevos hechos violentos posteriores fueron llenando los espacios informativos y saturando la memoria de la gente. Golpe tras golpe, la sociedad se acostumbra a que la violencia sea parte de lo cotidiano, como un mal con el que hay que convivir necesariamente. Y esto representa una tragedia cultural.
La lucha de México contra la violencia hoy se encuentra en un momento crítico, pues la delincuencia organizada ha ganado espacios durante muchos años y ahora el costo de enfrentarla se traduce en la pérdida de muchas vidas. Se trata de una guerra contra sistemas delictivos que han infectado a diversos sectores, y por ello, en una paradoja cruel, parece que en la medida que en se combate la violencia, el resultado es sentir que se vive en un ambiente más violento.
El ejemplo mexicano es claro para comprender que no debemos dejar que la violencia vaya penetrando en nuestra cultura y forme parte de nuestra cotidianidad. Hace algunos años un diplomático colombiano explicó que el error de Colombia fue el de reaccionar tarde contra la delincuencia, y por eso tuvieron que llorar por miles de vidas que se perdieron en la lucha contra el crimen. El costo de dejar que la violencia se vaya incorporando a nuestras vidas es demasiado elevado, y tarde o temprano siempre se paga.
Debemos entender que la violencia no sólo se manifiesta por medio de los hechos, sino también por la forma como se comporta la gente. Las sociedades no deben acostumbrarse a que las balaceras sean normales, que los asaltos, secuestros y homicidios sean algo con lo que hay que convivir. Los ciudadanos no debemos perder nuestra capacidad de asombro ni mucho menos permitir que la violencia se vaya incorporando a nuestras vidas a tal punto que se hable de “ajuste de cuentas” cuando hay un asesinato, como si esa fuera la forma natural en que las cuentas deben arreglarse. Si nos acostumbramos a que haya violencia en nuestras ciudades, en nuestras familias o en nuestras casas, y si hacemos que la indiferencia o la indolencia sean nuestras únicas formas de reacción, el costo que pagaremos como sociedad será demasiado doloroso. Tenemos que erradicar este mal de nuestra cultura y exigir a las autoridades que cumplan con el deber de frenar la delincuencia ahora, para que después no sea peor.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
www.vivaparaguay.com
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Cultura,
Enfoque latinoamericano,
Seguridad
Un reflejo de lo que somos
Por Héctor Farina (*)
Una de las formas más claras de formarnos una idea de una determinada sociedad es por medio de una mirada a sus escuelas. Cuando miramos con detenimiento los centros de enseñanza, la forma de educar y la importancia que se le concede a la capacitación de los habitantes, podemos establecer ante qué tipo de sociedad nos encontramos. Podemos ver si se trata de una sociedad que valora a su gente, que trabaja para tener personas más preparadas e inculca valores como la educación, o también si se trata de una sociedad desordenada, sin un rumbo claro y en donde los valores no son enseñados sino relativizados de acuerdo a las conveniencias de cada uno. La importancia que le damos a nuestras escuelas es un indicador sobre qué es lo que somos y qué es lo queremos ser.
Las sociedades más desarrolladas son las que más cuidado tienen en asignarle el lugar que les corresponde a las escuelas. En Finlandia, donde se encuentran los mejores maestros del mundo, las escuelas ocupan un lugar central dentro de la política del Gobierno y la vida de las personas. El hecho de estudiar o enseñar en una escuela implica no solo avanzar hacia la conquista de mayores oportunidades, sino que confiere estatus y respeto dentro de la sociedad. Un maestro es una persona valorada, con prestigio y reconocimiento. Y los finlandeses tienen los mejores indicadores de desarrollo humano del mundo.
Las escuelas son una referencia de la sociedad. La España de la Edad de Oro coincidió con un momento en que las universidades españolas estaban en la cumbre de su prestigio. Por sus escuelas pasaron muchos genios de la talla de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca. Y no fue una casualidad que una de las épocas más brillantes de la historia ibérica se haya cimentado sobre la calidad de sus escuelas y sobre la formación de sus habitantes. Basta con recordar a los griegos, que hicieron de las escuelas el motor de la grandeza de la Grecia Antigua. De ahí surgieron los grandes pensadores que nos legaron una herencia cultural que todavía perdura en la filosofía occidental luego de más de dos milenios. Allí tienen sus raíces la Academia , fundada por Platón, y el Liceo, fundado por Aristóteles.
En contrapartida, si miramos nuestras escuelas en América Latina veremos que no se les asigna la importancia que tienen en los países desarrollados. Hay muchas escuelas sumidas en el abandono, perdidas entre la miseria y la ignorancia, condenadas a no tener relevancia, y limitadas en su capacidad para poder ofrecer un futuro mejor a los estudiantes. En el Paraguay hay muchas escuelas que no tienen sillas ni pizarrones, en donde los maestros son mal pagados, no les pagan o simplemente ni siquiera son maestros. Nuestros centros de enseñanza ocupan un lugar secundario en nuestra vida, no tienen la importancia que deberíamos darle si consideramos que de ahí saldrá la gente preparada que gobernará al Paraguay y que trabajará por el país: de ahí surgirán nuestros gobernantes, intelectuales, empresarios, funcionarios públicos, deportistas…Y si no somos capaces de ofrecer centros de enseñanza de calidad, el producto no puede ser distinto del que se fomenta.
Para revertir nuestra situación de pobreza y atraso, tenemos que empezar por revertir nuestra propia concepción de lo que representan las escuelas dentro de la sociedad. Tenemos que valorar más la educación de los niños y jóvenes, exigiendo más respeto de parte de las autoridades y más inversión del Gobierno en la infraestructura y en la provisión de recursos humanos idóneos para enseñar más y mejor. Pero no sólo debemos exigir y esperar respuestas de las autoridades, sino que tenemos que tomar la iniciativa de gestionar por nosotros mismos mejores condiciones para el estudio. Con trabajos cooperativos se pueden construir aulas, comprar computadoras, limpiar las escuelas y crear espacios para la recreación y el deporte. Cada uno puede, en la medida de sus posibilidades, ser un agente importante para el cambio, aportando un poco de tiempo, de respeto, de atención o de trabajo.
Si las escuelas son el reflejo de lo que somos, hagamos que reflejen una sociedad que quiere progresar, superarse y construir un mundo con más oportunidades y menos abandono.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
Una de las formas más claras de formarnos una idea de una determinada sociedad es por medio de una mirada a sus escuelas. Cuando miramos con detenimiento los centros de enseñanza, la forma de educar y la importancia que se le concede a la capacitación de los habitantes, podemos establecer ante qué tipo de sociedad nos encontramos. Podemos ver si se trata de una sociedad que valora a su gente, que trabaja para tener personas más preparadas e inculca valores como la educación, o también si se trata de una sociedad desordenada, sin un rumbo claro y en donde los valores no son enseñados sino relativizados de acuerdo a las conveniencias de cada uno. La importancia que le damos a nuestras escuelas es un indicador sobre qué es lo que somos y qué es lo queremos ser.
Las sociedades más desarrolladas son las que más cuidado tienen en asignarle el lugar que les corresponde a las escuelas. En Finlandia, donde se encuentran los mejores maestros del mundo, las escuelas ocupan un lugar central dentro de la política del Gobierno y la vida de las personas. El hecho de estudiar o enseñar en una escuela implica no solo avanzar hacia la conquista de mayores oportunidades, sino que confiere estatus y respeto dentro de la sociedad. Un maestro es una persona valorada, con prestigio y reconocimiento. Y los finlandeses tienen los mejores indicadores de desarrollo humano del mundo.
Las escuelas son una referencia de la sociedad. La España de la Edad de Oro coincidió con un momento en que las universidades españolas estaban en la cumbre de su prestigio. Por sus escuelas pasaron muchos genios de la talla de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca. Y no fue una casualidad que una de las épocas más brillantes de la historia ibérica se haya cimentado sobre la calidad de sus escuelas y sobre la formación de sus habitantes. Basta con recordar a los griegos, que hicieron de las escuelas el motor de la grandeza de la Grecia Antigua. De ahí surgieron los grandes pensadores que nos legaron una herencia cultural que todavía perdura en la filosofía occidental luego de más de dos milenios. Allí tienen sus raíces la Academia , fundada por Platón, y el Liceo, fundado por Aristóteles.
En contrapartida, si miramos nuestras escuelas en América Latina veremos que no se les asigna la importancia que tienen en los países desarrollados. Hay muchas escuelas sumidas en el abandono, perdidas entre la miseria y la ignorancia, condenadas a no tener relevancia, y limitadas en su capacidad para poder ofrecer un futuro mejor a los estudiantes. En el Paraguay hay muchas escuelas que no tienen sillas ni pizarrones, en donde los maestros son mal pagados, no les pagan o simplemente ni siquiera son maestros. Nuestros centros de enseñanza ocupan un lugar secundario en nuestra vida, no tienen la importancia que deberíamos darle si consideramos que de ahí saldrá la gente preparada que gobernará al Paraguay y que trabajará por el país: de ahí surgirán nuestros gobernantes, intelectuales, empresarios, funcionarios públicos, deportistas…Y si no somos capaces de ofrecer centros de enseñanza de calidad, el producto no puede ser distinto del que se fomenta.
Para revertir nuestra situación de pobreza y atraso, tenemos que empezar por revertir nuestra propia concepción de lo que representan las escuelas dentro de la sociedad. Tenemos que valorar más la educación de los niños y jóvenes, exigiendo más respeto de parte de las autoridades y más inversión del Gobierno en la infraestructura y en la provisión de recursos humanos idóneos para enseñar más y mejor. Pero no sólo debemos exigir y esperar respuestas de las autoridades, sino que tenemos que tomar la iniciativa de gestionar por nosotros mismos mejores condiciones para el estudio. Con trabajos cooperativos se pueden construir aulas, comprar computadoras, limpiar las escuelas y crear espacios para la recreación y el deporte. Cada uno puede, en la medida de sus posibilidades, ser un agente importante para el cambio, aportando un poco de tiempo, de respeto, de atención o de trabajo.
Si las escuelas son el reflejo de lo que somos, hagamos que reflejen una sociedad que quiere progresar, superarse y construir un mundo con más oportunidades y menos abandono.
(*) Periodista. Master en Ciencias Sociales
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