Por Héctor Farina (*)
El proceso de búsqueda, recolección, procesamiento y difusión de las noticias es un fenómeno complejo, afectado por diferentes tipos de mediaciones que condicionan las informaciones finales que recibe el público. Para hacer un análisis, tomemos el modelo propuesto por Paul Hirsch (1977), que presenta una división en tres niveles: los papeles ocupacionales o individuales de los periodistas, la organización en su totalidad (las empresas periodísticas) y el nivel interorganizacional e institucional.
En este caso, hablemos de las mediaciones que se dan a nivel individual y que condicionan la construcción de las noticias por parte de los periodistas. De acuerdo con Enrique Sánchez Ruiz (1992), una mediación es una conexión causal que puede ser observada en los procesos reales, cuando en virtud de un contacto en una zona de articulación, un proceso social es influido por otro(s), cambiando o reforzando el flujo de acontecimientos.
En un nivel individual o profesional de la producción noticiosa, los periodistas están condicionados por factores como su grado de preparación académica, su experiencia, su conocimiento especializado o no de la fuente o área de cobertura, sus prejuicios, su ideología, sus limitaciones de recursos y su dimensión ética –que marca una línea frente a la corrupción-, entre otros aspectos.
Los periodistas buscan todos los días información novedosa, llamativa y de interés general. Y en este proceso, tropiezan con mediaciones como los filtros humanos, como el caso de los funcionarios que no permiten el acceso directo a una fuente de información, como una autoridad del Gobierno, de manera que en muchas ocasiones las noticias pueden cambiar radicalmente dependiendo de si se tuvo o no acceso a la fuente, de si hay o no respuestas claras a las preguntas planteadas por el periodista.
Otras mediaciones son las que están dadas por la capacitación, el conocimiento y el grado de especialización en los temas que atañen al área de cobertura. Estas mediaciones tienen una incidencia directa, porque los grados de conocimiento influyen desde la misma pregunta que hace el periodista para obtener la información, y en la medida en que este tenga más preparación y conocimiento sobre los temas, tendrá otra perspectiva de análisis y buscará otro tipo de respuestas, así como presentará con más precisión las informaciones que reúna. También los prejuicios y las ideologías personales de los periodistas actúan como determinaciones mediadoras, pues se llega con predispoción hacia ciertos temas y se corre el riesgo de que las simpatías personales influyan en la interpretación de los hechos.
Por otro lado, las limitaciones de los recursos condicionan la producción de noticias, pero hay algo más importante: la dimensión ética de los periodistas. La actitud que asumen frente a las tentaciones de la corrupción, del poder, de los amigos y las conveniencias, es determinante para las noticias, ya que en la medida en que el periodista se aparte del camino de la ética, el público recibirá informaciones menos ciertas y menos honestas.
Es necesario comprender y valorar la dimensión individual de los periodistas, asumir el desafío de formar comunicadores más preparados, más éticos y menos limitados por sus propias precariedades o las impuestas por las empresas y el sistema institucional. Si no se crean las condiciones para tener periodistas especializados y honestos, si no reconocemos el esfuerzo y no premiamos a los que buscan superarse con dignidad, la ciudadanía seguirá recibiendo informaciones de baja calidad, con noticias de contenido dudoso y sufriendo una desinformación que podría ser evitada.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
domingo, 15 de julio de 2007
domingo, 8 de julio de 2007
Bibliotecas medievales
Por Héctor Farina (*)
El desafío de impulsar una educación de primer nivel para formar una sociedad más preparada tropieza con numerosas limitaciones de diferente naturaleza, como la escasa inversión del Gobierno, la falta de una planificación educativa seria, las bibliotecas obsoletas, los docentes poco preparados, el escaso acceso a computadoras e Internet, el elevado costo de los libros, la falta de apoyo a la investigación científica, entre otros puntos resaltantes. Todo esto en el contexto de la pobreza y las precariedades que afectan al Paraguay.
De todas estas limitaciones, tomemos el caso de las bibliotecas para tratar de graficar cómo afectan directamente a la educación. Cómo primer paso conviene preguntarnos, ¿cuántas bibliotecas de acceso público hay en el país?, ¿qué tan fácil es acceder a ellas? y ¿qué tan actualizadas están?
Es evidente que en el Paraguay no existen muchas bibliotecas disponibles para la gente que quiere instruirse; al contrario, son más bien pocas, con ofertas limitadas, con enredados sistemas burocráticos que limitan el acceso a los libros, y sobre todo con escasa renovación y actualización de los textos. Las bibliotecas públicas, como las de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), la Biblioteca Nacional , y otras similares, se parecen más a cementerios de conocimientos fósiles, en donde si bien hay mucho que aprender, todo corresponde a la prehistoria y no a las necesidades de una sociedad en constante cambio. Son como las bibliotecas medievales, donde se escondía o “guardaba” el conocimiento para que sólo unos pocos tengan acceso. Allí están los tesoros de la antigüedad, los archivos milenarios, pero recluidos en espera de que alguien los rescate.
Queda claro que en el país existen muy pocas bibliotecas buenas al alcance de la gente y que para acceder a los libros se deben superar numerosos obstáculos. Por ejemplo, en las bibliotecas de las universidades o entidades privadas se tienen requisitos como la pertenencia a tal o cual grupo, el pago de aranceles y otras exigencias, de manera que, generalmente, estas opciones quedan limitadas para pequeños grupos que pueden cumplir con las condiciones establecidas.
Es evidente que el país necesita con urgencia una política educativa agresiva, que sirva para construir una sociedad más preparada. Y se debe empezar por poner la educación al alcance de la gente, por facilitarle el acceso a la cultura, a los libros.
Como ciudadanos debemos exigir que el Gobierno implemente una política de bibliotecas públicas, que estas se extiendan al interior del país y que se realice una actualización permanente de los libros. El Gobierno tiene recursos suficientes para destinar una parte de su presupuesto a la actualización de las bibliotecas obsoletas y a la compra de libros, así como puede tomar medidas que fomenten la impresión de textos educativos a bajo costo.
Y además de exigir al Gobierno que cumpla con su obligación de promover la educación, como ciudadanos podemos asumir una postura más crítica a favor de la cultura: por ejemplo podríamos exigir a las universidades y colegios que no cobren aranceles por el derecho de uso de las bibliotecas, si al final estas no son actualizadas, ya que no vale la pena pagar por algo que nos limita antes de ayudarnos.
Si sabemos que existen los recursos necesarios, ya sea que vengan del sector público o del privado, la consigna debe ser construir una política educativa que realmente ponga la educación al alcance de la gente. Ya basta de esconder los libros.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
El desafío de impulsar una educación de primer nivel para formar una sociedad más preparada tropieza con numerosas limitaciones de diferente naturaleza, como la escasa inversión del Gobierno, la falta de una planificación educativa seria, las bibliotecas obsoletas, los docentes poco preparados, el escaso acceso a computadoras e Internet, el elevado costo de los libros, la falta de apoyo a la investigación científica, entre otros puntos resaltantes. Todo esto en el contexto de la pobreza y las precariedades que afectan al Paraguay.
De todas estas limitaciones, tomemos el caso de las bibliotecas para tratar de graficar cómo afectan directamente a la educación. Cómo primer paso conviene preguntarnos, ¿cuántas bibliotecas de acceso público hay en el país?, ¿qué tan fácil es acceder a ellas? y ¿qué tan actualizadas están?
Es evidente que en el Paraguay no existen muchas bibliotecas disponibles para la gente que quiere instruirse; al contrario, son más bien pocas, con ofertas limitadas, con enredados sistemas burocráticos que limitan el acceso a los libros, y sobre todo con escasa renovación y actualización de los textos. Las bibliotecas públicas, como las de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), la Biblioteca Nacional , y otras similares, se parecen más a cementerios de conocimientos fósiles, en donde si bien hay mucho que aprender, todo corresponde a la prehistoria y no a las necesidades de una sociedad en constante cambio. Son como las bibliotecas medievales, donde se escondía o “guardaba” el conocimiento para que sólo unos pocos tengan acceso. Allí están los tesoros de la antigüedad, los archivos milenarios, pero recluidos en espera de que alguien los rescate.
Queda claro que en el país existen muy pocas bibliotecas buenas al alcance de la gente y que para acceder a los libros se deben superar numerosos obstáculos. Por ejemplo, en las bibliotecas de las universidades o entidades privadas se tienen requisitos como la pertenencia a tal o cual grupo, el pago de aranceles y otras exigencias, de manera que, generalmente, estas opciones quedan limitadas para pequeños grupos que pueden cumplir con las condiciones establecidas.
Es evidente que el país necesita con urgencia una política educativa agresiva, que sirva para construir una sociedad más preparada. Y se debe empezar por poner la educación al alcance de la gente, por facilitarle el acceso a la cultura, a los libros.
Como ciudadanos debemos exigir que el Gobierno implemente una política de bibliotecas públicas, que estas se extiendan al interior del país y que se realice una actualización permanente de los libros. El Gobierno tiene recursos suficientes para destinar una parte de su presupuesto a la actualización de las bibliotecas obsoletas y a la compra de libros, así como puede tomar medidas que fomenten la impresión de textos educativos a bajo costo.
Y además de exigir al Gobierno que cumpla con su obligación de promover la educación, como ciudadanos podemos asumir una postura más crítica a favor de la cultura: por ejemplo podríamos exigir a las universidades y colegios que no cobren aranceles por el derecho de uso de las bibliotecas, si al final estas no son actualizadas, ya que no vale la pena pagar por algo que nos limita antes de ayudarnos.
Si sabemos que existen los recursos necesarios, ya sea que vengan del sector público o del privado, la consigna debe ser construir una política educativa que realmente ponga la educación al alcance de la gente. Ya basta de esconder los libros.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
domingo, 1 de julio de 2007
Cumbres subterráneas
Por Héctor Farina (*)
La última Cumbre del Mercosur dejó exactamente lo que desde siempre se esperaba que deje: promesas de buena voluntad y postergaciones de los temas importantes para el Paraguay. Mientras los mandatarios en su acostumbrado gesto de diplomacia (hipocresía en términos comunes) emiten un “comunicado conjunto”, para llenar los espacios de la prensa, y posan como “hermanos” para las fotos, la realidad nos indica - más allá de estas representaciones mediáticas- que la situación de injusticia seguirá como si nada hubiera ocurrido, como si las cumbres no fueran otra cosa que un circo montado para distraernos de los verdaderos problemas.
Desde hace años que las cumbres del Mercosur no son más que ritos simbólicos que ya no representan la voluntad verdadera de hermanar a los países, ni de superar las injusticias ni las asimetrías. Son ritos que sabemos que van a quedarse en ritos, en actos simbólicos que ya nadie cree, en declaraciones retóricas hipócritas que no sirven ni como manto de piedad para cubrir la falsedad de los acuerdos que no se cumplen.
Un país empobrecido y sometido a groseras injusticias, que sufre la imposición de trabas a su desarrollo, que vive peleando por sobrevivir mientras sus “socios” tratan de asfixiarlo, ya no puede tolerar este tipo de teatros de la falsedad. El Paraguay ya no puede tener fe en promesas de cambio y en las “buenas intenciones” plasmadas en documentos. Ya no puede creer en socios del Mercosur como Brasil y Argentina, porque la realidad injusta que soportamos los paraguayos nos golpea en la cara todos los días, desde hace años.
Los paraguayos ya no podemos vivir de promesas, pues mientras se espera el cumplimiento seguimos soportando el robo de la energía eléctrica de Itaipú y el cobro de intereses delincuenciales por parte del Brasil; seguimos soportando las trabas que impone este país a las exportaciones paraguayas, al tiempo que invade el mercado paraguayo con sus productos de contrabando; se sigue esperando un comercio justo pero en contrapartida se tiene un intento de matar al comercio paraguayo, como en el caso de Ciudad del Este.
¿Cómo podemos creer en promesas oficiales, cuando la realidad nos indica que Argentina prefiere dejar que la producción paraguaya se pudra en la frontera antes que cumplir con los acuerdos de libre tránsito? Cómo se puede creer en este "socio", si con la represa de Yacyretá opera igual que el Brasil con Itaipú, es decir saca provecho a costa de empobrecer injustamente a un país ya de por sí empobrecido, como el Paraguay.
Sólo en un mundo kafkiano podría darse el absurdo de que ahora en más estos países decidan cumplir los acuerdos y portarse como los “hermanos” que dicen ser, en un gesto de fraternidad. Está claro que no habrá ningún cambio favorable para el Paraguay hasta que este decida tomar una actitud radical y firme con respecto a las injusticias: no debemos volver a negociar en tanto no cumplan lo que prometieron. De nada sirve que los acuerdos y comunicados conjuntos pinten un cuadro, cuando este es desmentido por las injusticias de todos los días.
El Paraguay debe dejar en claro que su soberanía y su dignidad no están en venta: si Brasil y Argentina no dejan de lado los abusos, no se debe tolerar que traten de comprarnos con promesas, que encima no se cumplen. El Paraguay debe hacer causa común con el Uruguay, otro país pequeño perjudicado en el Mercosur, y no apoyar más iniciativas en el bloque hasta tanto los países más grandes respeten los acuerdos y permitan un comercio libre de productos, hasta que dejen de imponer medidas que asfixian a las economías menores, y hasta que dejen de robar la energía y los recursos de los países por medio de la usura y los contratos leoninos. Si no tomamos esta actitud como país, los grandes seguirán en la cumbre y nosotros en el nivel subterráneo.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
La última Cumbre del Mercosur dejó exactamente lo que desde siempre se esperaba que deje: promesas de buena voluntad y postergaciones de los temas importantes para el Paraguay. Mientras los mandatarios en su acostumbrado gesto de diplomacia (hipocresía en términos comunes) emiten un “comunicado conjunto”, para llenar los espacios de la prensa, y posan como “hermanos” para las fotos, la realidad nos indica - más allá de estas representaciones mediáticas- que la situación de injusticia seguirá como si nada hubiera ocurrido, como si las cumbres no fueran otra cosa que un circo montado para distraernos de los verdaderos problemas.
Desde hace años que las cumbres del Mercosur no son más que ritos simbólicos que ya no representan la voluntad verdadera de hermanar a los países, ni de superar las injusticias ni las asimetrías. Son ritos que sabemos que van a quedarse en ritos, en actos simbólicos que ya nadie cree, en declaraciones retóricas hipócritas que no sirven ni como manto de piedad para cubrir la falsedad de los acuerdos que no se cumplen.
Un país empobrecido y sometido a groseras injusticias, que sufre la imposición de trabas a su desarrollo, que vive peleando por sobrevivir mientras sus “socios” tratan de asfixiarlo, ya no puede tolerar este tipo de teatros de la falsedad. El Paraguay ya no puede tener fe en promesas de cambio y en las “buenas intenciones” plasmadas en documentos. Ya no puede creer en socios del Mercosur como Brasil y Argentina, porque la realidad injusta que soportamos los paraguayos nos golpea en la cara todos los días, desde hace años.
Los paraguayos ya no podemos vivir de promesas, pues mientras se espera el cumplimiento seguimos soportando el robo de la energía eléctrica de Itaipú y el cobro de intereses delincuenciales por parte del Brasil; seguimos soportando las trabas que impone este país a las exportaciones paraguayas, al tiempo que invade el mercado paraguayo con sus productos de contrabando; se sigue esperando un comercio justo pero en contrapartida se tiene un intento de matar al comercio paraguayo, como en el caso de Ciudad del Este.
¿Cómo podemos creer en promesas oficiales, cuando la realidad nos indica que Argentina prefiere dejar que la producción paraguaya se pudra en la frontera antes que cumplir con los acuerdos de libre tránsito? Cómo se puede creer en este "socio", si con la represa de Yacyretá opera igual que el Brasil con Itaipú, es decir saca provecho a costa de empobrecer injustamente a un país ya de por sí empobrecido, como el Paraguay.
Sólo en un mundo kafkiano podría darse el absurdo de que ahora en más estos países decidan cumplir los acuerdos y portarse como los “hermanos” que dicen ser, en un gesto de fraternidad. Está claro que no habrá ningún cambio favorable para el Paraguay hasta que este decida tomar una actitud radical y firme con respecto a las injusticias: no debemos volver a negociar en tanto no cumplan lo que prometieron. De nada sirve que los acuerdos y comunicados conjuntos pinten un cuadro, cuando este es desmentido por las injusticias de todos los días.
El Paraguay debe dejar en claro que su soberanía y su dignidad no están en venta: si Brasil y Argentina no dejan de lado los abusos, no se debe tolerar que traten de comprarnos con promesas, que encima no se cumplen. El Paraguay debe hacer causa común con el Uruguay, otro país pequeño perjudicado en el Mercosur, y no apoyar más iniciativas en el bloque hasta tanto los países más grandes respeten los acuerdos y permitan un comercio libre de productos, hasta que dejen de imponer medidas que asfixian a las economías menores, y hasta que dejen de robar la energía y los recursos de los países por medio de la usura y los contratos leoninos. Si no tomamos esta actitud como país, los grandes seguirán en la cumbre y nosotros en el nivel subterráneo.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
domingo, 24 de junio de 2007
El Mercosur y sus injusticias de siempre
Por Héctor Farina (*)
La nueva Cumbre del Mercosur sorprende al Paraguay en una situación ya habitual desde que se inició el funcionamiento del bloque comercial: los acuerdos no se cumplen y continúan las eternas trabas para la exportación de los productos nacionales. Desde que se consolidó la alianza regional de países con la firma del Tratado de Asunción, en 1991, la suerte del Paraguay definitivamente no ha sido la mejor: mientras los países grandes se enriquecen y gozan de los beneficios del bloque, los países pequeños como el nuestro tienen que lidiar con miles de trabas injustas que agudizan las asimetrías y aumentan las desventajas.
El libre tránsito de los productos -uno de los supuestos logros en el Mercosur- se cumple sólo cuando los productos brasileños invaden el Paraguay, cuando el contrabando se adueña libremente del mercado nacional o cuando se permite el ingreso legal de los productos para respetar los acuerdos. Se cumple cuando la mercadería argentina ingresa sin obstáculos, cuando nadie dice nada porque pasan libremente vinos, aceite y otros productos de dudosa procedencia.
Pero el libre tránsito se termina cuando a nosotros nos toca exportar, cuando en nuestra ingenuidad creemos que los acuerdos se cumplen para todos, en igualdad de condiciones. El libre tránsito se vuelve relativo cuando un producto paraguayo tiene competitividad y puede hacerle frente a la producción del Brasil o la Argentina. El libre tránsito existe cuando podemos exportar materia prima para que ellos abastezcan sus industrias, pero se vuelve relativo cuando queremos exportar productos con valor agregado: entonces nunca se dan las condiciones porque siempre surgen “requisitos” nuevos (trabas) que no se pueden cumplir.
El Mercosur “funciona” cuando la industria metalúrgica brasileña invade el mercado paraguayo con sus productos terminados, cuando se lleva toda la materia prima y deja desabastecida a la industria paraguaya, cuando sus empresas pueden operar libremente en el territorio nacional. Pero curiosamente no funciona cuando los metalúrgicos paraguayos quieren exportar productos elaborados o hacer obras de ingeniería, montar tanques o tan siquiera vender clavos.
Tampoco funcionan los acuerdos cuando la industria plástica nacional les gana en competitividad y quiere vender sus productos. O cuando los ensambladores de motocicletas quieren aprovechar las ventajas de un mercado común. El resultado es el mismo: el libre tránsito de los productos está sometido a la decisión de los socios mayores, Brasil y Argentina, que pasan por encima de las reglas establecidas para imponer las propias, o para amoldar las reglas a su conveniencia.
Los resultados están a la vista: las empresas y los productores paraguayos no han mejorado gracias al bloque y continúan sufriendo la injusticia de la opresión de los “socios”. Si las autoridades paraguayas siguen manteniendo una política exterior pusilánime y entreguista, las cosas no cambiarán y seguirán proliferando las injusticias comerciales y las “Cumbres” que no sirven más que para fotos que ya nadie quiere ver.
A 16 años de la fundación del Mercosur, y ante una situación de empobrecimiento e injusticia, ya no se puede tolerar que todo siga bien en los acuerdos y mal en la realidad. Se requiere de posturas firmes y no sobornables, de actitudes contundentes, como por ejemplo no volver a negociar acuerdos que no se cumplirán, ni hacer concesiones en tanto los países grandes no respeten los derechos que legítimamente tenemos como socios del bloque.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
La nueva Cumbre del Mercosur sorprende al Paraguay en una situación ya habitual desde que se inició el funcionamiento del bloque comercial: los acuerdos no se cumplen y continúan las eternas trabas para la exportación de los productos nacionales. Desde que se consolidó la alianza regional de países con la firma del Tratado de Asunción, en 1991, la suerte del Paraguay definitivamente no ha sido la mejor: mientras los países grandes se enriquecen y gozan de los beneficios del bloque, los países pequeños como el nuestro tienen que lidiar con miles de trabas injustas que agudizan las asimetrías y aumentan las desventajas.
El libre tránsito de los productos -uno de los supuestos logros en el Mercosur- se cumple sólo cuando los productos brasileños invaden el Paraguay, cuando el contrabando se adueña libremente del mercado nacional o cuando se permite el ingreso legal de los productos para respetar los acuerdos. Se cumple cuando la mercadería argentina ingresa sin obstáculos, cuando nadie dice nada porque pasan libremente vinos, aceite y otros productos de dudosa procedencia.
Pero el libre tránsito se termina cuando a nosotros nos toca exportar, cuando en nuestra ingenuidad creemos que los acuerdos se cumplen para todos, en igualdad de condiciones. El libre tránsito se vuelve relativo cuando un producto paraguayo tiene competitividad y puede hacerle frente a la producción del Brasil o la Argentina. El libre tránsito existe cuando podemos exportar materia prima para que ellos abastezcan sus industrias, pero se vuelve relativo cuando queremos exportar productos con valor agregado: entonces nunca se dan las condiciones porque siempre surgen “requisitos” nuevos (trabas) que no se pueden cumplir.
El Mercosur “funciona” cuando la industria metalúrgica brasileña invade el mercado paraguayo con sus productos terminados, cuando se lleva toda la materia prima y deja desabastecida a la industria paraguaya, cuando sus empresas pueden operar libremente en el territorio nacional. Pero curiosamente no funciona cuando los metalúrgicos paraguayos quieren exportar productos elaborados o hacer obras de ingeniería, montar tanques o tan siquiera vender clavos.
Tampoco funcionan los acuerdos cuando la industria plástica nacional les gana en competitividad y quiere vender sus productos. O cuando los ensambladores de motocicletas quieren aprovechar las ventajas de un mercado común. El resultado es el mismo: el libre tránsito de los productos está sometido a la decisión de los socios mayores, Brasil y Argentina, que pasan por encima de las reglas establecidas para imponer las propias, o para amoldar las reglas a su conveniencia.
Los resultados están a la vista: las empresas y los productores paraguayos no han mejorado gracias al bloque y continúan sufriendo la injusticia de la opresión de los “socios”. Si las autoridades paraguayas siguen manteniendo una política exterior pusilánime y entreguista, las cosas no cambiarán y seguirán proliferando las injusticias comerciales y las “Cumbres” que no sirven más que para fotos que ya nadie quiere ver.
A 16 años de la fundación del Mercosur, y ante una situación de empobrecimiento e injusticia, ya no se puede tolerar que todo siga bien en los acuerdos y mal en la realidad. Se requiere de posturas firmes y no sobornables, de actitudes contundentes, como por ejemplo no volver a negociar acuerdos que no se cumplirán, ni hacer concesiones en tanto los países grandes no respeten los derechos que legítimamente tenemos como socios del bloque.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
domingo, 17 de junio de 2007
Los "logros" macroeconómicos
Por Héctor Farina (*)
Los empresarios, por medio de sus respectivos gremios, hicieron público su reclamo al Gobierno paraguayo de “mantener intactos” los logros macroeconómicos obtenidos hasta ahora, de manera que no sean destruidos por el electoralismo que está en boga con miras a las elecciones presidenciales del año próximo. Puesto que se ha desatado la “guerra” de proselitismo, populismo y despilfarro, tanto en el interior como en el exterior de los partidos y movimientos, los empresarios temen que el carnaval político se lleve la relativa estabilidad de los grandes números de la economía.
El temor de los empresarios está justificado, porque la experiencia nos dice que -como cumpliendo la profecía del eterno retorno- cíclicamente volvemos al punto en el cual los gobiernos de turno toman al Estado como botín para financiar las millonarias campañas que les permitirán permanecer unidos al poder, o ante la pérdida inminente de dicho poder buscan exprimir al máximo las ya empobrecidas arcas de un país rico. No es raro que se desvíen recursos sociales hacia el proselitismo, que priven de medicamentos a los hospitales para regalarlos en seccionales, ni que se meta mano a las reservas o a cualquier “lata” de donde puedan sacar fondos para sus campañas.
El empresariado tiene razón en su temor, pero su postura es muy endeble, cuestionable y pusilánime. El tenor tibio de la defensa se pierde en medio de los tantos discursos que caracterizan a las campañas proselitistas. Los políticos ni siquiera tomarán en cuenta las declaraciones coyunturales de los líderes empresariales, porque saben que al final estos mismos empresarios irán mansitos a ponerse de acuerdo con el gobierno al que le toque el turno de llevar las riendas del país.
Los empresarios piden ahora que se mantengan los “logros macroeconómicos”, pero no tuvieron el coraje de plantarse, exigir y trabajar para que esos logros se conviertan en mejoras reales para los ciudadanos comunes. Se quedaron conformes viendo que los grandes números los beneficiaban, en tanto nunca esa mejoría llegó a la microeconomía, es decir a los consumidores minoristas, a la gente. Apoyaron la ley de “impuestazo”, que impuso nuevos gravámenes a la población, ya que en ese momento mantenían un romance con el gobierno porque sus empresas facturaban entre 30% y 40% más. Mientras ellos ganaban dinero, poco les importó que el poder de compra de los consumidores sea cada vez menor, que los pequeños comercios, como los almacenes, vayan desapareciendo y que el ciudadano no sienta en su bolsillo las mejoras que ellos tanto defienden. No quisieron comprender que tener un consumidor empobrecido, a la larga sería lo peor para todos.
Si bien los números de la macroeconomía (inflación, tasas de desempleo, interés, ingresos, etc) son importantes para un país, por sí solos no garantizan una mejoría para sus habitantes. Recuerden el caso de México, que en 1994, al momento de ingresar al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA en inglés), tenía los mejores indicadores macroeconómicos, como la mayor captación de inversión extranjera directa del mundo, pero estos logros hicieron que, por otro lado, más de la mitad de la población mexicana, que ya era pobre, se empobreciera todavía más. Y poco tiempo después, pese a los “logros”, la economía mexicana se derrumbó (efecto tequila) y este país tuvo que quedar atado a los créditos internacionales para cubrir su déficit.
Si los empresarios paraguayos quieren logros para el país, deben exigir mucho más que un “mantenimiento” de la macroeconomía. Deben tomar actitudes desarrollistas que generen crecimiento para todos y no sólo hacer tibias declaraciones que serán olvidadas cuando el Gobierno los llame a negociar. El empresariado no tiene posturas firmes, pues basta con unas promesas oficiales para que se queden conformes y apoyen medidas que no benefician sino a unos pocos. No existe un destino de desarrollo claro, una política seria de los empresarios para el crecimiento del país, sino posturas tibias que se van cambiando y acomodando conforme a los intereses de turno y los beneficios de coyuntura.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
Los empresarios, por medio de sus respectivos gremios, hicieron público su reclamo al Gobierno paraguayo de “mantener intactos” los logros macroeconómicos obtenidos hasta ahora, de manera que no sean destruidos por el electoralismo que está en boga con miras a las elecciones presidenciales del año próximo. Puesto que se ha desatado la “guerra” de proselitismo, populismo y despilfarro, tanto en el interior como en el exterior de los partidos y movimientos, los empresarios temen que el carnaval político se lleve la relativa estabilidad de los grandes números de la economía.
El temor de los empresarios está justificado, porque la experiencia nos dice que -como cumpliendo la profecía del eterno retorno- cíclicamente volvemos al punto en el cual los gobiernos de turno toman al Estado como botín para financiar las millonarias campañas que les permitirán permanecer unidos al poder, o ante la pérdida inminente de dicho poder buscan exprimir al máximo las ya empobrecidas arcas de un país rico. No es raro que se desvíen recursos sociales hacia el proselitismo, que priven de medicamentos a los hospitales para regalarlos en seccionales, ni que se meta mano a las reservas o a cualquier “lata” de donde puedan sacar fondos para sus campañas.
El empresariado tiene razón en su temor, pero su postura es muy endeble, cuestionable y pusilánime. El tenor tibio de la defensa se pierde en medio de los tantos discursos que caracterizan a las campañas proselitistas. Los políticos ni siquiera tomarán en cuenta las declaraciones coyunturales de los líderes empresariales, porque saben que al final estos mismos empresarios irán mansitos a ponerse de acuerdo con el gobierno al que le toque el turno de llevar las riendas del país.
Los empresarios piden ahora que se mantengan los “logros macroeconómicos”, pero no tuvieron el coraje de plantarse, exigir y trabajar para que esos logros se conviertan en mejoras reales para los ciudadanos comunes. Se quedaron conformes viendo que los grandes números los beneficiaban, en tanto nunca esa mejoría llegó a la microeconomía, es decir a los consumidores minoristas, a la gente. Apoyaron la ley de “impuestazo”, que impuso nuevos gravámenes a la población, ya que en ese momento mantenían un romance con el gobierno porque sus empresas facturaban entre 30% y 40% más. Mientras ellos ganaban dinero, poco les importó que el poder de compra de los consumidores sea cada vez menor, que los pequeños comercios, como los almacenes, vayan desapareciendo y que el ciudadano no sienta en su bolsillo las mejoras que ellos tanto defienden. No quisieron comprender que tener un consumidor empobrecido, a la larga sería lo peor para todos.
Si bien los números de la macroeconomía (inflación, tasas de desempleo, interés, ingresos, etc) son importantes para un país, por sí solos no garantizan una mejoría para sus habitantes. Recuerden el caso de México, que en 1994, al momento de ingresar al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA en inglés), tenía los mejores indicadores macroeconómicos, como la mayor captación de inversión extranjera directa del mundo, pero estos logros hicieron que, por otro lado, más de la mitad de la población mexicana, que ya era pobre, se empobreciera todavía más. Y poco tiempo después, pese a los “logros”, la economía mexicana se derrumbó (efecto tequila) y este país tuvo que quedar atado a los créditos internacionales para cubrir su déficit.
Si los empresarios paraguayos quieren logros para el país, deben exigir mucho más que un “mantenimiento” de la macroeconomía. Deben tomar actitudes desarrollistas que generen crecimiento para todos y no sólo hacer tibias declaraciones que serán olvidadas cuando el Gobierno los llame a negociar. El empresariado no tiene posturas firmes, pues basta con unas promesas oficiales para que se queden conformes y apoyen medidas que no benefician sino a unos pocos. No existe un destino de desarrollo claro, una política seria de los empresarios para el crecimiento del país, sino posturas tibias que se van cambiando y acomodando conforme a los intereses de turno y los beneficios de coyuntura.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
domingo, 10 de junio de 2007
Los de afuera
Por Héctor Farina (*)
El crecimiento de las comunidades paraguayas en el exterior, sobre todo en Argentina, España y Estados Unidos, parece una cruel ironía para un país como el Paraguay, que requiere de mucho trabajo y sacrificio para salir adelante, pero se desangra por la fuga de sus ciudadanos. Se requiere de mucha educación, de talento y honestidad para reconstruir el país, pero los paraguayos que no encuentran oportunidades terminan exiliados y aportando sus capacidades para el enriquecimiento de otros países.
El contraste de las oportunidades es muy duro para los paraguayos: hay una enorme necesidad de tener ciudadanos más preparados, pero las oportunidades de una educación de calidad son escasas; se requieren profesionales de primer nivel, pero no se los recompensa con empleos y remuneraciones acordes, ni con oportunidades de crecimiento; hay millones de necesidades internas que urgen soluciones en el país, pero en cambio los ciudadanos tienen que emigrar para cubrir sus necesidades básicas particulares.
¿Por qué no podemos exigir y lograr mejores condiciones para que nuestros compatriotas no tengan que salir del país en busca de empleo y educación? ¿Por qué no se plantean acciones concretas para repatriar a los ciudadanos preparados y trabajadores que tanto necesitamos como sociedad?
Queda claro que como nación no hemos aprendido a valorar la educación en su justa medida. Y eso afecta a la creación de oportunidades de empleos dignos, a nuestra superación como personas y como sociedad, a nuestro futuro como país. Eso incrementa la sangría, pues no sólo se fugan los que no tienen muchas opciones por su escasa preparación, sino aquellos que tienen elevados niveles de formación.
Mientras los países desarrollados conocen el valor fundamental de la educación, saben que es la base de su riqueza, invierten mucho en ella, la reconocen, la fomentan, la cuidan y la premian, en un país tan necesitado como el nuestro se sigue permitiendo que se imponga la corrupción y se menosprecie la educación, con lo que se incrementa la pobreza.
El Paraguay no puede darse el lujo de permitir que los países ricos se enriquezcan más aprovechando el conocimiento, el talento y el trabajo de los paraguayos, mientras está lleno de necesidades y sufre por la falta de creación de conocimiento y de desarrollo. No podemos seguir permitiendo que los paraguayos se fuguen al exterior a entregar su capacidad laboral e intelectual, mientras en el interior tenemos que cubrir esas carencias pagando costosos profesionales extranjeros para que hagan lo que nosotros mismos podemos hacer.
Hay que desarrollar en forma urgente un modelo de desarrollo que permita una formación especializada -por el lado de la educación- y que fomente la creación de oportunidades laborales para los paraguayos que se especializan. Urge comprender que necesitamos fomentar y valorar a nuestros talentos. Tomemos como ejemplo a Taiwán, que inició un proceso de repatriación de sus cerebros y como resultado terminó convirtiéndose en una potencia tecnológica mundial.
Si no tomamos la actitud como país de desarrollar lo nuestro y mejorar las posibilidades de educación y empleo, seguiremos formando profesionales para que terminen yéndose del país, o para que no quieran volver aquellos que tienen la posibilidad de educarse en el exterior. Si no hacemos los deberes en forma, cada día serán más los de afuera y cada día habrá menos oportunidades para los de adentro.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
El crecimiento de las comunidades paraguayas en el exterior, sobre todo en Argentina, España y Estados Unidos, parece una cruel ironía para un país como el Paraguay, que requiere de mucho trabajo y sacrificio para salir adelante, pero se desangra por la fuga de sus ciudadanos. Se requiere de mucha educación, de talento y honestidad para reconstruir el país, pero los paraguayos que no encuentran oportunidades terminan exiliados y aportando sus capacidades para el enriquecimiento de otros países.
El contraste de las oportunidades es muy duro para los paraguayos: hay una enorme necesidad de tener ciudadanos más preparados, pero las oportunidades de una educación de calidad son escasas; se requieren profesionales de primer nivel, pero no se los recompensa con empleos y remuneraciones acordes, ni con oportunidades de crecimiento; hay millones de necesidades internas que urgen soluciones en el país, pero en cambio los ciudadanos tienen que emigrar para cubrir sus necesidades básicas particulares.
¿Por qué no podemos exigir y lograr mejores condiciones para que nuestros compatriotas no tengan que salir del país en busca de empleo y educación? ¿Por qué no se plantean acciones concretas para repatriar a los ciudadanos preparados y trabajadores que tanto necesitamos como sociedad?
Queda claro que como nación no hemos aprendido a valorar la educación en su justa medida. Y eso afecta a la creación de oportunidades de empleos dignos, a nuestra superación como personas y como sociedad, a nuestro futuro como país. Eso incrementa la sangría, pues no sólo se fugan los que no tienen muchas opciones por su escasa preparación, sino aquellos que tienen elevados niveles de formación.
Mientras los países desarrollados conocen el valor fundamental de la educación, saben que es la base de su riqueza, invierten mucho en ella, la reconocen, la fomentan, la cuidan y la premian, en un país tan necesitado como el nuestro se sigue permitiendo que se imponga la corrupción y se menosprecie la educación, con lo que se incrementa la pobreza.
El Paraguay no puede darse el lujo de permitir que los países ricos se enriquezcan más aprovechando el conocimiento, el talento y el trabajo de los paraguayos, mientras está lleno de necesidades y sufre por la falta de creación de conocimiento y de desarrollo. No podemos seguir permitiendo que los paraguayos se fuguen al exterior a entregar su capacidad laboral e intelectual, mientras en el interior tenemos que cubrir esas carencias pagando costosos profesionales extranjeros para que hagan lo que nosotros mismos podemos hacer.
Hay que desarrollar en forma urgente un modelo de desarrollo que permita una formación especializada -por el lado de la educación- y que fomente la creación de oportunidades laborales para los paraguayos que se especializan. Urge comprender que necesitamos fomentar y valorar a nuestros talentos. Tomemos como ejemplo a Taiwán, que inició un proceso de repatriación de sus cerebros y como resultado terminó convirtiéndose en una potencia tecnológica mundial.
Si no tomamos la actitud como país de desarrollar lo nuestro y mejorar las posibilidades de educación y empleo, seguiremos formando profesionales para que terminen yéndose del país, o para que no quieran volver aquellos que tienen la posibilidad de educarse en el exterior. Si no hacemos los deberes en forma, cada día serán más los de afuera y cada día habrá menos oportunidades para los de adentro.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
sábado, 2 de junio de 2007
El país de los libros tristes
Por Héctor Farina (*)
Uno de los capítulos más tristes del libro llamado Paraguay es el que señala que sigue prevaleciendo la falta de una cultura de la lectura. Se trata de un libro que recoge miles de historias todos los días, que marca el camino que seguimos los paraguayos en medio de tropezones y retrocesos, y que, curiosamente, son pocos los que lo leen para comprender hacia dónde vamos y cuáles son los pasos que debemos corregir.
El triste capítulo de la falta de lectura es recordado cada vez que hay que hacer promesas y conseguir apoyo para campañas políticas, pero es condenado al olvido a la hora de tomar medidas verdaderas que favorezcan a una sociedad necesitada de lectura y carente de medios y motivaciones para acceder a los libros. Es un capítulo del que mucho se habla sin haberlo leído e interpretado como corresponde, como si sólo fuera un pasaje retórico del que nunca se le pueden extraer acciones concretas.
La realidad nos indica que los niveles de lectura en el Paraguay siguen siendo muy bajos y que no se ven indicios que señalen que esto vaya cambiando. Los jóvenes, que son la mayoría del país, no ven el atractivo de los libros y prefieren dejarse llevar por la seducción de lo superficial, por el entretemiento sin contenido y por las ofertas vacías de un mundo consumista.
¿Pero cómo podemos incentivar verdaderamente a la lectura, si tenemos una sociedad empobrecida y desesperanzada, si los libros siguen siendo excesivamente caros, si las bibliotecas son escasas y casi no tienen renovación, si los textos siguen siendo desfasados, si la educación sigue sin llegar a todos…?
Por un lado tenemos un problema de falta de acceso a la cultura y por otro tenemos la falta de incentivos reales para tener una sociedad de lectores, una sociedad que se inserte en el mundo del conocimiento global. Lastimosamente, además de la carencia de recursos existe una mala política educativa que enseña a los alumnos a ver a los libros como meras fuentes para trabajos prácticos, para tareas de cualquier tipo, para cumplir con requisitos y no precisamente para aprender o entretenerse.
Con tristeza recuerdo que hace algunos años se hizo una encuesta entre los usuarios de la biblioteca de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, en la que se les preguntó para qué prestaban los libros: el resultado fue que más del 90% lo hacía sólo para cumplir con requisitos como los trabajos prácticos. Y eso que se trata de un porcentaje ínfimo de la población que puede estudiar y llegar a una carrera universitaria.
Un país que no lee es un país sin brújula y sin la capacidad de reconocer sus propias huellas. Mientras que la sociedad de la información exige cada día mayor preparación, más conocimiento y especialización, no podemos seguir dando pasos inciertos, sin visión y sin un rumbo claro como nación. Hay que enseñar como corresponde los valores de la lectura, aprender a exigir más y mejores bibliotecas, y pelear por mejores condiciones educativas y precios más accesibles de los libros.
Pero sobre todo, tenemos que asumir la actitud individual -propia de los que quieren superarse- de leer, aprender y crecer como personas. Todos los días. Se requiere de esfuerzo para reescribir la historia y cambiar este capítulo en el que los libros siguen tristes, porque no se los lee, no se los reconoce y porque pudiendo contribuir a una sociedad mejor, siguen siendo olvidados.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
Uno de los capítulos más tristes del libro llamado Paraguay es el que señala que sigue prevaleciendo la falta de una cultura de la lectura. Se trata de un libro que recoge miles de historias todos los días, que marca el camino que seguimos los paraguayos en medio de tropezones y retrocesos, y que, curiosamente, son pocos los que lo leen para comprender hacia dónde vamos y cuáles son los pasos que debemos corregir.
El triste capítulo de la falta de lectura es recordado cada vez que hay que hacer promesas y conseguir apoyo para campañas políticas, pero es condenado al olvido a la hora de tomar medidas verdaderas que favorezcan a una sociedad necesitada de lectura y carente de medios y motivaciones para acceder a los libros. Es un capítulo del que mucho se habla sin haberlo leído e interpretado como corresponde, como si sólo fuera un pasaje retórico del que nunca se le pueden extraer acciones concretas.
La realidad nos indica que los niveles de lectura en el Paraguay siguen siendo muy bajos y que no se ven indicios que señalen que esto vaya cambiando. Los jóvenes, que son la mayoría del país, no ven el atractivo de los libros y prefieren dejarse llevar por la seducción de lo superficial, por el entretemiento sin contenido y por las ofertas vacías de un mundo consumista.
¿Pero cómo podemos incentivar verdaderamente a la lectura, si tenemos una sociedad empobrecida y desesperanzada, si los libros siguen siendo excesivamente caros, si las bibliotecas son escasas y casi no tienen renovación, si los textos siguen siendo desfasados, si la educación sigue sin llegar a todos…?
Por un lado tenemos un problema de falta de acceso a la cultura y por otro tenemos la falta de incentivos reales para tener una sociedad de lectores, una sociedad que se inserte en el mundo del conocimiento global. Lastimosamente, además de la carencia de recursos existe una mala política educativa que enseña a los alumnos a ver a los libros como meras fuentes para trabajos prácticos, para tareas de cualquier tipo, para cumplir con requisitos y no precisamente para aprender o entretenerse.
Con tristeza recuerdo que hace algunos años se hizo una encuesta entre los usuarios de la biblioteca de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, en la que se les preguntó para qué prestaban los libros: el resultado fue que más del 90% lo hacía sólo para cumplir con requisitos como los trabajos prácticos. Y eso que se trata de un porcentaje ínfimo de la población que puede estudiar y llegar a una carrera universitaria.
Un país que no lee es un país sin brújula y sin la capacidad de reconocer sus propias huellas. Mientras que la sociedad de la información exige cada día mayor preparación, más conocimiento y especialización, no podemos seguir dando pasos inciertos, sin visión y sin un rumbo claro como nación. Hay que enseñar como corresponde los valores de la lectura, aprender a exigir más y mejores bibliotecas, y pelear por mejores condiciones educativas y precios más accesibles de los libros.
Pero sobre todo, tenemos que asumir la actitud individual -propia de los que quieren superarse- de leer, aprender y crecer como personas. Todos los días. Se requiere de esfuerzo para reescribir la historia y cambiar este capítulo en el que los libros siguen tristes, porque no se los lee, no se los reconoce y porque pudiendo contribuir a una sociedad mejor, siguen siendo olvidados.
(*) Periodista
http://www.vivaparaguay.com/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)